Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Caballeros de la Vera Cruz
Caballeros de la Vera Cruz - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 127
Перейти на страницу:

Lo arrastraron por una poterna al interior del castillo, donde sus gritos se apagaron. En un instante, la carreta, Carabas, Femia, Yahyah, Babucha, Masada… se esfumaron como si nunca hubieran existido. Morgennes se quedó solo en medio de los soldados. Elevó sus ojos al cielo, en busca de un poco de esperanza, pero el halcón ya no estaba.

– ¡Desmonta! -ordenó uno de los templarios que lo habían rodeado.

Morgennes lo observó y vio que se trataba de un hombre muy joven. Su uniforme no llevaba la cruz roja de los templarios corrientes. Trató de adivinar sus intenciones, y se preguntó hasta dónde llegaría aquel candido jovencito si le desobedecía. En ese momento, entre un entrechocar de hierros, el rastrillo de la barbacana cayó pesadamente tras él, aprisionándolo en el primer recinto de La Féve. Al ver que el segundo rastrillo bajaba, justo ante él, Morgennes dijo:

– Me rindo.

Pero el hospitalario no había contado con el impetuoso temperamento de Isobel, que se encabritó y empezó a lanzar coces cuando Morgennes quiso bajar de la silla. Los turcópolos y el templario cayeron derribados y él tuvo que sujetarse al cuello de su montura para no caer. Recuperando la confianza en su buena estrella, Morgennes espoleó a Isobel y salió disparado en dirección al segundo rastrillo, que franqueó por los pelos, aplastándose contra el cuello de su montura. Ahora se encontraba en el patio interior del castillo, y aprovechó aquella tregua para examinar el lugar. Al distinguir el camino de ronda donde se encontraban apostados los arqueros, sujetó con más fuerza las riendas de su montura y, con continuos rodillazos, la dirigió hacia una pequeña escalera que parecía conducir allí. «Desde ahí arriba -se dijo-, podré saltar a la barbacana y huir de nuevo. Aunque vuelva más tarde…»

Mientras ascendía por la pequeña escalera, algunos hombres bajaron a todo correr y trataron de coger de la brida a Isobel; pero Morgennes los rechazó con brutalidad, golpeándolos con el puño y con el pie, y haciendo caer a uno de ellos contra las losas del patio, donde se estrelló con un estruendo metálico.

A una orden del hombre del turbante, una primera andanada de flechas cayó sobre Morgennes, pero la mayoría se rompieron contra los escalones de piedra o se hincaron en su armadura sin dañarlo. Por suerte, ninguna había tocado a Isobel, y una, en cambio, había alcanzado en la garganta a uno de los turcópolos, que se derrumbó entre horribles convulsiones.

Sin arma, Morgennes tenía grandes dificultades para defenderse de los soldados -templarios y turcópolos- que lo amenazaban, unos con la espada, y otros con la lanza o la maza. Si conseguía apartarlos a la izquierda, volvían por la derecha, sin concederle un momento de tregua. Y de todas partes brotaban gritos que lo conminaban a rendirse. Pero él no los escuchaba, preocupado solo por salir de aquella ratonera metálica.

Entonces recordó de pronto el vexillum de san Pedro, que llevaba enganchado a la silla, lo sujetó como si fuera un arma y lo hizo voltear sobre su cabeza.

– ¡Por la Iglesia de Roma! ¡Estoy en misión para el Papa!

(Aquella afirmación, aunque engañosa, le había parecido, de entrada, la más apropiada.)

Poco a poco se hizo la calma. En el patio, todos miraron, boquiabiertos, la enseña del papado: el estandarte tenía en algunos lugares manchas de sangre, que Morgennes trataba de ocultar plegando las partes enrojecidas de la tela. Así consiguió trepar hasta el camino de ronda, y calculó que la cortina que conducía a la barbacana debía de encontrarse justo por debajo de él, a una distancia que estimó en solo unos pasos, un salto que, con un poco de suerte, Isobel debía poder realizar. Maniobrando con las máximas precauciones, Morgennes condujo a su yegua frente a una almena con la intención de saltar. Pero un cuadrillo de ballesta silbó en el crepúsculo y rasgó el santo estandarte.

– ¿Qué tienes que decirnos que no sepamos ya? -preguntó con voz hostil el hombre del turbante, cuya ballesta de dos tableros seguía apuntando a Morgennes.

Morgennes tiró de las riendas de Isobel y observó al hombre; se trataba, desde luego, de Wash el-Rafid, pero Morgennes no lo conocía.

– Vendrán unos templarios -dijo Morgennes-. Pero esos hombres solo tienen la apariencia de templarios, a pesar de la presencia a su lado de Gerardo de Ridefort y de la Santa Cruz. De hecho son sarracenos, no debéis obedecerles…

Wash el-Rafid contempló a Morgennes con aire divertido, y luego señaló con la punta de su arma el estandarte de san Pedro.

– Este vexillum no te pertenece, harías bien en soltarlo…

– Nunca -replicó Morgennes.

A modo de respuesta, un segundo cuadrillo le arrancó el estandarte de las manos. La bandera flotó un instante, indecisa, en la brisa nocturna, y luego un soplo de viento se la llevó. Morgennes se disponía a seguirla cuando otra voz se elevó en el patio:

– En tu lugar, yo no me movería…

Morgennes miró hacia abajo y vio a un hombre de negro montado sobre un caballo de color rojo. No podía distinguir su rostro, oculto por el yelmo, pero le pareció que los flancos de su montura estaban anormalmente húmedos al nivel de las espuelas. Como manchados de sangre. El hombre, un gigante, tenía a su lado al joven templario que hacía un momento había tratado de detenerlo, y este blandía ahora una bandera de san Pedro exactamente igual a la perdida por Morgennes, con excepción de las manchas. Kunar Sell mantenía su hacha danesa apretada contra la garganta de Femia, y solo esperaba una orden de su maestre para cortársela.

– Ridefort y sus falsos templarios pueden venir, los espero -prosiguió el hombre de negro-. Por ellos estoy aquí. Igual que tú, imagino…

– ¿Quién sois? -preguntó Morgennes.

– ¿Que quiénes somos? Los que recuperarán la Vera Cruz, para mayor gloria del Temple.

– Y tú ¿quién eres? -insistió Morgennes.

– ¿Que quién soy yo? ¿No me reconoces, mi noble y buen hermano Morgennes?

Morgennes lo examinó con atención. Trató de cruzar su mirada con la del hombre, pero sus ojos desaparecían en la sombra del yelmo. Su voz, sin embargo, le resultaba familiar, así como la altivez con que se dirigía a él. Por otro lado, la espada que tenía en el costado era de un tipo que no le resultaba desconocido. Era una espada bastarda. Pocos guerreros sabían utilizarla correctamente. Y, por último, estaban esos rastros de sangre, a la altura de los tobillos y de las muñecas, y sobre todo aquella pesada sobrecota de cadenas en torno al torso.

– ¡Sire Reinaldo! Deberías estar muerto… -dijo Morgennes, que se preguntaba por qué extraño hechizo podía estar todavía con vida aquel hombre.

– ¿Quién te dice que no lo estoy? -respondió el jinete negro levantando la visera de su yelmo.

Era, efectivamente, Reinaldo de Chátillon, montado sobre Sang-dragon, una yegua que le había dado Sohrawardi.

Unos instantes más tarde, Morgennes se dejó conducir por los subterráneos del castillo de La Féve. De vez en cuando, pozos enrejados se abrían sobre quien sabe qué oscuridades y profundidades insondables, de donde en ocasiones surgía un grito sordo, una queja. Dos hombres se encargaban de escoltarlo: un turcópolo y el joven caballero blanco. Este último caminaba rápidamente ante ellos, con paso firme a pesar de la oscuridad que apenas disipaba la antorcha del turcópolo que seguía a Morgennes. Daba la impresión de que el joven podía prever cada pulgada de terreno, de que sabía perfectamente cuándo debía bajar la cabeza para evitar un techo demasiado bajo, estirar la pierna para bajar varios escalones a la vez o levantar el pie para evitar un desprendimiento, que saltaba con presteza. Morgennes llegó a la conclusión de que debía de pasar allí la mayor parte de su tiempo…

1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)