Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
De pronto ella tosió. Volvió a toser. Y entonces jadeó, intentando tomar aliento.
– Así -dijo Andrew, dándole fuertes palmadas entre los omóplatos. Tras varias toses ahogadas más, sus párpados revolotearon hasta abrirse del todo y lo miró con una expresión confusa. Pestañeó y levantó una temblorosa mano mojada a su mejilla.
– Andrew.
Aquel ronco susurro fue el sonido más hermoso que él había oído en su vida.
– Estoy aquí, Catherine.
– Estabas herido. Pero estás bien.
Sin duda no lo estaba. En una décima de segundo había estado a punto de perder todo lo que le importaba en la vida.
El temor asomó a los ojos de Catherine, que se encogió en sus brazos.
– Hay un hombre, Andrew. Me cogió, y debe de haberte herido.
– Lo sé. Es…
La mirada de Andrew quedó congelada en el lugar vacío donde había visto por última vez al agresor deslizarse al suelo contra el murete de roca. En su desesperado intento por salvar a Catherine se había olvidado por un instante del bastardo. Era evidente que sólo lo había aturdido. Rápidamente barrió la zona con la mirada, pero no vio nada.
– Se ha ido. -Sujetando bien a Catherine contra su pecho, vadeó hasta el borde del manantial y la dejó con sumo cuidado en el suave bordillo de roca. Catherine ya se había puesto de pie cuando Andrew salió del agua.
– ¿Puedes andar? -preguntó Andrew, alternando su vigilante mirada entre el rostro de ella y las inmediaciones.
– Sí.
Sacó el cuchillo que llevaba en la bota, maldiciéndose por no habérselo clavado al bastardo cuando había tenido ocasión, pero todos sus pensamientos se habían concentrado en llegar a Catherine antes de que fuera demasiado tarde. Y a punto había estado de serlo.
– Le he herido -le susurró Andrew al oído-, aunque obviamente no lo suficiente. Espero que esté por ahí lamiéndose las heridas y que no vuelva a intentarlo esta noche, pero no puedo estar seguro de ello. Volveremos lo más deprisa y lo más silenciosamente posible a casa. No me sueltes la mano.
Catherine asintió. Con el cuchillo en una mano y agarrando con firmeza la mano mojada de Catherine con la otra, echaron a andar por el oscuro sendero. Veinte minutos más tarde, llegaron a la casa sin sufrir ningún otro incidente.
Tras cerrar con llave la puerta al entrar, Andrew encendió una lámpara de aceite y se tomó un momento para examinar el bulto que Catherine tenía en la cabeza. Catherine se estremeció cuando los dedos de él palparon el punto sensible de la herida, pero enseguida le tranquilizó.
– Estoy bien.
– De acuerdo. Quiero registrar y asegurar bien la casa. -Encendió otra lámpara y se la dio a ella-. No te apartes de mi lado. -No estaba dispuesto a perderla de vista.
– Quiero ir a ver si Spencer está bien -dijo Catherine con los ojos colmados de angustia.
– Bien, eso es lo primero -concedió Andrew, empezando a subir las escaleras.
Después de asegurarse de que Spencer estaba a salvo, susurró:
– Quédate aquí con él. Quiero echar un vistazo al resto de habitaciones. Cierra la puerta con llave cuando yo salga y sólo ábreme a mí. -Sacó entonces el cuchillo-. Coge esto.
Catherine abrió los ojos como platos y tragó saliva audiblemente. Pero aceptó el arma con expresión decidida en su mirada.
– Ten cuidado -susurró.
Andrew asintió y luego salió de la habitación. En cuanto oyó el chasquido de la puerta al cerrarse a su espalda, se dirigió a su habitación. Cuando se hubo asegurado de que nadie acechaba en su dormitorio, sacó la pistola y otro cuchillo de la funda de cuero que guardaba en el fondo del armario.
– Ahora estoy preparado para enfrentarme a ti, maldito. -Docenas de preguntas zumbaban en su cabeza, la más persistente de las cuales era «¿Por qué?», aunque las respuestas tendrían que esperar.
Se metió el cuchillo en la bota, cogió la lámpara de aceite con una mano, acomodó el reconfortante peso de su pistola en la otra, y salió a registrar y a asegurar la casa.
Catherine se quedó en la habitación de Spencer, agarrada al cuchillo, aguzando el oído ante cualquier sonido extraño y sin apartar la mirada en ningún momento del rostro de su hijo, que quedaba suavemente iluminado por la lámpara de aceite que había colocado en su escritorio. La ropa mojada se le pegaba al cuerpo como una incómoda segunda piel, y apretó los labios con fuerza para impedir que le castañetearan los dientes. No estaba segura de si los escalofríos que la recorrían eran más el resultado de estar aterida o de la conmoción provocada por el susto de esa noche.
Spencer se movió en la cama, soltó un pequeño suspiro, volvió a relajarse y Catherine cerró con fuerza los ojos. Había creído que el peligro había pasado, estaba convencida de que el disparo del que había sido víctima en Londres fue un accidente fortuito, en absoluto relacionado con la Guía ni con Charles Brightmore, pero obviamente se equivocaba. Dios santo, ¿qué había hecho? La culpa y la autorrecriminación le ataron un nudo corredizo al cuello, estrangulándola. Andrew podía fácilmente haber sido asesinado. Ella podría haberse ahogado. Y sólo Dios sabía qué clase de amenaza habían forjado sus actos sobre su familia.
Mantuvo su silenciosa vigilia mientras el corazón se le aceleraba con cada crujido de la casa, rezando por la seguridad de Andrew. Cuando por fin oyó que llamaban con suavidad a la puerta, las rodillas le temblaron de puro alivio.
– Catherine, soy yo -se oyó la voz queda de Andrew desde el pasillo.
Sosteniendo en alto la lámpara de aceite, abrió la puerta, totalmente convencida de no haberse sentido más aliviada de ver a alguien en toda su vida. Andrew le indicó que se uniera a él en el pasillo. En cuanto lo hizo, cerró con cuidado la puerta de la habitación de Spencer, luego la llevó en silencio directamente a la habitación de Catherine. Cuando la puerta se cerró tras ellos y se vieron al amparo de la intimidad, Andrew dejó las lámparas de ambos sobre la repisa de mármol que coronaba la chimenea y la estrechó entre sus brazos.
Catherine deslizó sus brazos alrededor de la cintura de él y apoyó la cabeza sobre su pecho, absorbiendo los intensos y acelerados latidos de su corazón contra su mejilla.
– La casa no corre peligro -dijo Andrew con suavidad, cálidas palabras contra las sienes de ella-. Está libre de intrusos. He cerrado bien todas las puertas y ventanas. He despertado a Milton, le he informado de lo ocurrido y le he dado instrucciones de que informe a su vez al resto del servicio por la mañana. -Se inclinó hacia atrás y con el dedo alzó la barbilla de Catherine-. Sé quién ha hecho esto, Catherine. Le he visto. Le he reconocido. Y te juro que lo encontraré.
– ¿Quién es?
– Un hombre llamado Sydney Carmichael.
Catherine frunció el ceño.
– Estuvo presente en la fiesta de cumpleaños de mi padre y en la velada celebrada por el duque.
– Sí. Es, o mejor dicho, era uno de los potenciales inversores del museo. Hablé ayer mismo con él en Londres. -Un profundo ceño le arrugó la frente-. A pesar de la oscuridad, sé que era él. Lo que no entiendo es por qué haría algo así. Ni siquiera había donado fondos para el museo, de modo que no puede lamentar la pérdida de una sola libra.
A Catherine el estómago le dio un vuelco. Lamentaba tener que decírselo, pero no tenía elección. Inspiró hondo y dijo:
– Temo que yo sí sé por qué, Andrew.
La mirada de él se aguzó, pero en vez de exigir una explicación inmediata, dijo:
– Estoy ansioso por saber lo que piensas, pero antes tenemos que ponerte ropa seca para que no enfermes. Date la vuelta.
Por primera vez, Catherine reparó en que él se había cambiado de ropa y se había puesto una camisa de lino y unos pantalones limpios. Se volvió y sintió cómo él le desabrochaba hábilmente la fila de botones de la espalda del vestido. Después de que él la ayudara a quitarse el vestido y la ropa interior mojados, Catherine se hizo con un camisón, un salto de cama y unas zapatillas. Mientras Andrew colocaba su ropa mojada en el respaldo de un sillón de orejas y avivaba el fuego, que para entonces apenas ardía en la chimenea, ella se vistió rápidamente.