Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
Hasta entonces, Sarah y sus acompañantes habían tenido el gran macizo siempre a su derecha; sin embargo, ahora que habían dejado atrás el pueblo de montaña de Metsovon, veían alzarse la cordillera ante ellos, como una pared enorme casi inexpugnable que tenían que superar. La única vía de acceso en esa estación del año era el puerto de Katara, hacia el que ascendía el camino trazando curvas muy cerradas. Mientras que, a un lado, la roca subía casi en vertical, al otro seguía viéndose la impresionante panorámica de unos valles angostos y profundos, cubiertos por una espesa vegetación y sobre los cuales las águilas volaban majestuosamente en círculo.
Después de dormir varias noches al raso y de haber pasado un frío tremendo en las tiendas de campaña empapadas, Metsovon había vuelto a ofrecerles al menos un techo firme sobre sus cabezas, una comodidad de la que Sarah y los demás no podrían volver a disfrutar por un tiempo. La lluvia que los había acompañado durante unos días había cesado, pero el cielo estaba cubierto de nubes bajas y oscuras que, teniendo en cuenta que las temperaturas no paraban de bajar, podían descargar intensas nevadas en cualquier momento. El tiempo apremiaba y la caravana solo se permitía descansar lo imprescindible.
Sarah, que cabalgaba justo detrás de Pericles, guiaba por el estrecho camino a su montura, un caballo pío dócil y resistente. Las piedras sueltas y las irregularidades del terreo eran una fuente de peligro; las serpientes, otro. De repente se oyó un terrible aullido, y el animal echó hacia atrás la cabeza y relinchó espantado.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Hingis, que cabalgaba detrás de Sarah con el fez en la cabeza y el abrigo de piel tirado sobre los hombros a modo de capa para protegerse del viento frío e imprevisible.
– Solo ha sido un lobo -dijo Pericles con toda naturalidad por encima del hombro.
Durante los días anteriores habían ido conociendo a su guía, que había revelado ser un hombre de fiar y muy apegado a su tierra, y que no se cansaba de explicar que era del pueblecito de Vergina, donde tenía esposa y siete hijos. Aquel hombre fuerte y más bien recio, en cuyo rostro moreno crecía un auténtico monstruo de nariz, había nacido en Macedonia, como tantos paisanos suyos, pero estaba marcado por las costumbres otomanas, algo que se reflejaba en su vestimenta: además de unas botas de montar rústicas de ante, llevaba bombachos turcos y la típica faja ceñida a las caderas, donde guardaba un puñal curvo de aire oriental y un revólver. Encima, una camisa a rayas de tonos azules, cortada según la moda griega, y un chaleco de piel de borrego que abrigaba lo suyo. En la cabeza lucía un fez envuelto en un turbante blanco. Los porteadores y el cocinero vestían de manera similar y con ello atestiguaban hasta qué punto los usos y las costumbres de los turcos habían marcado la vida griega durante los últimos más de cuatrocientos años.
– ¿Un lobo? -repitió el suizo no demasiado contento.
-Evet, en el Pindó hay muchos, ¿no sabía? -preguntó Pericles, que hablaba un inglés aceptable y de vez en cuando lo salpicaba con palabras en dimotikr [6]o turco.
– No -confesó Hingis, agriamente-, no lo sabía…
– No son peligrosos -dijo el guía intentado tranquilizarlo-. Osos, mucho peor.
– ¿Osos? -gimió Hingis.
– Nai -confirmó Pericles mientras levantaba receloso la vista hacia las rocas que los rodeaban y refrenaba el caballo-. Por ellos, yo tampoco preocupado…
– Entonces, ¿por qué? -inquirió Sarah, llevando a su caballo junto al del guía-. ¿Ha descubierto algo?
– Chist -indicó el guía, que se tapó la boca con la mano para darle a entender que callara. Luego echó atrás la cabeza como un animal husmeando y escuchó atentamente en el viento-. Ya no oye nada -señaló entonces-. Tamam.
Sarah miró a los demás, que también habían detenido las cabalgaduras, incluidas las mulas que llevaban los bultos. En los semblantes de los porteadores podía leerse el desánimo, tal vez incluso un poco de miedo…
– ¿De qué tienen miedo? -preguntó Sarah en voz baja.
– Kleftes -contestó Pericles, conciso-. O turcos. No diferencia.
– ¿Kleftes? -preguntó Sarah.
– Así llaman a luchadores griegos que se esconden en montañas. Han liberado el sur, pero quieren más. Turcos no quieren dar.
– La misma canción de siempre -ratificó Sarah-. Pero ¿en qué nos afecta a nosotros?
La mirada que le dedicó el macedonio, que normalmente se mostraba despreocupado, fue sombría.
– Turcos ocupan puerto montaña -explicó-. Kleftes atacan a veces. Si hay lucha, mejor no en medio, o thánatos.
– Comprendo -dijo Sarah, cuyos conocimientos de griego clásico bastaban para entender al menos aquella palabra.
No sabía demasiadas cosas sobre la lucha por la libertad de los griegos, exceptuando que había empezado hacía más de sesenta años y que se había dirimido con una dureza atroz por ambas partes. En el año 1821, el arzobispo de Patras había urdido la revuelta y, en sus inicios, los rebeldes griegos masacraron a muchos turcos en la ciudad de Trípoli. Los gobernantes otomanos se vengaron cruelmente y, un año más tarde, mataron a decenas de miles de griegos en la isla de Quíos para escarmiento de los cabecillas, lo cual avivó la llama de la resistencia, sobre todo también porque los helenos comenzaron a recibir ayuda del extranjero a partir de ese momento.
En octubre del año 1827 se libró una batalla en la bahía de Navarino, en la que buques franceses, rusos y también británicos se enfrentaron a la flota de Ibrahim Pacha y, aun siendo esta muy superior en número, se alzaron con la victoria. El Peloponeso y partes de Grecia central se separaron de la unión de reinos que formaban el Imperio otomano y consiguieron la independencia, aunque con ello se desató una lucha pertinaz por hacerse con la frontera norte de la recién fundada nación. La contienda aún persistía y no tenía un vencedor claro. No obstante, una cosa podía afirmarse sobre ese y sobre cualquier otro conflicto en torno al poder político y unos objetivos ideológicos abstractos.
Los ideales eran la primera víctima en el campo de batalla…
– Jefe de los kleftes se llama Anasthatos -continuó explicando Pericles-. Muchas historias de él, pero pocos han visto, y yo no quiero ser uno.
– Yo tampoco -comentó Sarah, que no sentía el más mínimo deseo de conocer a un bandido. Ya tenía bastantes problemas.
La caravana prosiguió su camino. A medida que ascendían, cada vez más hacía frío y Sarah estaba helada a pesar de la pelliza que llevaba. Poco después de mediodía se puso a nevar. Empezaron a caer en silencio copos pequeños de nieve, que cubrieron el camino y los árboles de los márgenes con una capa blanca que amortiguaba cualquier ruido y brindaba un aspecto menos peligroso al paisaje agreste y escabroso, aunque esa percepción habría sido errónea.
Por la tarde llegaron al puerto de montaña. Las rocas y los árboles estaban cubiertos de nieve, igual que los tejados de los gruesos edificios de muros toscos que flanqueaban el camino. No obstante, como comentó Pericles, podían franquearlo. Sarah lo miró con sentimientos dispares, puesto que se preguntaba cómo regresarían con esas condiciones meteorológicas…
Tal como había anunciado el guía, el puerto, situado en las proximidades inmediatas de la frontera, estaba controlado por soldados turcos. Mirara donde mirara, Sarah veía combatientes vestidos con uniformes de color azul oscuro, y cuya imagen se completaba con el fez rojo y la típica faja. Los oficiales llevaban casacas cortas con galones dorados y arabescos bordados, que denotaban un tradicionalismo otomano, igual que los bigotes que brotaban en los rostros de los soldados.