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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Andrew volvió la cabeza para depositar un fervoroso beso en la palma de su mano.

– Tengo la cabeza muy dura. Y es evidente que también Carmichael. Creía que había terminado con él.

– Carmichael -repitió ella, frunciendo el ceño-. ¿Acaso no es él el hombre que identificó a la persona que me disparó?

– Sí. Una pequeña coincidencia. Y no creo demasiado en las coincidencias. A juzgar por cómo nos ha atacado esta noche, estoy seguro de que Carmichael tiene algo que ver con el disparo. A fin de desviar las sospechas que pudieran apuntar hacia él, afirmó ser testigo e identificó a otra persona como el autor del disparo. El hombre que fue arrestado no ha dejado de clamar su inocencia.

Catherine sintió un escalofrío. Se apartó de Andrew y se envolvió entre sus propios brazos.

– No puedo creer que la Guía, por muy escandalosa que sea, lleve a nadie al asesinato. Me has salvado la vida.

– No sabes cuánto me alivia saber que haya salido así. Podría perfectamente habernos matado a los dos.

– ¿A qué te refieres?

– Si el agua del manantial hubiera sido un poco más profunda, me temo que las cosas no habrían salido tan bien. Yo… no sé nadar.

Catherine le miró fijamente.

– ¿Cómo dices?

– Que no sé nadar. No sé dar una sola brazada. Spencer se ofreció a enseñarme. Durante una lección, invertimos casi todo el tiempo en convencerme simplemente para que me quedara de pie en el agua. -Guardó silencio durante unos segundos y luego añadió en voz baja-: Mi padre murió ahogado. Siempre me ha dado miedo el agua.

La zona que rodeaba el corazón de Catherine se contrajo para volver a expandirse.

– Aún así, no dudaste en ningún momento en tirarte al agua para salvarme.

Andrew tendió los brazos y la cogió con suavidad de los hombros.

– Mi querida Catherine, ¿acaso todavía no te has dado cuenta de que por ti sería capaz de caminar sobre el fuego?

Se le inflamó la garganta. Sí, claro que sí. Estaba todo ahí, en sus ojos, las emociones de Andrew desnudas para que ella pudiera verlas. Emociones para las que no estaba preparada. Emociones que la asustaban. Que la aterraban.

– Yo no… no sé qué decir -murmuró.

– No tienes que decir nada. Sólo escucha. -Y tomándola de la mano fueron hasta el sofá, donde se sentó e hizo que ella se sentara a su lado-. Tengo algo que decirte, Catherine. Algo que llevo viviendo en agónico silencio, pero que, después de haber estado a punto de perderte esta noche, ya no puedo callar más.

Catherine se quedó paralizada. Dios santo, ¿acaso iba a decirle que la amaba? O peor aún, ¿pedirle que se casara con él?

– Andrew, yo…

– Es sobre mi pasado.

Catherine parpadeó.

– Ah.

Un músculo palpitó en la mandíbula de Andrew y sus ojos, normalmente firmes, reflejaron tal tormento y tal dolor que a Catherine se le encogió el corazón de pura compasión.

– Sin duda, lo que deseas decirme te resulta muy difícil, Andrew. -Puso la mano sobre la de él en lo que esperó fuera un gesto tranquilizador-. Por favor, no te aflijas. No tienes por qué contármelo.

La mirada de Andrew se posó en la mano de ella que estaba sobre la suya. Tras varios segundos, sacudió la cabeza y se levantó para quedarse de pie delante de ella.

– Desearía de todo corazón que no fuera necesario, pero tienes derecho a saberlo. Necesito que lo sepas.

Pareció darse ánimos antes de seguir y a continuación la miró directamente a los ojos.

– Cuando, hace once años, me fui de Norteamérica, lo hice porque había cometido un crimen. Me escapé del país para evitar que me colgaran.

– ¿Qué te colgaran? -repitió Catherine débilmente-. ¿Qué habías hecho?

La mirada de Andrew no titubeó.

– Maté a un hombre.

Si Catherine no hubiera oído las palabras de su boca, habría sospechado que padecía del oído. Se humedeció los labios repentinamente secos.

– ¿Fue un accidente?

– No. Le disparé deliberadamente.

– Pero ¿por qué? ¿Por qué harías algo así?

– Porque mató a mi esposa.

Capítulo 19

La mujer moderna actual debe estar preparada para enfrentarse a lo inesperado. A veces puede resultar encantador, como un regalo sorpresa de su amante, en cuyo caso un beso de agradecimiento es apropiado, lo que, a su vez, puede llevar a más cosas deliciosamente inesperadas. Sin embargo, en ocasiones, lo inesperado resulta absolutamente desagradable, en este caso la reacción más sabia es decir lo menos posible y a continuación liberarse rápidamente de la situación.

Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima

CHARLES BRIGHTMORE

Andrew vio cómo el color abandonaba el rostro de Catherine al tiempo que ella le miraba con los ojos como platos y presa de un enmudecido estado de conmoción. Los recuerdos que durante años había luchado denodadamente por mantener enterrados rugían hacia la superficie. Ahora que había empezado, y no había vuelta atrás, estaba desesperado por terminar.

Deseaba mirarla, pero simplemente no podía quedarse quieto. Caminando de un lado a otro delante de ella, dijo:

– Mi padre era el jefe de establos de Charles Northrip, un hombre muy acaudalado e influyente. Mi padre y yo vivíamos en las habitaciones situadas encima de los establos, y yo me crié en la propiedad. Me encantaba aquello. Me encantaba estar con los caballos. Cuando tenía dieciséis años, mi padre murió y el señor Northrip me nombró jefe de establos.

Guardó silencio durante unos segundos y miró a Catherine, que estaba sentada con la espalda tiesa en el sofá y que le miraba desde sus ojos solemnes. El único sonido que llenaba la estancia era el crepitar de las llamas y el tictac del reloj situado sobre la repisa de la chimenea. Tras empezar de nuevo a caminar por la habitación, Andrew prosiguió:

– El señor Northrip tenía una hija única llamada Emily, cuatro años menor que yo. Ya te hablé de ella cuando preparamos el helado de fresa.

– Sí, lo recuerdo.

– Emily era dolorosamente tímida, extraña, torpe y muy callada, cualidades que empeoraban la exigente personalidad de sus padres. Los Northrip estaban desesperados ante el carácter reservado de su hija. Emily se encontraba mucho más cómoda con los caballos que con la gente, y consecuentemente pasaba mucho tiempo en los establos. Siempre que su padre la encontraba en uno de los establos o en el pajar, se quejaba de que no sabía qué hacer con ella. ¿Cómo podían su esposa y él, dos personas amigables y sociables, haber tenido una hija tan insociable que prefería los animales a la gente? El señor Northrip decía esas cosas como si ella fuera sorda y yo me daba cuenta de lo mucho que sus palabras herían a Emily. Con el paso de los años, entre Emily, mi padre y yo floreció una buena amistad.

Andrew sintió que le embargaban recuerdos que no se había permitido resucitar durante años.

– Nunca olvidaré la noche en que murió mi padre. Yo estaba de pie en los establos, mirando su silla vacía. Me sentí… vacío. Y muy solo. Lo siguiente que recuerdo es que tenía a Emily a mi lado. Deslizó su pequeña mano de niña de doce años en la mía y me dijo que no me preocupara. Que no estaba solo porque ella era mi amiga, y que sería mi mejor amiga, si yo quería. -La nostalgia le cerró la garganta-. Le dije que me gustaría mucho. Y, durante los siete años siguientes, el vínculo que formamos ese día fue fortaleciéndose. Realmente éramos el mejor amigo del otro.

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