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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– Usted, mujer extraña.

Sarah se echó a reír..

– Si he de serle sincera, me han hecho cumplidos más placenteros -replicó-. Pero, si no hay más remedio, también acepto este.

– ¿Por qué todo? -preguntó el guía-. ¿Por qué hace esto?

– Para salvar al hombre que amo -explicó Sarah sin dudarlo-. ¿Me comprende?

– Nai -aseguró el guía, golpeándose el pecho-. Yo, griego. Griegos entienden siempre el amor, sobre todo mujeres. Electra, ¡Penélope! ¡Veinte años espera regreso Ulises!

– Cierto -asintió Sarah.

– ¿También su amor está de odisea?

– En cierto modo -confirmó Sarah con melancolía.

Sin saberlo, Pericles había dado en el clavo. Kamal estaba atrapado en una lejana odisea que le impedía regresar a casa, pero también ella lo estaba… Y en medio de aquel frío gélido y de la tormenta que bramaba fuera y enviaba los aullidos del viento a través de las ruinas de la vieja casa de labranza, a Sarah le pareció de repente imposible que volvieran a encontrarse jamás.

Las probabilidades eran mínimas…

Montañas del Pindo, Epiro, 31 de octubre de 1884

Rompía el alba cuando despertaron a Sarah. La joven estaba totalmente somnolienta porque había cubierto la guardia de después de medianoche y hacía pocas horas que Alexis la había relevado.

Lo primero que vio al abrir los ojos fue el rostro de Pericles, que estaba sobre ella y le pedía que guardara silencio, y Sarah reconoció enseguida en las profundas arrugas que se habían formado en su frente que algo iba mal.

Se incorporó rápidamente y se despertó de golpe. En la penumbra de la habitación vio a Hingis agachado. Para estupor de Sarah, el suizo se dedicaba a cargar los fusiles.

– ¿Qué…? -quiso preguntar en un susurro, pero Pericles se llevó un dedo a los labios y le indicó que lo siguiera.

Cautelosamente, para que no se rompieran las tablas carcomidas con sus pasos, se deslizaron hacia la parte delantera del edificio pasando junto a los muleros que estaban con los animales, acariciándolos para tranquilizarlos y que no hicieran ruido. El fuego de la chimenea se había apagado hacía rato. Un frío gélido reinaba dentro de los muros agrietados y el viento aullaba arrastrando aquí y allá algún que otro copo de nieve. Por lo visto, había nevado en el valle durante la noche…

Sarah notó que el pulso se le aceleraba mientras se deslizaba detrás de Pericles, seguida por Hingis, que llevaba los fusiles cargados. La joven se estaba preguntando atemorizada que habría pasado, cuando encontraron a Alexis. El cocinero se había atrincherado debajo de una ventana sin cristales que estaba empotrada en la fachada de la casa de labranza y daba al camino. Con una mirada de advertencia dio a entender a sus compañeros que debían ser cautelosos y Sarah creyó distinguir temor en sus ojos. Más aún, un miedo cerval…

Agachados para que no pudieran verlos desde fuera, se acercaron a la ventana y se sentaron a derecha e izquierda. Luego, Sarah se arriesgó a echar un vistazo al exterior.

Comprobó que no se había equivocado en sus suposiciones. La temperatura había vuelto a caer y, hacia el amanecer, el chubasco se había transformado en una nevada. Una capa de dos palmos de grosor cubría el claro y el camino, que a cierta distancia se perdía un buen trecho por el valle entre árboles y rocas nevadas. Delante, sin embargo, vislumbró unas siluetas espectrales.

Puesto que llevaban capas de color claro, no se las distinguía de inmediato en aquel fondo blanco y a la escasa luz del amanecer, cosa que parecía intencionada. Los hombres -Sarah contó cinco- iban armados con fusiles de avancarga y habían envuelto los cañones con cuero para protegerlos de la lluvia y la nieve.

No le hizo falta preguntar quiénes eran aquellos hombres. Sarah no tenía la menor duda de que se trataba de kleftes, aquellos intrépidos luchadores que habían conquistado la independencia de Grecia en el campo de batalla y que continuaban manteniendo una desmoralizadora guerra de guerrillas contra los turcos para arrancarles más territorio y más concesiones.

Sarah pensó involuntariamente en los ahorcados que habían visto junto al camino y no pudo sino tributar respeto a esa gente que luchaba por una causa jugándose la vida. Cuando iba a preguntarle en voz baja a Pericles por qué se escondían de los guerrilleros, algo se movió en el exterior.

Por lo visto, los cinco hombres formaban la vanguardia de una unidad mayor, pues inmediatamente salieron más siluetas vestidas de blanco de la espesura cubierta de nieve, algunas a caballo, otras a pie. En medio iban dos hombres de aspecto miserable, maniatados y a los que llevaban a rastras. Por sus uniformes de color azul oscuro, Sarah supo enseguida que se trataba de soldados turcos. Prisioneros…

La comitiva, que debía componerse de diez o doce hombres, se detuvo y obligaron a los dos turcos a arrodillarse sobre la nieve. Un kleftis alto y fuerte, que parecía ser el cabecilla del grupo, desmontó de su silla, se plantó delante de los prisioneros e intercambió unas palabras con ellos. Lo que se dijeron no pudo oírse a causa de la distancia y de los aullidos del viento.

La conversación acabo súbitamente. El jefe de los guerrilleros se llevó la mano al cinto y sacó el puñal corvo que guardaba allí. Luego, todo ocurrió muy deprisa.

Sarah vio desplomarse a uno de los turcos, aterrada. El acero del cabecilla se levantó por segunda vez y el segundo prisionero también cayó hacia atrás, acompañado por una fontana de sangre que salpicó y tiñó la nieve de un rojo intenso. El kleftis les había rebanado el cuello a sus enemigos sin pensárselo dos veces. Sin vacilar y, eso parecía, también sin remordimientos.

El hombre dio media vuelta bruscamente, sin dignarse mirar a los dos heridos de muerte, uno de los cuales todavía se estremecía entre fuertes convulsiones. Los dejaría allí a modo de advertencia para sus enemigos, igual que habían hecho los turcos en el puerto con los rebeldes.

Sarah comprendió que esas eran las reglas de aquel espantoso juego, la lógica del terror. Y supo que las partes enfrentadas en aquel conflicto no entraban en las categorías de bien y mal, sino que no se iban a la zaga en crueldad y resolución. Habría gritado de horror y furia ante semejante atrocidad, pero eso habría significado el fin de todos ellos, puesto que el guerrillero seguramente no habría dejado con vida a ningún testigo. Por lo tanto, se obligó con todas sus fuerzas a callar y pronto divisó, aliviada, que los kleftes se retiraban.

Los jinetes montaron de nuevo en sus caballos y se dispusieron a partir; pero entonces sucedió algo inesperado.

Friedrich Hingis estaba agazapado en el suelo, sosteniendo los cuatro fusiles listos para disparar, un peso que las tablas de madera carcomidas no soportaron por más tiempo. Con un crujido terrible, primero cedió una, luego otra, y el suizo se hundió. Cayó de una altura de no más de medio metro, pero el susto fue tan grande que Hingis soltó un grito agudo que no pasó desapercibido a los kleftes.

Se dieron la vuelta, alarmados, y miraron en dirección a la casa. Sarah y sus compañeros se pusieron a cubierto de inmediato. Pero ya habían despertado el recelo de los guerrilleros.

– Maldita sea -masculló Pericles.

Oyeron cómo el jefe de los kleftes gritaba algo a sus hombres y, luego, se hizo de nuevo el silencio.

– ¿Qué ocurre ahí fuera? -preguntó Sarah susurrando, y Pericles se atrevió a mirar con cautela por encima del alféizar.

– Se acercan a casa -informó.

– ¿Cuántos?

– Dos.

Sarah sopesó las posibilidades. Acabar con dos hombres no supondría ningún problema. Pero entonces alertarían a los demás y se desencadenaría una dura lucha que exigiría numerosas vidas humanas y también requeriría tiempo, un tiempo cada vez más escaso…

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