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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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Ay, Roux, pensé. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy aquí por ese punto secreto que tienes justo encima de la clavícula, en el que mi frente encaja a la perfección? ¿Que no solo conozco tus predilecciones, sino cada uno de tus giros y recovecos? ¿Que en el omóplato izquierdo tienes tatuada una rata que siempre he fingido que no me gusta? ¿Que tu pelo tiene el color del pimentón y las caléndulas y que los rápidos dibujos de animales que hace Rosette me recuerdan tanto tus trabajos en madera y piedra que a menudo me duele mirarla y pensar que no te conoce…?

Besarlo empeoraría las cosas. Por eso lo besé, cubrí su cara de pequeños besos suaves, le quité la gorra, me saqué el abrigo, busqué su boca con quemante alivio…

Los primeros minutos me quedé ciega, más allá de todo pensamiento. Solo existió mi boca y lo único real fueron mis manos sobre su piel. El resto de mi persona fue imaginario y cobró vida al tocarlo, poco a poco, como la nieve que se derrite. Volvimos a besarnos en medio del vértigo, de pie en la estancia vacía que olía a aceite y a serrín y en la que las sábanas blancas se desplegaban como las velas de un barco…

Desde algún rincón de la mente fui consciente de que no era ese el plan, de que todo se complicaría hasta límites incalculables, pero no pude refrenarme. Había esperado demasiado y ahora…

Me quedé petrificada. Y ahora, ¿qué?, pensé. ¿Volveríamos a estar juntos? ¿Qué sucedería luego? ¿Así ayudaría a Anouk y a Rosette? ¿Así desterraría a las Benévolas? ¿Nuestro amor permitiría llevar comida a la mesa o aquietar el viento aunque solo fuese un día?

Vianne, habría sido mejor que hubieses continuado dormida, declaró la voz de mi madre en mi cabeza. Si este hombre te interesa, lo más aconsejable es que…

– Roux, no he venido por esto. -Hice un gran esfuerzo y lo aparté. En lugar de tratar de retenerme, Roux me observó mientras me ponía el abrigo y me acomodaba el pelo con manos temblorosas-. ¿Qué haces aquí? -pregunté impetuosamente-. ¿Por qué te quedaste en París?

– No me pediste que me fuese -repuso-. Además, quería conocer a Thierry, cerciorarme de que estás bien.

– No necesito tu ayuda. Estoy bien. Ya lo has visto en la chocolatería.

A Roux se le escapó una sonrisa.

– En ese caso, ¿qué haces aquí?

Con el paso de los años he aprendido a mentir. He mentido a Anouk y a Thierry y ahora debo mentir a Roux. Si no lo hago por él, debo hacerlo por mí misma…, pues sabía que si se despertaba otra parte de mi zona dormida, los abrazos de Thierry no solo me resultarían molestos, sino totalmente intolerables y los planes realizados durante los últimos cuatro años saldrían volando como hojitas al viento.

Lo miré.

– Te pido que te vayas. Quiero que te vayas. Esta historia no es justa contigo. Esperas algo que es imposible y no quiero volver a hacerte daño.

– No necesito ayuda -se mofó Roux-. Estoy bien.

– Roux, por favor.

– Dijiste que lo querías, pero tus palabras demuestran que no es así.

– No es tan sencillo…

– ¿Por qué? -quiso saber Roux-. ¿Por el local? ¿Te casarás con él por la chocolatería?

– Hablas como si fuera una tontería. Dime, ¿dónde estabas hace cuatro años? ¿Qué te hace pensar que puedes regresar con la expectativa de que nada ha cambiado?

– Vianne, no has cambiado tanto. -Roux estiró la mano y me acarició la cara. La electricidad estática había desaparecido y fue sustituida por un dolor sordo y enternecedor-. Si crees que ahora voy a irme…

– Roux, tengo que pensar en mis hijas, no se trata solo de mí. -Le cogí la mano y la apreté con todas mis fuerzas-. Lo de hoy solo demuestra una cosa: no puedo volver a estar a solas contigo, no confío en mí misma y no me siento segura.

– ¿La seguridad es tan importante?

– Si tuvieras hijos sabrías que sí.

Esa fue la mayor de las mentiras, pero tenía que pronunciarla. Roux debe marcharse. Si no lo hace por la suya, al menos que se vaya por mi tranquilidad de espíritu y por el bien de Anouk y de Rosette. Cuando regresé a la chocolatería, las niñas estaban arriba y Anouk ya se había metido en la habitación de Zozie y le contaba entusiasmada algo que había ocurrido en la escuela.

Para variar, me alegré de estar sola, pasé media hora en mi habitación, volví a echar las cartas de mi madre y aplaqué mis nervios agitados.

El Mago, la Torre, el Colgado, el Loco.

La Muerte. Los Enamorados. La Rueda de la Fortuna.

La Rueda de la Fortuna o el cambio. La carta muestra una rueda que gira implacablemente. Papas y pobres, plebeyos y reyes se aferran desesperadamente a los rayos y, a través del dibujo primitivo, distingo sus expresiones, las bocas abiertas, las sonrisas complacientes que se trocan en gemidos de terror cuando la rueda sigue su curso…

Miro a los Enamorados: Adán y Eva están desnudos y van de la mano. El pelo de Eva es negro y el de Adán, rojo. Aquí no hay grandes misterios. Las cartas están impresas en tres colores: amarillo, rojo y negro que, sumados al fondo blanco, componen los colores de los cuatro vientos…

¿Por qué he vuelto a tirar las cartas?

¿Qué mensaje me reservan?

Thierry telefoneó a las seis y me invitó a salir. Le dije que tenía migraña y para entonces era casi cierto; la cabeza me latía como un flemón y la idea de comer empeoró la situación. Prometí que lo vería mañana y procuré olvidarme de Roux, pero cada vez que intenté conciliar el sueño noté la caricia de sus labios en mi cara y cuando Rosette despertó y se puso a llorar, oí la dicción de Roux en el tono de mi niña y vi sombras de él en sus ojos entre grises y verdes…

5

Viernes, 14 de diciembre

Faltan diez días para Nochebuena. Quedan diez días para la gran sorpresa y lo que supuse que sería bastante simple se ha vuelto complicado.

En primer lugar, está Thierry y también Roux.

¡Anda ya, tío! ¡Qué follón!

Desde la charla del domingo con Zozie he intentado pensar qué puedo hacer. Mi primer impulso consistió en acudir directamente a Roux y contárselo todo, pero Zozie insiste en que sería un error.

En un cuento no plantearía dificultades. Bastaría con comunicar a Roux que es padre, deshacerse de Thierry, ocuparse de que todo vuelva a ser como antes y que en Nochebuena nos reunamos para celebrarlo a lo grande. Fin de la historia y trozo de pastel.

En la vida real no es tan sencillo. Zozie asegura que, en la vida real, hay hombres incapaces de afrontar la paternidad, sobre todo de una hija como Rosette… ¿Y si él no puede resistirlo? ¿Y si se avergüenza de Rosette?

Anoche apenas pegué ojo. Ver a Roux en el cementerio me llevó a preguntarme si Zozie tiene razón y Roux no quiere visitarnos. En ese caso, ¿por qué sigue trabajando para Thierry? ¿Lo sabe o no? Cavilé y reflexioné y para mí seguía sin tener sentido, razón por la cual hoy tomé una decisión y fui a visitarlo a la rue de la Croix.

Llegué a eso de las tres y media e interiormente estaba nerviosa y temblorosa. Me salté la última clase, que era de estudio, y si alguien me pregunta diré que fui a la biblioteca. De haber estado presente, Jean-Loup lo habría sabido, pero hoy también faltó por enfermedad. Tracé en mi mano la señal Uno Mono y me largué sin que se dieran cuenta.

Cogí el autobús a la place de Clichy y de allí caminé hasta la rue de la Croix, una calle ancha y tranquila que da al cementerio, con viejas casonas de estuco a un lado, semejantes a una fila de pasteles de boda, y del otro la elevada tapia de ladrillo.

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