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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– Hasta siempre, amor mío -le dijo al oído.

Luego se levantó del lecho del enfermo, en cuyo borde estaba sentada.

– ¿Y eso? -preguntó Cranston en un tono de malicia evidente-. ¿A qué viene tanta tristeza? Pronto volverá a ver al pobre Kamal, ¿no?

Sarah respiró profundamente. Una vez se hubo secado las lágrimas y hubo recuperado en cierta medida el control, se volvió hacia el médico traidor.

– Efectivamente -afirmó, y se esforzó en que su voz sonara tan firme y decidida como fuera posible-, y se lo advierto, doctor, si a Kamal le falta alguna cosa hasta entonces o le ocurre algo antes de mi regreso, lo responsabilizaré a usted, a nadie más.

– ¿Y eso significa…? -preguntó indiferente el médico-. ¿Se querellará contra mí? ¿A través de Jeffrey Hull, ese papanatas senil?

– No -contestó Sarah quedamente mientras lo atravesaba con la mirada-. Si a Kamal le ocurre algo, le mataré.

Cranston se encogió de hombros, haciendo ver que no estaba impresionado. Sin embargo, se le notaba el nudo que se le había hecho en la garganta.

– ¿Por quién me toma? -preguntó como si nada-. Al fin y al cabo, he prestado juramento.

– Yo también -afirmó Sarah-. Acabo de hacerlo.

Con eso, lo dejó allí plantado y se dispuso a salir de la habitación. Ya tenía el pomo de la puerta en la mano y estaba en el umbral cuando el médico la llamó.

– ¿Sarah? -en su voz se manifestaba la antigua arrogancia.

– Lady Kincaid -lo corrigió.

– Buena cacería -dijo sonriendo ampliamente y haciendo un gesto como si fuera un jinete a lomos de su caballo-. Tally-ho.

– ¿Por qué lo hace?

– ¿A qué se refiere?

– El director Sykes lo presentó como un hombre de honor. Como alguien para quien el compromiso social tiene al menos tanta importancia como la reputación científica.

– Parecen las palabras de un perfecto idiota -constató Cranston, intentando sonreír irónicamente, aunque no lo consiguió.

– ¿Qué le han ofrecido para que traicione todo lo antes le importaba? -preguntó Sarah-. ¿Prestigio? ¿Dinero?

– Ambas cosas -fue la apabullante respuesta-, y en mucha mayor medida de lo que usted pueda imaginar. La ambición de esa gente es enorme, Sarah, inmensa. No fue muy inteligente por su parte convertirse en su enemiga. Habría sido más inteligente que hubiera cooperado a tiempo.

– ¿Igual que usted? -preguntó Sarah con sarcasmo.

– Exacto.

Sarah meneó la cabeza.

– Se está usted engañando, doctor. Jamás recibirá la recompensa que le han prometido. Durante un tiempo, mientras les resulte útil, solicitarán sus servicios. Pero llegará el día, y ese día no está muy lejos, en que se hartarán y se desharán de usted, igual que hicieron con Laydon.

– Disculpe, pero usted tuvo bastante culpa en eso -objetó Cranston.

– En efecto -dijo Sarah, y salió de la habitación.

En el cuarto contiguo, un salón amueblado al estilo oriental, la estaban esperando. Ludmilla de Czerny y Friedrich Hingis estaban sentados sobre unos cojines de seda relucientes, con una taza de té humeante en las manos.

A Sarah se le revolvió el estómago al ver tan juntos a amigo y enemiga. La ira le corrió por las venas y no pudo evitar que Hingis notara su repentina desconfianza. Sin embargo, se llamó al orden de inmediato. Seguramente eso era lo que la condesa quería provocar.

– ¿Té? -preguntó Ludmilla de Czerny, dirigiéndole una mirada provocadora-. He de reconocer que en esta parte del mundo hace tiempo que no son tan incivilizados como siempre había supuesto. Aquí, los efectos beneficiosos de una buena bebida son bien conocidos.

– No, gracias -contestó Sarah, en un tono tranquilo y distante.

– Este té es realmente bueno -aseguró Hingis, que bebía sorbitos de su taza.

– No es el té lo que no me gusta, sino la compañía -replicó Sarah lanzando a la condesa una mirada tan cargada de veneno que habría bastado para dar el último adiós a todas las ratas del alcantarillado de Praga.

Una de las reglas de aquel extraño juego consistía en que todos mantuvieran las formas y se trataran de manera civilizada (paradójicamente, en cierto modo eran aliados y luchaban por el mismo objetivo, aunque por motivaciones radicalmente distintas), pero Sarah no veía ningún motivo para exagerar las confianzas.

Ambas querían el agua de la vida: Sarah para salvar a Kamal y resarcirlo en más de un sentido, y la condesa quería el elixir para sus siniestros amos, que seguían en la sombra y cuya verdadera identidad y propósitos Sarah no intuía ni por asomo. ¿Qué perseguía la Hermandad del Uniojo con aquella sustancia misteriosa que ya había sido buscada en la Antigüedad? ¿Querían entrometerse en la Creación arrogándose facultades divinas y jugando con el fuego como antiguamente Prometeo?

– He ele confesar, querida, que tu escenita me ha parecido bastante ridícula -comentó Ludmilla mientras mordisqueaba una pasta de té de sésamo que había mojado en la taza.

La condesa lucía como siempre un vestido ancho, en el que predominaban los tonos claros y luminosos, que contrastaban con su carácter agrio. Sarah, en cambio, ya se había puesto la ropa que llevaría en la expedición y que tan útil le había resultado en viajes anteriores: pantalones de montar ceñidos y de color arena, embutidos en unas botas de cuero que le llegaban a la rodilla, una blusa de algodón blanqueado y, encima, un chaleco de cordobán, en cuyos bolsillos guardaba todo tipo de objetos útiles. También llevaba un pañuelo anudado al cuello, como solían hacer los hijos del desierto y que protegía tanto del sol intenso como del viento gélido. Se había peinado la melena hacia atrás y se la había recogido en un moño para que no la molestara al cabalgar.

– Cumple el objetivo -se limitó a replicar.

Hingis también estaba preparado para la marcha. De acuerdo con su estilo conservador, se había decidido por un traje tropical de color caqui con el que llamaba, y no poco, la atención en las calles de la ciudad, donde predominaba la moda turca, con sus coloridas vestimentas de seda y brocados. A modo de concesión, el suizo había decidido ponerse un fez de fieltro rojo que, en vista de los cabellos revueltos que asomaban por debajo, parecía un poco fuera de lugar.

– Nos encontraremos hoy en el punto de recogida -aclaró Sarah-. En las afueras de la ciudad hay un viejo caravasar donde nos espera nuestro guía. Partiremos al amanecer.

– Igual que nosotros -comentó pausadamente la condesa, que sorbió un poco más de té.

– ¿Cómo sabrá cuándo regresamos?

– Lo sabremos, tranquila. Vosotros regresad. Pero no os atreváis a aparecer sin el elixir. Si te has equivocado y tus teorías resultan falsas, Kamal morirá, no lo olvides.

– Tranquila -resolló Sarah-. Y usted no olvide su parte del trato. Porque, si a mi regreso le ha ocurrido algo malo a Kamal, tendrá que beberse su valioso elixir en las cloacas.

– Qué imagen más repugnante.

– Efectivamente.

– Esperemos que eso no ocurra. -La condesa sonrió imperturbable-. Por el bien de ambas partes.

Sarah no contestó. Estaba harta de la charla y quería partir de una vez para dejar atrás la búsqueda lo antes posible y regresar con Kamal. Dejarlo en manos de sus enemigos le rompía el corazón, pero no le quedaba más remedio. Al menos, de momento…

– Vaya, mira cómo calla la inteligente y peligrosa hija de Gardiner Kincaid.

– ¿Quién afirma tal cosa?

– Algunas personas -contestó Czerny, evasiva-. Pero desde el principio tuve muy claro que solo había que encontrar la clave adecuada para doblegarte. Un instrumento toca cualquier melodía… si se sabe cómo hay que hacerlo sonar.

– ¿Está muy segura de sí misma, verdad?

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