Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
«Escuche -decía la voz-. Tengo que volver antes de que den con el túnel principal y me encuentren a mí.»
«Gracias por avisarme, amigo.»
«Ya sabe cómo localizarme si necesita ayuda.»
La puerta del túnel chirriaba un poco al cerrarse. Se oían pasos durante unos segundos y luego se hacía un absoluto silencio. Pero en aquellos momentos, la mente de Ray se concentraba sólo en la voz.
¡Sean Garvey!
«¡Eres un cabrón, Garvey! ¡Un mal nacido!», gritaba al recordar el momento en que él y su jefe eran sacados a rastras por los hombres de Alacante.
«Garvey había dado muestras de no ser trigo limpio decenas de veces -pensaba ahora Ray-. Había sido una imperdonable negligencia no actuar en su momento. Qué estúpido.»
«Me temo que debemos zanjar nuestra cuestión prematuramente, señor Santana», decía Perchek.
Se oía cerrarse una puerta en la planta baja, y luego disparos.
«Tenemos que salir de aquí, doctor», decía Orsino.
«Tiene razón, Orsino, aunque… sólo en parte», replicaba Perchek, que se daba la vuelta y se alcanzaba el maletín.
Perchek se giraba de nuevo con un revólver de cañón muy corto en la mano y, antes de que Orsino pudiese reaccionar, le disparaba en pleno rostro. La cabeza de Orsino se vencía hacia atrás, y el cuerpo describía una grotesca pirueta y se desplomaba.
Los disparos del sótano no cesaban. Las voces y los pasos se oían cada vez más cerca. El Doctor apuntaba a la cabeza de Santana. Ray apretaba los dientes y trataba de sobreponerse para mantener los ojos abiertos en aquel último momento de su vida. Luego, con aquella sonrisa que Ray temía tanto como despreciaba, Perchek bajaba el cañón del revólver, se acercaba a él y le inyectaba el contenido de la jeringuilla (aún casi llena) en el tubo del gotero.
«No se preocupe -le decía-. Morirá a causa de esta dosis mucho antes de que pueda hacerle efecto.»
Perchek saltaba entonces por encima del cadáver de Orsino y corría hacia el túnel secundario.
«¡Garvey! -gritaba Santana, más furioso con el amigo que lo había traicionado que con aquel loco-. ¡Te pudrirás en el infierno por esto!»
Instantes después, su sistema nervioso estallaba, roto de puro dolor. Sus gritos eran sobrecogedores. Meneaba la cabeza, desesperado, se mordía el labio inferior y caía de costado al suelo. El dolor era cada vez más intenso en todos y cada uno de los nervios de su cuerpo.
¡Garveeeyyy!
Bañado en sudor, Walter Concepción se incorporó bruscamente en la cama. Después de más de siete años, casi se había acostumbrado a aquella recurrente pesadilla. Pero la evocación que su mente hacía por su cuenta de la tortura a que lo sometió el Doctor en aquel sótano no siempre resultaba angustiosa. La de aquella noche (la primera que tenía en muchas semanas después de llegar a Manhattan desde su casa de Tennessee) había sido espantosa.
Era el dolor lo que activaba la pesadilla. Casi siempre le ocurría así. Aquel dolor martirizaba su sistema nervioso como un electroshock, y apenas le daba respiro desde hacía siete años, desde que el Doctor le vació la jeringuilla en el cuerpo.
Ray se secó el sudor de la frente y de las mejillas con la sábana y palpó la mesilla de noche en busca de la Biblia vaciada que utilizaba para ocultar su Percodan (uno de los analgésicos más potentes). Habría podido soportar quedarse sin todo lo que tenía en la pequeña habitación en la que vivía realquilado, incluso sin su revólver, pero no sin el Percodan. Su médico de Tennessee se hacía cargo. Después de años de consultas neurológicas, de psicoterapia, de recurrir a AA y a DA, de hospitalizaciones, el médico había desistido de curarlo y se limitaba a recetarle calmantes. También el farmacéutico de su barrio de Tennessee se hacía cargo y se lo vendía, pese a que su consumo era desorbitado (e ilegal). Para ambos, y para todos aquellos que conocían su historia, Ray era una leyenda: era el hombre que apresó a Antón Perchek.
Santana había traído consigo pastillas suficientes para un mes, siempre y cuando sus crónicos dolores no se agravasen. No tenía el menor deseo de salir a la calle a comprar droga, pero lo haría si no tenía más remedio.
Antón Perchek estaba vivo y reeditaba sus canallescas hazañas en Nueva York. Ray no estaba dispuesto a abandonar la ciudad hasta que Perchek hubiese muerto.
Harry ya lo había puesto al corriente del éxito de la sesión de Maura con Pavel Nemec. Ahora, Maura se entrevistaría con el criminólogo que conocía su hermano, y juntos introducirían el dibujo de Maura en un ordenador, con un programa informático que reproduciría el mismo rostro pero con toda una gama de caracterizaciones y disfraces. Las imágenes resultantes las pasarían a todos los hospitales de la ciudad.
El plan de Santana era sencillo: no darle respiro al Doctor, irritarlo lo bastante como para ponerlo nervioso. Tarde o temprano cometería un error.
Santana se tomó dos pastillas de Percodan con un poco de agua. Más tarde, eligió la indumentaria adecuada para su entrevista con Page. Se pondría la chaqueta de sport para poder llevar oculto su revólver. No creía tener que utilizarlo, pero… por si acaso. Desde que lo traicionaron y detuvieron en Nogales, procuraba que nunca lo pillasen desprevenido.
Metió la mano debajo de la almohada, cogió el revólver y desenroscó el silenciador. Era engorroso y, aunque había funcionado estupendamente aquella noche en Central Park, tendía a afectar a la precisión del arma. Además, pensó, cuando al fin lograra echarse a la cara a Antón Perchek, cuando le apuntase entre las cejas y apretase el gatillo, quería que el Doctor oyese el disparo.
Capítulo 27
– La reunión no va a ser agradable -le dijo el abogado Mel Wetstone a Harry mientras cruzaban la ciudad en coche, de camino al hospital-. No obstante, le prometo que esa gente no va a burlarse de usted.
Wetstone lo había pasado a recoger con el Mercedes que Philip le vendió (el que, según su hermano, daba imagen de abogado importante). Las cuatro puertas y el maletero eran de apertura electrónica, y el sofá trasero (porque llamarlo asiento no le hacía justicia) era reclinable. Resultaba tranquilizador que Wetstone tuviese tanto éxito como para poder permitirse semejante lujo. Con todo, el Mercedes despertaba también la sensación de fracaso que tenía Harry a aquellas alturas de su vida; una sensación que, como un pavo en vísperas del día de Acción de Gracias, se hinchaba a medida que pasaban frente a los lujosos edificios de la zona.
– ¿Le ha dicho Sam Rennick qué se proponen? -preguntó Harry.
– Sam está muy al corriente de lo que se cuece entre bastidores, pero no lo veo dispuesto a tener en cuenta nada de lo que pedimos: ni el dibujo de la señora Hughes, ni la teoría del empleado que encera el suelo en el hospital, ni la llamada del asesino a su consulta. No lo quieren en el hospital hasta que el caso se haya resuelto.
– ¿Ypueden hacer eso?
– Probablemente. La reglamentación sobre hospitales tiene varias lagunas. Además, la redacción de muchos artículos se presta a equívocas interpretaciones sobre lo que se puede hacer o no con los miembros del personal. Es más que probable que esté hecho a propósito. Lo peor que puede pasar es que decidan someter a votación su continuidad, pero, créame, estamos en condiciones de jugar muchas cartas antes de que tomen esa decisión. Podemos, por ejemplo, exigir un arbitraje judicial, aunque primero tendríamos que asegurarnos de que el asunto vaya a parar a un juez que no esté predispuesto en contra nuestra. Con todo, sería mucho más práctico conseguir que cedan sin llegar a ese extremo, y conseguirlo aquí y ahora. Eso es lo que me propongo hacer.
Harry miraba absorto el paisaje a través de la ventanilla. No tenía el menor deseo de dejar el Centro Médico de Manhattan. Por lo pronto, sus pacientes constituían su sostén emocional y económico. Además, si dejaba de ejercer en el hospital, le sería mucho más difícil acosar al asesino. Desde que Walter Concepción colaboraba con ellos, habían avanzado lo bastante como para creer que, a no tardar, hallarían un medio eficaz de estrechar el círculo en torno a aquel criminal.