Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
El apartamento de Thierry está en el último piso. En realidad, es el propietario de todo el edificio: dos plantas y el apartamento del sótano. Es el piso más grande que he visto en mi vida, a pesar de lo cual a Thierry no le parece espacioso y se queja del tamaño de las habitaciones.
Cuando llegué estaba vacío. A un lado del edificio se alzaba el andamio y láminas de celofán cubrían las puertas. En la entrada un hombre con casco fumaba y me di cuenta de que no era Roux.
Entré y subí por la escalera. Desde el primer rellano percibí el ruido de las máquinas y olí el aroma dulzón y a caballo de la madera recién cortada. También oí voces…, mejor dicho, una voz, la de Thierry, por encima de los demás sonidos. Subí los últimos peldaños cubiertos de serrín y de virutas. Una lámina de celofán hacía las veces de puerta. La moví y miré hacia dentro.
Roux se había puesto mascarilla y pasaba la lijadora a las tablas del suelo. El olor a madera lo impregnaba todo. Thierry se cernía sobre él con el traje gris, un casco amarillo y esa expresión que adopta cuando Rosette se niega a usar la cuchara o escupe la comida en la mesa. Mientras miraba, Roux desconectó la lijadora y se quitó la mascarilla. Parecía cansado y no muy contento.
Thierry echó un vistazo a las tablas del suelo y ordenó:
– Aspira el polvo y pasa la pulidora. Quiero que antes de irte des, como mínimo, una mano de barniz.
– Es una broma, ¿no? Tendré que quedarme hasta la medianoche.
– Me importa un bledo -puntualizó Thierry-. No estoy dispuesto a perder un día más. Tiene que estar terminado para Nochevieja.
Franqueó la puerta, pasó a mi lado y bajó la escalera hasta el primer piso. Como me encontraba detrás de la lámina contra el polvo, no me detectó, pero yo lo vi de cerca y su expresión no me gustó nada. Era una especie de mueca de suficiencia, que no llegó a ser una sonrisa, aunque mostró demasiado los dientes. Fue como si, en lugar de repartir regalos entre los niños, este año Papá Noel hubiera decidido quedárselos. En ese instante odié a Thierry…, no solo porque le había gritado a Roux, sino porque se creía mejor que él. Se notó en la manera en que lo miró y en el modo en que se cernió sobre Roux, como alguien que se hace limpiar los zapatos; sus colores permitieron vislumbrar algo más…, algo que podría haber sido envidia o un sentimiento todavía más negativo…
Roux estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, la mascarilla colgada del cuello y la botella de agua en la mano.
– ¡Anouk! -Roux sonrió de oreja a oreja-. ¿Vianne está aquí?
Negué con la cabeza y se le cayó el alma a los pies.
– ¿Por qué no has venido? Dijiste que nos visitarías.
– He estado ocupado, eso es todo. -Levantó la cabeza y con la barbilla señaló la estancia, envuelta en celofán de construcción-. ¿Te gusta?
– Bah… -mascullé.
– Se acabaron las mudanzas. Tendrás una habitación para ti sola y estarás cerca de la escuela y de todo.
A veces me pregunto por qué los adultos dan tanta importancia a la educación cuando es evidente que los niños saben mucho más que ellos acerca de la vida. ¿Por qué complican tanto las cosas? ¿Por qué, para variar, no permiten que sean simples?
– He oído lo que Thierry te dijo. No debería hablarte así. Se considera mucho mejor que tú. ¿Por qué no lo mandas a freír espárragos?
Roux se encogió de hombros.
– Cobro un salario. Además… -Percibí el brillo de su mirada-. Además, es posible que pronto pueda desquitarme.
Me senté en el suelo, a su lado. Olía a sudor y a serrín, que le cubría los brazos y el pelo. Noté algo distinto en Roux, pero no llegué a deducir de qué se trataba. Fue una especie de expresión divertida, alegre y esperanzada que en la chocolatería no había mostrado.
– Anouk, ¿qué puedo hacer por ti?
Dile a Roux que es padre. Es lo más adecuado. Como tantas cosas, parece fácil, pero a la hora de abordar la parte práctica…
Me humedecí la yema del dedo y tracé el signo de la señora del Conejo de la Luna en el polvo depositado en el suelo. Zozie dice que es mi signo: un círculo con un conejo en el interior. Supuestamente se parece a la luna nueva; como es el signo del amor y los nuevos comienzos pensé que, puesto que se trata de mi signo, tal vez daría más resultado con Roux.
– ¿Qué te pasa? -Roux sonrió- ¿El gato se te ha comido la lengua?
Tal vez fue porque pronunció la palabra «gato» o quizá se debió a que nunca se me ha dado bien mentir, sobre todo a los que quiero. Sea como fuere, lo cierto es que solté de sopetón la pregunta que desde la charla con Zozie me ha quemado el paladar:
– ¿Sabes que eres el papá de Rosette?
Roux me traspasó con la mirada.
– ¿Qué has dicho?
Su mirada de estupefacción fue inconfundible. Por lo tanto, no lo sabía. Su expresión demostró que tampoco podía decirse que estuviera contento.
Miré la señal de la señora del Conejo de la Luna y dibujé a su lado, en el suelo harinoso, la cruz rota de Tezcatlipoca Rojo, el Mono.
– Sé lo que estás pensando. Es pequeña para tener cuatro años, se babea, se despierta por la noche y siempre ha sido lenta para ciertas cosas, como aprender a hablar y a usar la cuchara, pero es realmente divertida y tierna y si le das la oportunidad…
El rostro de Roux adquirió el color del serrín. Meneó la cabeza como si se tratase de una pesadilla de la que podía deshacerse de una sacudida.
– ¿Cuatro? -preguntó.
– Los cumple la semana que viene. -Sonreí-. Estaba segura de que no lo sabías. -Pensé que Roux jamás nos habría dejado como lo hizo si hubiese conocido la existencia de Rosette.
Le hablé de la época en la que Rosette había nacido, de la pequeña crepería de Les Laveuses, de lo grave que había estado los primeros días, de que la habíamos alimentado con un gotero, de nuestro traslado a París y de todo lo ocurrido…
– Espera un poco -pidió Roux-. ¿Vianne sabe que estás aquí? ¿Sabe que me estás contando todo esto?
Negué con la cabeza.
– Nadie lo sabe.
Roux caviló y sus colores pasaron lentamente de los azules y los verdes serenos a los rojos y los naranjas chillones; adoptó una mueca de contrariedad que no tenía nada que ver con el Roux que yo conozco.
– O sea que…, ¿en todo este tiempo Vianne no me dijo nada? ¿Tengo una hija y hasta ahora no lo supe?
Cuando se enfada se agudiza su acento del Midi y en ese momento estaba tan cabreado que parecía que hablaba en un idioma extranjero.
– Tal vez no tuvo ocasión de decírtelo.
Roux emitió una especie de gruñido colérico.
– Quizá piensa que no estoy preparado para ser padre.
Me habría gustado abrazarlo para que se sintiese mejor y decirle que lo queríamos, que todas lo queríamos, pero en ese momento estaba demasiado alterado como para hacerme caso, lo vi sin necesidad de apelar al Espejo Humeante, y de pronto pensé que tal vez había cometido un error, que tendría que haber hecho caso de los consejos de Zozie…
Súbitamente Roux se puso en pie, como si hubiese tomado una decisión, y con la bota borró la señal de Tezcatlipoca Rojo, el Mono, trazada en el polvo.
– Espero que el chiste os haya hecho gracia. Es una lástima que no durase un poco más…, al menos hasta que terminara mi trabajo en el apartamento… -Se arrancó la mascarilla que colgaba de su cuello y la arrojó contra la pared-. Dile a tu madre que se acabó y que está a salvo. Ha tomado una decisión y más le vale respetarla. Ya que estamos, dile a Le Tresset que a partir de ahora se ocupe personalmente de las reformas. Me largo.
– ¿Adónde vas?
– A casa -repuso Roux.
– ¿Qué dices? ¿Vuelves a tu barco?