El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Mario se puso en pie y se inclinó sobre el escritorio de Metelo para proseguir su diatriba.
– Cuando al principio estructuramos nuestro ejército, era para realizar campañas en Italia, de manera que los hombres pudieran volver a sus hogares en invierno para atender sus tierras, engendrar hijos y asesorar a sus mujeres. Pero, hoy día, cuando un hombre se alista o se ve obligado a incorporarse por la leva, le envían a ultramar y, en lugar de servir en una campaña que dure un verano, está en filas dos años seguidos sin poder volver a casa, de modo que esas seis campañas pueden suponerle doce y hasta quince años… ¡y fuera de su patria! ¡Cayo Graco legisló en contra de eso para impedir que los pequeños terratenientes itálicos no cayesen en las garras de los ganaderos especuladores! -añadió con un forzado suspiro, mirando irónico a Metelo-. ¡Ah, pero se me olvidaba, claro! Porque vos mismo sois uno de esos ganaderos codiciosos, ¿no es cierto? ¡Y os encanta ver cómo van a parar a vuestras manos esas pequeñas propiedades, cuando los hombres que deberían volver a casa caen en suelo extranjero por culpa de la brutal desidia y la codicia de la aristocracia!
– ¡Ajá! ¡Ahora lo habéis dicho! -exclamó Metelo, poniéndose en pie de un salto y aproximando el rostro al de Mario-. ¿Así que codicia y desidia aristocrática? Tenéis lo de la aristocracia clavado muy hondo, ¿verdad? ¡Pues os diré un par de cosas, advenedizo Cayo Mario! ¡El haberos casado con una Julia de los Julios no os convertirá en aristócrata!
– Ni lo deseo -replicó desdeñoso Mario-. ¡Os desprecio a todos, con la sola excepción de mi suegro, quien, de milagro, ha sabido seguir siendo un hombre honrado a pesar de sus orígenes!
Ya hacía rato que hablaban a gritos y en la antecámara todos estaban pendientes de la discusión.
– ¡Dale, Cayo Mario! -decía un tribuno de la tropa.
– ¡Dale donde duele, Cayo Mario! -añadía otro.
– ¡Méate en ese chupapollas arrogante, Cayo Mario! -espetaba un tercero, riendo.
Lo que demostraba que todos, hasta el último soldado, sentían mucha más simpatía por Mario que por Quinto Cecilio Metelo.
Pero los gritos habían llegado más allá de la antecámara, y cuando el hijo del cónsul irrumpió en el antedespacho, todo el personal consular simuló estar trabajando eficientemente. Metelo hijo, sin dirigirles una mirada, abrió la puerta del despacho de su padre.
– ¡Padre, se oyen vuestras voces a varias millas! -exclamó el joven, dirigiendo una mirada de odio a Mario.
Era de fisico muy parecido a su padre; de estatura y contextura medias, pelo castaño, ojos marrones y relativamente bien parecido según los cánones romanos, de forma que no tenía ninguna característica por la que hubiera destacado entre la multitud.
La interrupción apaciguó a Metelo, aunque en nada palió la rabia de Mario. Ninguno de los dos hizo ademán de querer sentarse de nuevo, y el joven Metelo permaneció a un lado, alarmado y molesto, y apasionadamente predispuesto a ponerse de parte de su padre, pero muy contenido, habida cuenta en particular de las indignidades a que había sometido a Mario desde que su padre le había nombrado comandante de la guarnición de Utica. Ahora veía por primera vez a un Cayo Mario distinto, fisicamente crecido y con valentía, coraje e inteligencia muy por encima de cualquier Cecilio Metelo.
– No tiene objeto proseguir la conversación, Cayo Mario -dijo Metelo, ocultando el temblor de sus manos mediante el recurso de apoyarlas sobre el escritorio-. En cualquier caso, ¿para qué queríais verme?
– He venido a deciros que quiero dejar el servicio en esta guerra a finales del verano dijo Mario-. Vuelvo a Roma para presentarme a las elecciones de cónsul.
– ¿Cómo decís? -exclamó Metelo sin dar crédito a lo que acababa de oír.
– Que marcho a Roma para participar en las elecciones consulares.
– No lo haréis -replicó Metelo-. ¡Habéis firmado como mi legado mayor, y además con imperium de prepretor, durante mi mandato como gobernador de la provincia africana. Me han prorrogado el cargo, lo que quiere decir que el vuestro queda prorrogado.
– Podéis licenciarme.
– Si quisiera, sí; pero no quiero -respondió Metelo-. De hecho, si de mí dependiera, Cayo Mario, os dejaría aquí en provincias para el resto de vuestros días.
– No me obliguéis a hacer algo repugnante, Quinto Cecilio -dijo Mario en tono más bien amistoso.
– ¿Obligaros a hacer algo ¿qué? ¡Bah, salid de aquí, Mario! ¡Dedicaos a algo útil y no me hagáis perder el tiempo! -añadió Metelo, advirtiendo la mirada de su hijo y sonriéndole como en connivencia.
– Insisto en que se me releve del servicio en esta guerra para poder presentarme a la elección de cónsul este otoño en Roma.
Envalentonado por la actitud cada vez más cerrada de mando y superioridad de su padre, el Meneítos hijo comenzó a lanzar unas risitas que estimularon a su progenitor.
– Os digo una cosa, Cayo Mario -añadió éste, sonriendo-. Tenéis casi cincuenta años y mi hijo veinte. ¿Me aceptaríais la sugerencia de presentaros a cónsul el mismo año que él lo haga? Por entonces habréis logrado ser aceptable para el cargo de cónsul. Y estoy seguro que a mi hijo le encantará daros algunas indicaciones.
Metelo hijo soltó una carcajada.
Mario los miró a ambos bajo sus erizadas cejas, con su cara de águila mucho más orgullosa y altiva que la de ellos.
– Seré cónsul, Quinto Cecilio, perded cuidado -dijo-. Seré cónsul, no una, sino siete veces.
Y salió del despacho, dejando a los dos Metelos boquiabiertos, entre sorprendidos y atemorizados, preguntándose por qué no encontraban nada divertida aquella arrogante afirmación.
Al día siguiente, Mario volvía a la antigua Cartago y pedía audiencia con el príncipe Gauda.
Conducido a presencia de éste, hincó una rodilla en tierra y besó su fría mano.
– ¡Alzaos, Cayo Mario! -exclamó Gauda, encantado y alborozado porque aquel hombre de impresionante aspecto le mostrara semejante respeto y admiración.
Mario comenzó a incorporarse y luego volvió a dejarse caer sobre las dos rodillas con los brazos tendidos.
– Alteza real -dijo-, no soy digno de estar en vuestra presencia, pues vengo a vos como el más humilde de los suplicantes.
– ¡Alzaos, alzaos! -chilló Gauda, en la gloria-. ¡De rodillas no prestaré oídos a vuestras peticiones! Venid, sentaos a mi lado y decidme qué queréis.
El asiento que Gauda le indicaba estaba, efectivamente, a su lado, aunque un escalón más bajo que el trono. Haciendo una profunda reverencia mientras se dirigía a él, Mario se sentó en el borde, como deslumbrado por el esplendor de quien sí estaba cómodamente sentado.
– Cuando decidisteis ser cliente mío, príncipe Gauda, acepté ese extraordinario honor pensando en que podría hacer prosperar vuestra causa en Roma; pues me proponía presentarme a la elección de cónsul el próximo otoño -dijo Mario, haciendo una pausa con un profundo suspiro-. ¡Mas, ay, no podrá ser! Quinto Cecilio Metelo va a quedarse en Africa porque le han prorrogado el cargo de gobernador, lo que quiere decir que yo, como legado suyo que soy, no puedo abandonar el servicio sin su consentimiento. Y cuando le he manifestado que deseaba presentarme a la elección consular, me ha negado el permiso para abandonar Africa antes que él.
El noble retoño de la casa real númida se puso rígido con la sencilla iracundia de un inválido consentido. Bien que recordaba la negativa de aquel Metelo a levantarse para recibirle, a hacerle una profunda reverencia, a ofrecerle asiento en un trono, a asignarle una escolta romana.
– ¡Pero eso no tiene sentido, Cayo Mario! -exclamó-. ¿Cómo podríamos forzarle a cambiar de opinión?
– ¡Señor, estoy asombrado de vuestra inteligencia y de lo bien que os hacéis cargo de la situación! -exclamó Mario-. Es exactamente lo que debemos hacer, forzarle a cambiar de idea. -Hizo una pausa-. Sé lo que vais a sugerir, pero quizá sea preferible que salga de mis labios al tratarse de algo poco limpio. Os ruego que me permitáis decirlo a mí.