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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Busqué en el montón empapado y resbaladizo, apartando palmas y trozos de tejido. Encontré a Nebogipfeclass="underline" parecía una rata hiperdesarrollada, con el pelo pegado al cuerpo y las rodillas apretadas contra el pecho. Había perdido las gafas y se estremecía indefenso. Me alegré de haberle encontrado con tanta facilidad; la noche era su momento normal de operación, y podría haber estado en cualquier lugar a varias millas del refugio.

Me incliné para levantarlo, pero se volvió para mirarme, con el ojo roto como un pozo de oscuridad.

—¡El coche del tiempo! ¡Debemos salvar el coche del tiempo! —Apenas podía oír su voz líquida en medio de la tormenta. Volví a intentar levantarlo, pero sin fuerzas intentó apartarse de mí.

Con la lluvia golpeándome en la cabeza, rugí para protestar; pero, derrotado, fui a buscar el cacharro de Nebogipfel. Retiré muchas palmas de él, pero encontré la estructura hundida en el barro, todo enredado con telas, tazas y los restos de nuestros intentos de mobiliario. Agarré la estructura e intenté sacarla del barro por medio de la fuerza bruta, pero sólo conseguí doblarla y romper una de las esquinas.

Me enderecé y miré a mi alrededor. El refugio estaba completamente derruido. El agua ya corría desde el bosque hasta la arena y el océano. Incluso nuestro amigable torrente de agua limpia se ensanchaba y se hacía más furibundo, y amenazaba con salirse del cauce y arrastrarnos.

Abandoné el coche del tiempo y volví donde estaba Nebogipfel.

—No hay nada que hacer —le grité—. Tenemos que salir de aquí.

—Pero el vehículo…

—¡Tenemos que irnos! ¿No lo entiendes? ¡A este paso acabaremos en el mar!

Luchó por ponerse en pie; mechones de pelo le colgaban como ropa sucia. Intenté sostenerlo, pero trató de evitarme; si hubiese estado perfectamente, quizá lo habría logrado, pero su pierna dañada se lo impidió y lo atrapé.

—¡No pude salvarlo! —le grité en la cara—. ¡Tendremos suerte si salimos de ésta con vida!

Y después de eso, me lo puse al hombro y salí del refugio en dirección al bosque. Al instante me encontré vadeando pulgadas de agua y barro. Resbalé más de una vez en la arena, pero mantuve un brazo alrededor del cuerpo del Morlock.

Llegué al borde del bosque. Bajo las copas de los árboles, la presión de la lluvia era menor. Todavía estaba completamente oscuro, y me vi obligado a moverme entre tinieblas, pisando raíces y chocando con los troncos; la tierra estaba húmeda y era traicionera. Nebogipfel dejó de resistirse y se quedó pasivo en mi hombro.

Finalmente llegué al árbol que recordaba: grueso y antiguo, y con ramas laterales bajas que salían del tronco un poco por encima de mi cabeza. Coloqué al Morlock en una de las ramas, donde colgó como un abrigo mojado. Luego —con algo de esfuerzo, porque ya no estoy para esos trotes— me levanté del suelo y me senté en una de las ramas con la espalda contra el tronco.

Y allí nos quedamos hasta que pasó la tormenta. Dejé descansar una mano sobre la espalda del Morlock, para asegurarme de que no se caía o intentaba volver al refugio; tuve que soportar una lámina de agua que corría por el tronco, mi espalda y hombros.

Al llegar la aurora, el bosque se iluminó con una belleza feérica. Mirando las copas, vi que la lluvia caía por las hojas y se deslizaba tronco abajo hasta el suelo; no soy botánico pero estaba claro que el bosque era como una gigantesca máquina diseñada para sobrevivir a la depredación de una tormenta como aquélla mucho mejor que las torpes edificaciones de los hombres.

Al aumentar la luz me arranqué un trozo de tela del pantalón —no tenía camisa— y la até sobre la cabeza de Nebogipfel, para proteger sus ojos desnudos. Ni se movió.

La lluvia cesó a mediodía, y consideré que era seguro descender. Llevé a Nebogipfel hasta el suelo, y pudo caminar, pero me vi obligado a guiarle de la mano, ya que estaba ciego sin las gafas.

El día más allá de la jungla era brillante y fresco; había una agradable brisa en el mar, y nubes ligeras navegaban por un cielo casi inglés. Era como si el mundo hubiese renacido, y ya no quedase nada de la opresión de ayer.

Vacilé al acercarme a los restos del refugio. Vi fragmentos —trozos de la estructura destrozada y trozos de cáscara-todo medio enterrado en la arena. En medio había un bebé de Diatryma, picando con torpeza los escombros.

—¡Eh! —grité y corrí golpeándome la cabeza con las manos. La bestia huyó agitando la carne amarilla de las patas.

Busqué por entre los restos. Habíamos perdido la mayoría de nuestras posesiones, arrastradas por la lluvia. El refugio había sido algo mediocre y lo poco que teníamos eran fragmentos improvisados, pero había sido nuestro hogar y me sentí violado.

—¿Qué hay del aparato? —me preguntó Nebogipfel, girando su cara vendada de un lado a otro—. El coche del tiempo, ¿qué hay de él?

Después de excavar un poco, encontré algunos pocos soportes, tubos y placas, trozos de metal ahora incluso más doblados y destrozados que antes; pero la mayor parte del coche había acabado en el mar. Nebogipfel tocó los fragmentos con los dedos.

—Bien —dijo—, bien, tendrá que ser suficiente.

Y se sentó en la arena para buscar a ciegas trozos de tela y lianas, y comenzó una vez más la paciente construcción de un vehículo del tiempo.

6. CORAZÓN Y CUERPO

Nunca pudimos recuperar las gafas de Nebogipfel después de la tormenta, y resultó ser un gran handicap para él. Pero no se quejó. Como antes, se restringió a la sombra durante el día, y si se veía obligado a salir a la luz del atardecer o de la mañana, llevaba un sombrero de ala ancha y, sobre los ojos, una máscara con ranuras que le había hecho con la piel de un animal para permitirle ver algo.

La tormenta me causó un impacto mental además de físico, porque había comenzado a sentirme como si hubiese estado protegido de calamidades como aquélla. Consideré que debíamos llevar una vida más segura. Después de pensarlo, decidí que un refugio con base sólida y colocado sobre pilotes —eso es, por encima del camino de futuros monzones— era a lo que debíamos aspirar. Pero no podía confiar en las hojas caídas como material de construcción, ya que por naturaleza tienen forma irregular y a veces están podridas. Necesitaba troncos de árboles, y para eso necesitaba un hacha.

Por tanto, pasé algún tiempo como geólogo aficionado, buscando una formación rocosa adecuada. Finalmente encontré, en una capa de gravas en el área de Hampstead Heath, trozos redondos de pedernal y sílex. Pensé que debían de haber sido llevados allí por un río desaparecido.

Volví con esos tesoros al campamento con tanto cuidado como si fuese oro, o más, porque ese peso en oro no hubiese tenido ningún valor para mí.

Me dediqué a tallar el pedernal en la playa. Necesité muchos experimentos y malgasté mucho pedernal, hasta que encontré la forma de partir los nódulos en simpatía con los planos de la piedra, para formar bordes grandes y afilados. Mis manos eran torpes e inexpertas. Me había maravillado antes de las delicadas puntas de flecha y hachas de piedra que se exhibían en cajas de vidrio en los museos, pero sólo cuando intenté construir una comprendí el nivel de intuición ingenieril que habían tenido nuestros antecesores en la Edad de Piedra.

AL final construí una hoja que me pareció satisfactoria. La fijé a un trozo de madera, atándola con un trozo de piel de animal, y salí contento al bosque.

Volví menos de quince minutos después con los trozos de mi hacha en las manos; se había partido al segundo golpe, ¡sin apenas haber rozado la corteza del árbol!

Sin embargo, con unos cuantos experimentos más lo hice bien, y pronto me abrí paso a hachazos a través de un bosque de árboles jóvenes y rectos.

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