Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Mielke frunció el entrecejo, como un oso que de pronto se diera cuenta de que le había picado una abeja. Sacudió la cabeza.
– No tenía ningún sentido para mí. Después de todo, no era culpa mía que me hubieran forzado a trabajar para los nazis. Pero me dijeron que el partido no lo vería de esa manera. Contra todos mis instintos, que eran tener fe en el camarada Stalin y el partido, decidí confiar en ese hombre. Su nombre era Víctor Dietrich. Así que les dije que había estado oculto en España y después había combatido con los guerrilleros franceses. Fue muy oportuno que lo dijese, porque sin el consejo de Dietrich mi sinceridad hubiese sido fatal. Verás, en agosto de 1941, el camarada Stalin, como Comisario del Pueblo para la Defensa, había dado una orden infame -la orden número setenta y dos- que en esencia decía que no existían prisioneros de guerra soviéticos, sólo traidores. -Mielke se encogió de hombros-. De casi dos millones de hombres y mujeres que regresaron de las cárceles de Alemania y Francia a la Unión Soviética y a sus zonas de control -quizá muchos de ellos leales miembros del partido-, la mayoría fueron ejecutados o enviados a campos de trabajo durante diez o veinte años. Entre ellos mi propio hermano. Es por eso que ya no creo en nada, Günther. Porque en cualquier momento mi pasado me puede alcanzar y podría estar donde tú estás ahora.
»Pero yo quiero un futuro. Algo concreto. ¿Acaso es tan raro? Estoy saliendo con una mujer. Su nombre es Gertrud. Es modista, en Berlín. Mi madre también era modista. ¿Lo sabías? En cualquier caso, me gusta la idea de que podamos tener una vida juntos. No sé por qué te estoy contando todo esto. No tengo que justificarme por ayudarte, desde luego. Me salvaste la vida. En dos ocasiones. ¿Qué clase de hombre sería si lo olvidara?
Permanecí en silencio unos momentos. Vi que su rostro se oscurecía por la impaciencia.
– ¿Quieres mi ayuda o no, maldita sea?
– ¿Cómo va a pasar? -pregunté-. Me gustaría saberlo. Si voy a poner mi alma en tus manos, no te puede sorprender que quiera comprobar si tienes las uñas limpias.
– Hablas como un auténtico berlinés. Me parece justo. Veamos. La Escuela Antifascista Central está en Krasnogorsk. Todos los meses les enviamos un cargamento de nazis en un avión desde Berlín para la reeducación. Ahora hay allí bastantes de ellos. Miembros del Comité Nacional por una Alemania Libre, se llaman a sí mismos. El mariscal de campo Paulus es uno de ellos. ¿Lo sabías?
– ¿Paulus, un colaborador?
– Desde Stalingrado. También está Von Seydlitz-Kurzbach. Por supuesto, recordarás sus transmisiones de propaganda en Königsberg. Sí, tenemos allí a toda una pequeña colonia alemana. Un hogar nazi lejos del hogar. Una vez que subas al avión a Krasnogorsk desde Berlín, no hay manera de escapar. Pero durante el trayecto en tren desde aquí a Berlín, o mejor dicho, desde aquí a Zwickau, sí que podrías fugarte. Piénsalo. Desde este campo a la zona de ocupación americana hay menos de sesenta kilómetros. Si mi amiga Gertrud no estuviese en Berlín Oriental, quizá me sentiría tentado de ir contigo. Por lo tanto, lo que te propongo es esto: informaré al comandante Weltz de que te he convencido de que cambies de opinión. Que estás preparado para la reeducación en la Escuela Antifascista. Él hablará con el comandante del campo, que te sacará del pozo y te devolverá a la clasificación. Por lo demás, todo continuará igual hasta el día en que dejes este lugar, cuando se te entregue un uniforme limpio y unas botas nuevas para que te vistas y calces. Por cierto, ¿qué número de botas calzas?
– Cuarenta y seis.
Mielke se encogió de hombros.
– El peso de un hombre puede cambiar mucho, pero sus pies siempre continúan siendo del mismo tamaño. Habrá un arma en el interior de la caña de una de las botas. Algunos documentos y una llave para tus esposas. Lo más probable es que te acompañe en tu viaje aquel joven teniente del MVD y un starshina ruso. Pero alerta.
No se rendirán fácilmente. La penalidad por permitir que un pleni escape es ocupar el lugar del prisionero en el campo de trabajo. Lo más probables es que tengas que usar el arma y matarlos a los dos. Pero eso no debería ser un problema para ti. El tren no será como los otros trenes de convictos en los que has viajado. Ocuparás un compartimiento. Tan pronto como estéis en marcha, pide que te dejen ir al baño. Y sal disparando. El resto te corresponde decidirlo a ti. Lo mejor sería que escogieses el uniforme de uno de tus escoltas. Dado que hablas ruso, no tendrás problemas. Salta del tren y dirígete siempre hacia el Oeste, por supuesto. Si te atrapan lo negaré todo, así que, por favor, evítame la vergüenza. Si te torturan, échale la culpa al comandante Weltz. De todas maneras nunca me cayó bien.
La absoluta falta de piedad de Erich Mielke me hizo sonreír.
– Sólo hay un problema -señalé-. Los otros plenis. Mis camaradas. Creerán que me he vendido.
– La mayoría de ellos son nazis. ¿De verdad te importa lo que piensen?
– Jamás hubiera creído que fuese así. Pero, por curioso que parezca, sí que me importa.
– Se enterarán de tu fuga en seguida. Esas noticias se difunden rápido. Sobre todo si aquel comandante es el responsable. Me aseguraré de que lo sea. Hay una cosa más. Cuando llegues a la zona americana, quiero que me hagas un favor. Quiero que vayas a una dirección en Berlín y que le entregues una suma de dinero a alguien que conozco. Una mujer a la que tú también conociste. Es probable que no la recuerdes, pero la acompañaste en tu coche el mismo día que me salvaste de aquellos tipos de las SA.
– No querría que esto de ayudarte se convirtiese en una costumbre, Erich. Pero por supuesto que lo haré. ¿Por qué no?
No tenía manera de saber cuánto de lo que me había dicho Erich Mielke era verdad o mentira. Desde luego, tenía razón en que si me quedaba en el campo de Johanngeorgenstadt lo más probable es que acabase muerto. Lo que Mielke no sabía, cuando me ofreció esa vía para fugarme, era que ya estaba casi dispuesto a tirar la toalla y unirme al K-5 con la esperanza de que quizá, mucho más tarde, después de convertirme en un buen comunista, se me presentaría la ocasión de escapar.
Casi inmediatamente después de mi entrevista con Mielke, tal como me había prometido, fui devuelto al equipo de clasificación del mineral. Esto provocó algunas sospechas de que había aceptado colaborar con los comunistas alemanes y fui sometido a un interrogatorio por el general Krause y su adjunto, un comandante de las SS llamado Dunst; sin embargo, parecieron aceptar mis afirmaciones de que seguía siendo «leal a Alemania», significase lo que significase esa expresión. A medida que pasaban los días, sus sospechas comenzaron a disminuir. No tenía idea de cuándo me llamarían a la oficina para entregarme mi uniforme limpio y las fundamentales botas, y a medida que pasaba el tiempo, comencé a preguntarme si Mielke no me había engañado, e incluso si no lo habrían arrestado. Entonces, un frío día de primavera, me ordenaron que fuese a las duchas, donde me permitieron lavarme y me dieron otro uniforme. Lo habían hervido y le quitaron todas las insignias y escudos, pero después de mis asquerosas prendas, me parecía un traje hecho a medida por Holters. El pleni que me lo dio era un besprisorni ruso: un niño huérfano educado en un campo de trabajo soviético y considerado por los «azules» como un prisionero de confianza que no necesitaba ser vigilado. También me entregó las botas, hechas de suave cuero de buena calidad, y después montó guardia por mí.