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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Las dos Doncellas dieron media vuelta y empezaron a subir hacia la cresta; Perrin se apresuró a ir tras ellas, olvidándose de todos los demás. A corta distancia de la cima, se agacharon para después ponerse a gatas y él las imitó, y se arrastraron los últimos metros sobre la nieve; en lo alto del monte escudriñó más allá de un árbol que coronaba la cima. Allí acababa el bosque, que daba paso a arbustos dispersos y retoños de árbol aislados, ladera abajo. Estaba a bastante altura para ver varias leguas de terreno montuoso y lomas peladas de árboles hasta un punto donde la oscura banda del bosque comenzaba otra vez. Podía ver todo lo que quería ver y mucho menos de lo que necesitaba.

Había intentado imaginarse el campamento Shaido por la descripción de Elyas, pero la realidad superaba con creces lo imaginado. A poco menos de un kilómetro más abajo se divisaba un cúmulo de tiendas Aiel y de cualquier otra clase, y montones de carretas, carros, gente y caballos. Se extendía sus casi dos buenos kilómetros en todas direcciones desde las paredes de piedra gris de una ciudad hasta mitad de camino a la siguiente elevación. Sabía que al otro lado debía de ser igual. No era una ciudad grande, como Caemlyn o Tar Valon —unos trescientos metros a lo largo del lado que alcanzaba a ver y más estrecha en los otros, aparentemente—, pero aun así era una ciudad con altas murallas y torres y lo que parecía una fortaleza en el extremo más septentrional. Con todo, el campamento Shaido la engullía entera. Faile se encontraba en alguna parte de aquel enorme mar de gente.

Sacó a tientas el visor de lentes de su bolsillo y en el último momento recordó proteger el extremo del tubo con la mano. El sol era un orbe dorado casi encima de él, poco más o menos a medio camino de su cenit. Un reflejo casual de las lentes podía echarlo todo a perder. Grupos de gente parecieron aproximarse de golpe en el visor, claros los rasgos, al menos a su vista. Mujeres de cabello largo con oscuros chales sobre los hombros, adornadas con docenas de collares; otras con menos collares ordeñando cabras; otras vestidas con cadin’sor, a veces llevando lanzas y cubos; otras atisbando desde las profundas capuchas de las gruesas vestimentas blancas mientras avanzaban presurosas por la nieve, casi convertida en barro al pisotearla. Había hombres y niños también, pero su mirada pasó rápidamente sobre ellos, anhelante, sin prestarles atención. Miles y miles de mujeres, contando sólo las que vestían de blanco.

—Demasiadas —susurró Marline, y Perrin bajó el visor para asestarle una mirada furiosa.

Los demás se habían reunido con las Doncellas y con él, todos tumbados en una fila sobre la nieve a lo largo del borde de la cresta. Los hombres de Dos Ríos se esforzaban para evitar que las cuerdas de los arcos tocaran la nieve sin levantar los arcos por encima de la línea de la cresta. Arganda y Gallenne usaban sus propios visores para estudiar el campamento allá abajo, y Grady observaba atentamente ladera abajo con la barbilla apoyada en las manos, tan concentrado como los dos soldados. Quizás estaba utilizando el Poder de algún modo. Asimismo, Marline y Annoura observaban fijamente el campamento, la Aes Sedai lamiéndose los labios y la Sabia fruncido el entrecejo. Perrin no creía que Marline hubiese tenido intención de hablar en voz alta.

—Si crees que me voy a retirar sólo porque haya más Shaido de lo que esperaba —empezó acaloradamente, pero ella lo atajó sosteniendo su mirada furibunda con otra impasible.

—Hay demasiadas Sabias, Perrin Aybara. Allí donde mire veo a una mujer encauzando. Sólo un momento aquí, otro momento allí, ya que las Sabias no encauzan todo el tiempo, pero están doquiera que mire. Demasiadas para que sean las Sabias de diez septiares.

Perrin inhaló hondo.

—¿Cuántas crees que hay? —preguntó.

—Creo que quizá todas las Sabias Shaido están ahí abajo —repuso Marline, tan tranquila como si estuviese hablando del precio de la cebada—. Todas las que pueden encauzar.

¿Todas ellas? ¡Eso no tenía sentido! ¿Cómo podían estar agrupadas todas allí, cuando parecía que los Shaido se encontraban dispersos por todas partes? Al menos, había oído historias de lo que tenían que ser ataques Shaido por todo Ghealdan y Amadicia, historias de asaltos y saqueos allí, en Altara, mucho antes de que raptaran a Faile y rumores de lugares aún más lejanos. ¿Por qué iban a estar todas juntas? Si los Shaido se proponían reunirse allí, el clan al completo… No, tenía que limitarse a lo que eran hechos probados. Y era más que de sobra.

—¿Cuántas? —preguntó de nuevo en un tono razonable.

—No me gruñas, Perrin Aybara. No sé exactamente cuántas Sabias Shaido siguen con vida. Hasta las Sabias mueren de enfermedades, mordeduras de serpientes, accidentes. Algunas perecieron en los pozos de Dumai. Encontramos cadáveres que dejaron abandonados, y debieron llevarse todos los que pudieron para darles sepultura adecuadamente. Ni siquiera los Shaido pueden haber abandonado todas las costumbres. Si todas las que siguen vivas se encuentran ahí abajo, así como las aprendizas que pueden encauzar, entonces calculo que unas cuatrocientas. Quizá más, pero sin llegar a las quinientas. Eran menos de quinientas las Sabias Shaido que encauzaban antes de que cruzáramos la Pared del Dragón, y tal vez unas cincuenta aprendizas. —La mayoría de los granjeros habrían mostrado más emoción hablando de la cebada.

Todavía observando el campamento Shaido, Annoura emitió un sonido ahogado, casi un sollozo.

—¿Quinientas? ¡Luz! ¿La mitad de la Torre con un único clan? ¡Oh, Luz!

—Podemos colarnos a hurtadillas por la noche —murmuró Dannil, al final de la hilera de hombres—, como hicisteis en el campamento de los Capas Blancas, allá en casa.

Elyas soltó un gruñido que podría significar cualquier cosa pero que no sonaba esperanzado. Sulin resopló con desdén.

—Nosotras no hemos podido entrar a hurtadillas en ese campamento. No sin tener una posibilidad real de salir de él. Os tendrían atados como a una cabra para el asador antes de que hubieseis pasado las primeras tiendas.

Perrin asintió lentamente. Había pensado introducirse al abrigo de la oscuridad y escamotear a Faile de algún modo. Y a las otras, claro. Ella no se marcharía sin las demás. Sin embargo, nunca había creído realmente que daría resultado; no con los Aiel, y el tamaño del campamento había apagado el último rayo de esperanza. Podría deambular durante días entre tanta gente sin encontrarla.

De repente se dio cuenta de que ya no tenía que reprimir la desesperación. La ira seguía allí, pero ahora era tan fría como acero en invierno y no detectaba ni el menor asomo de la desesperanza que antes había amenazado con ahogarlo. Había diez mil algai’d’siswai en el campamento y quinientas mujeres que encauzaban —Gallenne sí que sabía; prepárate para lo peor y todas las sorpresas serán agradables—, quinientas mujeres que no vacilarían en utilizar el Poder como arma, y localizar a Faile era como encontrar un copo en una pradera cubierta de nieve. Pero, cuando se acumulaban tantas cosas, simplemente no tenía sentido desesperarse. Había que tomarse las cosas en serio y aguantar, o uno se hundía bajo el peso. Además, ahora podía ver el rompecabezas. Nat Torfinn había insistido siempre en que cualquier rompecabezas se podía resolver una vez que se descubría dónde empujar y de dónde tirar.

Hacia el norte y hacia el sur se había desbrozado la tierra un trecho mayor más allá de la ciudad que del lado de la elevación donde se encontraba él. Granjas desperdigadas, de las que no salía humo de la chimenea, salpicaban el paisaje, y las cercas delimitaban los campos cubiertos de nieve, pero hasta un puñado de hombres intentando acercarse desde cualquier dirección destacaría tanto que daría lo mismo si se anunciaban con toques de trompeta, ondeaban banderas y llevaban encendidas antorchas. Parecía haber una calzada que conducía, más o menos, hacia el sur a través de las granjas, y otra hacia el norte. Probablemente no le serviría de nada, pero nunca se sabía. Quizá Jondyn traería alguna información sobre la ciudad, aunque no se le ocurría de qué podía servir eso encontrándose la población en medio del campamento Shaido. Gaul y las Doncellas, que circunvalaban el perímetro, podrían decirle lo que había al otro lado de la siguiente cumbre. La ensillada en aquella elevación tenía el aspecto de una calzada que iba hacia el este. Curiosamente, había un grupo de molinos de viento a poco más de un kilómetro al norte de la ensillada, con las largas aspas blancas girando lentamente, y parecía haber otros en lo alto del monte que había a continuación. Una hilera de arcos, como los de un largo y estrecho puente, se extendía ladera abajo desde los molinos más cercanos hasta las murallas de la ciudad.

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