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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Gallenne y Arganda llegaron poco después que Berelain al frente de una doble columna de lanceros ghealdanos de petos bruñidos y brillantes yelmos cónicos que se intercalaron entre los mayenienses bajo los árboles. Berelain irradió un atisbo de irritación en su efluvio, se apartó de Perrin y cabalgó hacia Gallenne. Situaron juntas sus monturas, rodilla contra rodilla, y el hombre tuerto agachó la cabeza para escuchar lo que la Principal tenía que decirle. La mujer habló en voz baja, pero Perrin sabía cuál era el tema de la conversación, al menos en parte. De vez en cuando uno de ellos lo seguía con la mirada en su ir y venir a lomos de Brioso. Arganda se plantó con su ruano en un punto y miró fijamente al sur, en dirección al campamento, quieto como una estatua pero irradiando impaciencia como el fuego irradiaba calor. Era la estampa de un soldado con el morrión, la espada y la armadura plateada, el semblante duro como la piedra, pero su olor delataba que estaba al borde del pánico. Perrin se preguntó cómo olería él. Uno no podía captar su propio olor a menos que estuviera en un sitio cerrado. No creía que oliera a pánico, sólo a miedo y a ira. Todo volvería a su cauce cuando hubiera recuperado a Faile. Todo volvería a su cauce. Atrás y adelante, de aquí para allí.

Por fin apareció Aram con un bostezador Jur Grady montado en un castrado zaino oscuro, tan oscuro que la franja blanca del hocico lo hacía parecer casi negro. Dannil y una docena de hombres de Dos Ríos, abandonadas de momento picas y alabardas a favor de sus arcos largos, cabalgaban detrás de ellos, pero no muy cerca. Grady, un tipo bajo y fornido con un rostro curtido en el que ya empezaban a marcarse arrugas a pesar de que apenas había entrado en la madurez, parecía un soñoliento granjero a pesar de la espada de empuñadura larga que llevaba a la cintura y la chaqueta negra con el alfiler de la espada de plata prendido en el cuello alto, pero había dejado atrás la granja para siempre y Dannil y los otros mantenían la distancia con él invariablemente. También lo hacían con Perrin, y se quedaron retrasados y mirando el suelo, aunque a veces lanzaban rápidas y avergonzadas miradas a él o a Berelain. Daba igual. Todo volvería a su cauce.

Aram intentó conducir a Grady hasta Perrin, pero el Asha’man sabía para qué lo habían llamado. Con un suspiro, desmontó junto a Elyas, que se puso en cuclillas en un trozo donde llegaba la luz del sol para extender un mapa en la nieve y señalar con el dedo un punto mientras indicaba distancia y dirección, describiendo con detalle el lugar adonde querían ir, un claro en una ladera que estaba casi de cara al sur, y la cresta que remataba el monte con tres cortes como tres muescas. Con la distancia y la dirección era suficiente, si tales datos eran precisos, pero cuanto mejor fuera la imagen formada en la mente de un Asha’man, más se acercaría al punto exacto.

—Aquí no hay margen para el error, muchacho. —Los ojos de Elyas parecieron brillar más con la intensidad de su mirada. Otros pensarían lo que fuera de los Asha’man, pero a él no lo intimidaban—. Hay montones de cerros y crestas en ese terreno, y el campamento principal se encuentra a poco más de un kilómetro de la otra vertiente de este monte. Habrá centinelas, grupos pequeños que acampan en sitios distintos cada noche, puede que a menos de tres kilómetros en el lado opuesto. Si nos sitúas demasiado lejos del punto, nos localizarán a buen seguro.

Grady le sostuvo la mirada sin parpadear. Después asintió y se pasó los rechonchos dedos por el cabello al tiempo que inhalaba profundamente. Parecía tan cauteloso como Elyas. Y tan agotado como el propio Perrin.

—¿Estás suficientemente descansado? —le preguntó Perrin. Los hombres cansados cometían errores, y los errores con el Poder Único podían resultar mortales—. ¿Mando venir a Neald?

Grady alzó los ojos adormilados hacia él y después denegó con la cabeza.

—Fager no está más descansado que yo. Quizá menos aún. Soy más fuerte que él, un poco. Es mejor que lo haga yo.

Se volvió de cara al norte y, sin previo aviso, una línea vertical azul plateada apareció junto a la piedra marcada de huellas. Annoura retiró bruscamente su yegua a la par que soltaba una exclamación ahogada cuando la línea luminosa se ensanchó hasta convertirse en un acceso, un agujero en el aire que mostraba un claro alumbrado por la luz del sol en un terreno empinado, entre árboles mucho más pequeños que los que rodeaban a Perrin y a los otros. El pino ya partido se estremeció al perder otra fina loncha, crujió, y el tramo restante se desplomó al suelo con un golpe que en parte amortiguó la nieve y que hizo que los caballos recularan y resoplaran. Annoura lanzó una mirada furibunda al Asha’man y su semblante se tornó severo, pero Grady se limitó a parpadear.

—¿Te parece que ése es el sitio correcto? —preguntó a Elyas, que simplemente asintió con la cabeza tras encajarse mejor el sombrero.

Ese gesto de asentimiento era todo cuanto Perrin estaba esperando. Agachó la cabeza y condujo a Brioso a través del acceso hacia una capa de nieve que llegaba al pardo por encima de las cernejas. Era un pequeño claro, pero el cielo con nubes blancas en lo alto lo hacía parecer muy abierto en contraste con el bosque dejado atrás. La luz casi resultaba cegadora en comparación, aunque el sol seguía escondido tras la cresta cubierta de árboles que se alzaba sobre el claro. El campamento Shaido se encontraba al otro lado de esa cresta. Perrin contempló fijamente la cumbre, anhelante. Tuvo que hacer un inmenso esfuerzo para quedarse donde estaba en lugar de salir a galope en busca de Faile. Se obligó a hacer dar media vuelta a Brioso, de cara al acceso, en el momento en que Marline lo cruzaba.

Todavía estudiándolo, sin apenas apartar los ojos de él el tiempo suficiente para caminar por la nieve sin tropezar, la mujer se hizo a un lado y dejó que Aram y los hombres de Dos Ríos pasaran a caballo. Acostumbrados al Viaje ya que no a los Asha’man, ni siquiera inclinaron la cabeza para esquivar la parte superior de la abertura, a excepción del más alto de ellos. De repente Perrin cayó en la cuenta de que el acceso era más grande que el primero hecho por Grady. En aquél había tenido que desmontar para pasar a través de él. Fue una idea vaga, tan irrelevante como el zumbido de una mosca. Aram se dirigió directamente hacia Perrin, tenso el semblante y oliendo a impaciencia y ansiedad por seguir adelante. Una vez que Dannil y los otros se hubieron apartado del acceso, desmontaron y encajaron tranquilamente las flechas en los arcos mientras escrutaban los árboles del entorno. A continuación apareció Gallenne, que oteó con gesto sombrío la fronda del entorno como si esperase que un enemigo saliera repentinamente de ella; tras él salió en tropel media docena de mayenienses, los cuales tuvieron que inclinar las lanzas ornamentadas con cintas rojas.

Hubo una larga pausa en la que el acceso permaneció vacío; pero, justo en el momento en que Perrin decidía regresar para ver qué retenía a Elyas, el hombre barbudo apareció conduciendo su montura, con Arganda y seis ghealdanos pisándole los talones; en sus rostros había grabado un profundo descontento. Los relucientes petos y yelmos no se veían por ningún sitio, y por su ceño habríase dicho que les habían hecho quitarse los pantalones.

Perrin asintió para sus adentros. Por supuesto. El campamento Shaido se encontraba al otro lado del monte, al igual que el sol. Las brillantes armaduras habrían sido como espejos. Tendría que haber pensado en ello. Aún dejaba que el miedo lo empujara a la impaciencia y le impidiera pensar con claridad. Debía tener la mente despejada, ahora más que nunca. Cualquier detalle que pasara por alto en ese momento podía matarlo y dejar a Faile en manos de los Shaido. Sin embargo, era más fácil decir que tenía que dejar a un lado el miedo que hacerlo. ¿Cómo no tener miedo por Faile? Tenía que controlarlo, pero ¿cómo?

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