Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
Tal como Sarah esperaba, los pararon y los sometieron a control. Apuntándolos con fusiles Remington y las bayonetas caladas, obligaron a los viajeros a desmontar y un pelotón de soldados empezó a registrarles el equipaje. Lo que les parecía de utilidad, se lo requisaron de inmediato, entre otras cosas, calcetines gruesos de fabricación suiza y una lata de petróleo. Sarah los dejó hacer, aunque seguramente ambas cosas les habrían resultado útiles a ellos. Era muchísimo más importante cruzar el puerto lo antes posible…
El capitán de la tropa no hablaba inglés. Con Pericles haciendo las veces de intérprete, Sarah le explicó que era una británica rica y excéntrica, a la que se le había metido en la cabeza visitar algunos lugares de la Grecia clásica. El guía seguramente añadió algo más, ya que el capitán, que antes los miraba con recelo, de pronto pareció relajado, incluso divertido. Tomó el salvoconducto, lo examinó y luego indicó a sus hombres que los dejaran pasar.
Sarah, en cierto modo asombrada, volvió a montar, para divertimento de los soldados que, al parecer, nunca habían visto a una mujer a lomos de un caballo y aún menos cabalgando sobre la silla como un hombre. Sarah aguantó también eso: lo esencial era que podían proseguir el viaje y llegar lo antes posible al otro lado.
Un angosto camino abierto entre rocas descendía desde el puerto trazando una curva muy cerrada. La nevada arreció y apenas permitía ver nada a treinta metros de distancia.
– Kakó -comentó Pericles, preocupado-. Tendríamos que haber quedado en el puerto y dormir allí.
– ¿En compañía de los soldados? -preguntó Sarah, que podía imaginar cosas más agradables que pasar la noche entre una caterva de individuos que no habían visto a una mujer en semanas o, seguramente, en meses-. No, gracias.
– Se ha portado inteligente -la alabó el macedonio.
– ¿Por qué lo dice?
– No intentado sobornar a capitán. No es efendi, es oficial. Hombre de honor. Jamás ofenderlo.
Sarah comprendió a qué se refería el guía. Por lo visto, entre los militares otomanos, al menos seguía habiendo algunos que se mantenían leales a su imperio y a su sultán.
– ¿Qué le ha dicho realmente al capitán? -preguntó-. Parecía tan divertido de repente…
– No importa -contestó Pericles con evasivas.
– Pues claro que importa -insistió Sarah severamente, y refrenó su caballo para dejar bien claro que hablaba en serio-. Quiero saberlo, ¿me oyes?
– ¿De verdad? -Pericles también detuvo a su caballo, aunque en su semblante se leía que no quería decir la verdad.
– Por supuesto.
– Endáxei… Pero usted promete no regaña al pobre Pericles.
– ¿Por qué iba a regañarte? -Porque yo dicho que…
Miró a Hingis y pareció no atreverse a decirlo en voz alta. Entonces le hizo un gesto a Sarah para que se le acercara y él pudiera comentárselo al oído. La joven hizo lo que le pedía, se inclinó en la silla hacia él, escuchó atentamente… y se llevó una sorpresa.
– ¿Le… le has dicho que el señor Hingis y yo estábamos casados? -preguntó Sarah abriendo los ojos como platos-. ¿Y que lo trato como a un calzonazos?
– Más o menos -admitió el guía tímidamente.
– Es… es inaudito -exclamó Sarah-. ¿Cómo has podido afirmar que…?
– Sarah -intervino Hingis de repente.
– ¿Qué? -resolló la joven.
– Creo que Pericles ha hecho bien recurriendo a una pequeña mentira… No siento el menor deseo de acabar como esos de ahí.
Hingis señaló al otro lado del camino; Sarah miró hacia allí y se le cortó la respiración. En el margen del sendero había cuatro árboles… de los que colgaban cuatro cuerpos sin vida.
Por la vestimenta que llevaban, eran griegos, guerrilleros a los que habían atrapado y ejecutado. A juzgar por el estado de los cadáveres, los habían colgado hacía unos días, puesto que tenían la piel extrañamente blanca y helada.
Habían prescindido de vendarles los ojos a aquellos hombres o de taparles la cabeza con un saco, y Sarah pudo ver sus semblantes inertes, petrificados por un terror infinito, que parecían observarla llenos de reproches mudos.
– Esto es una barbarie -se acaloró-, totalmente indigno de gente civilizada.
– Nai -admitió Pericles-. Guerra en las montañas.
– Es evidente -asintió Sarah, que apartó la mirada de aquella imagen del horror y arreó de nuevo a su caballo.
– Entonces, no enfadada conmigo -preguntó el guía avanzando hacia ella.
– ¿Por qué habría de estarlo?
– Por decir cosas que no verdad.
– No -contestó Sarah con voz apagada-. Seguramente nos has salvado la vida…
Sin volver a mirar a los ahorcados, agitó las riendas y continuó cabalgando, todavía conmocionada por lo que acababa de ver. Un enfrentamiento abstracto, que hasta entonces solo conocía a través de noticias en los periódicos, se había concretado de repente, había adquirido un rostro, literalmente, cuatro.
Durante toda la tarde, mientras cabalgaban hacia el oeste por el angosto paso de montaña, Sarah recordó los rostros inertes y rígidos de los rebeldes que habían sido ejecutados por los ocupantes turcos y, aunque ella no estaba implicada en el conflicto y hasta entonces le había resultado indiferente su desenlace, se sorprendió al descubrir que sus simpatías recaían en el bando de los griegos.
Debido a la nieve que empezaba a cubrir también el camino, la caravana avanzaba lentamente; la temperatura aumentaba a medida que descendían y, finalmente, la nieve se transformó en lluvia. Al caer la noche, los viajeros buscaron cobijo en una casa de labranza en ruinas que se encontraba en un claro a unos cincuenta metros del camino.
Sarah supuso que hacía mucho tiempo que el edificio estaba vacío. No había puertas ni ventanas, las paredes estaban agrietadas, la madera carcomida y parte del tejado, hundido. Sin embargo, encontraron una habitación amplia con el techo aún intacto y que les ofrecía suficiente resguardo de la lluvia torrencial. Hingis y Pericles propusieron que Sarah se alojara allí, en tanto que ellos se contentarían con un cuarto menos seco. Sarah rechazó la propuesta con determinación. No quería tratos especiales y estaba dispuesta a compartir todos los infortunios con sus camaradas. Así pues, eligieron aquella habitación como alojamiento comunitario, donde la joven y sus acompañantes extendieron las mantas y encendieron un fuego en la chimenea, que aún funcionaba a pesar de su ruinoso estado. Alexis, el cocinero, consiguió preparar una sabrosa comida al fuego. En el fondo, no contenía más que alubias blancas y aceite de oliva, pero no solo reconfortaba y saciaba, sino que también tenía un sabor exquisito.
Sarah dejó que Pericles asignara las guardias. Cada turno lo cubrirían dos hombres, y en cada uno solo ponía a un mulero. Era evidente que el macedonio no se fiaba demasiado de los hombres de Valaquia, que hablaban entre ellos en un extraño dialecto. Cuando, una vez más, quiso prescindir de Sarah en la planificación, ella insistió también en participar como los demás,
– ¿Podrá? -preguntó el guía con franco escepticismo.
– Confía en mí -contestó Sarah mirando el Sam Browne, en el que no solo llevaba una cantimplora, sino también un puñal Bowie de fabricación estadounidense y la pistolera con el Colt Frontier-. Sé defenderme.
– No dudo sabe disparar -admitió Pericles mientras cargaba su arma, una pistola de aspecto anticuado y con ornamentos árabes, que después volvió a meter en la faja-. Pero ¿disparado contra alguien?
– Por supuesto -confirmó Sarah quedamente, puesto que no estaba orgullosa de ello.