Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
– ¿Y por qué no? A mi modo de ver, vuelves a estar a nuestra merced. Y eso que creías que habías tomado todas las precauciones imaginables, ¿no es cierto?
A Sarah le habría encantado replicar, pero no podía, puesto que aquellas palabras respondían a la realidad.
– No se saldrán con la suya -dijo, pero su voz no sonó con tan convencida como se había propuesto, sino más bien terca y desvalida.
– ¿Quién nos detendrá, hermana? En todo el planeta solo hay un puñado de gente que conoce nuestra existencia, y la mayoría trabaja para nosotros. El viejo Gardiner está muerto, y tú, perdona que te lo diga, has demostrado ser una rival a la que hay que tomar bastante menos en serio de lo que algunos temían. Pero harías bien conteniendo tu enfado y tu ira, y concentrándote en tu misión. Tu odio no retornará a la vida a Kamal, eso solo puede conseguirlo el agua de la vida. O sea que ve y encuentra lo que nos beneficiará a todos.
Al pronunciar estas últimas palabras, en su semblante se dibujó una sonrisa tan autosuficiente y llena de menosprecio que Sarah se preguntó automáticamente qué había hecho ella para atraer la rabia de aquella mujer que, en otras circunstancias, en otra época, quizá podría haber sido una compañera, una amiga. Pero no había tiempo para averiguarlo. La esperaban tareas más importantes y urgentes que no admitían demora.
– Esto -prosiguió la condesa dándole a Hingis una pequeña carpeta forrada en piel- es un salvoconducto que les garantiza paso franco mientras se encuentren en territorio otomano. Nuestra organización dispone de suficientes medios para conseguir algo así.
– Estoy convencida de ello -dijo Sarah-. Me pregunto de qué servirán esos legajos si tropezamos con rebeldes griegos.
– Ya lo descubrirán.
– Claro.
Las miradas de las dos mujeres se encontraron una última vez y el ambiente pareció helarse.
– Hasta pronto -se limitó a decir Ludmilla de Czerny.
Sarah no le contestó.
Esperó a que Hingis vaciara su taza y se levantara pesadamente de su cojín. Luego, los dos se marcharon. Salieron de la suite que la condesa había contratado y volvieron a sus respectivas habitaciones. Ya les habían ido a buscar el equipaje y lo habían llevado al caravasar; se trataba únicamente de recoger los últimos enseres personales de los que no querían prescindir durante el viaje: en el caso de Sarah, su diario y el cinto Sam Browne con las armas correspondientes.
El hecho de que la condesa no se lo hubiera quitado permitía suponer que también era consciente de los peligros y de los imponderables que entrañaba la expedición, del éxito de la cual dependía todo.
Capítulo 2
Diario de viaje de Sarah Kincaid, 26 de octubre de 1884
La expedición ha comenzado. A primera hora de la mañana hemos salido de Salónica en dirección oeste. Además de Pericles, nuestro guía, la caravana se compone de cuatro muleros, que no solo se ocupan de transportar los bultos y de cuidar a las mulas, sino también de montar y desmontar las tiendas y el campamento, así como de un cocinero, un viejo griego llamado Alexis que nos recomendó Pericles y que es capaz de sacar auténticos aromas de un sencillo perol. Como armamento llevamos varios fusiles de retrocarga y dos revólveres. Los caballos que montamos son animales dóciles y resistentes, y los bultos van cargados en mulas, que aquí son tan habituales como las carretillas de los vendedores ambulantes en las calles de Londres.
El paisaje es de una belleza impresionante. Viniendo del este, cruzamos una tierra que casi podría calificarse de apacible, surcada por numerosos ríos y que limita al norte con la imponente cordillera del Pindó y, al sur, con las abruptas peñas del monte Olimpo, considerado por los antiguos griegos el hogar de los dioses. Los cipreses y los olivos crecen asilvestrados en los campos, donde también pacen rebaños de cabras: una imagen de paz que me gustaría que Kamal pudiera ver.
¡Cuánto lo echo de menos!
Jamás en la vida había sentido un desgarro interior tan grande ni había temido y ansiado tanto el comienzo de una expedición. Soy consciente de que solo el éxito de nuestra misión puede salvar a Kamal. Sin embargo, también sé que Friedrich Hingis tenía razón y que el agua de la vida en manos de viles criminales representa un peligro incalculable. Mientras mi corazón no desea nada más encarecidamente que curar a Kamal y retornarlo a la vida, mi juicio me aconseja prudencia. No obstante, a ambas cosas las supera la curiosidad que me aguijonea estos días y que quiere averiguar el secreto que entraña ese líquido misterioso. De momento, no puedo ni quiero pensar en las consecuencias, aunque la conciencia me impulse a hacerlo…
27 de octubre de 1884
Después de que el clima nos fuera bastante favorable durante los últimos días, esta mañana ha empezado a llover torrencialmente. Cabalgar no solo se ha hecho incómodo, sino también fatigoso, puesto que la lluvia ha ocasionado crecidas en riachuelos y arroyos, y ha provocado que los caminos, la mayoría de tierra, estén en un estado deplorable.
Preferimos pernoctar en albergues, que tanto abundan por aquí, para proteger los enseres. Con todo, no tenemos oportunidad de recuperarnos de las fatigas que nos causa cabalgar durante toda la jornada. Nuestro guía nos apremia sin compasión porque, con cada día que pasa, aumenta el riesgo de que el invierno irrumpa en las cumbres, lo cual tendría como consecuencia que los puertos de montaña estarían cerrados y no habría posibilidad de pasarlos.
No quiero ni imaginar qué significaría eso, y rezo por que el clima nos sea propicio…
28 de octubre de 1884
Hemos llegado a Siatista, una población antes turca que ha alcanzado prosperidad con el comercio de pieles.
Por consejo de Pericles, Hingis y yo hemos comprado ropa de abrigo en la ciudad. El otoño no se muestra tan crudo en Tesalia como en el lejano Londres y, a pesar de las bajas temperaturas nocturnas, el clima de día es suave; sin embargo, en los puertos de montaña que debemos cruzar reina un frío intenso. La pelliza que he adquirido está forrada por dentro con piel de marta cibelina, en tanto que la piel exterior es de piel de equino, tan resistente que parece estar a la altura de los requisitos de la expedición. Friedrich se ha decidido por un abrigo de piel de oso que lo hace parecer tan ancho como alto y que, junto con el fez que luce en la cabeza, completa una imagen sumamente chocante.
Siatista es también la última localidad de lo que mis compatriotas británicos definirían como mundo civilizado: las grandes manufacturas donde se elaboran las pieles y las lujosas mansiones en estilo otomano marcan la imagen de la ciudad; al sur y al oeste se extiende una región árida y montañosa que solo se ve interrumpida por aldeas minúsculas o monasterios aislados cuyos habitantes valoran la soledad.
Nuestro destino es esa tierra inculta, que forma la frontera entre el Imperio Otomano y Tesalia, región que se independizó no hace muchos años y donde las escaramuzas entre soldados turcos y guerrilleros griegos siguen estando a la orden del día. Porque al otro lado, a unas cien millas plagadas de imponderables y peligros, se encuentra el Aqueronte…
Puerto de Katara, Montañas del Pindo, 30 de octubre de 1884
El camino angosto que conducía a las laderas del Pindó desde los valles de Macedonia ascendía abruptamente. En el paisaje verde, surgió de repente una pared de piedra gris y escarpada que se alzaba formando elevaciones insospechadas y cuyas cumbres estaban teñidas de blanco. Los bosques situados debajo de los picos nevados presentaban matices rojos y marrones, salpicados por el verde perenne de las coníferas y de los matorrales, que crecían incluso en las escabrosas laderas de roca y en las cimas peladas.