Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
—¿Qué importa cuántos son? —demandó Aram—. Cuando los trollocs atacaron Dos Ríos eran millares, decenas de millares, pero los matamos de todas formas. Los Shaido no pueden ser peores que los trollocs.
Perrin parpadeó, sorprendido de encontrar al joven detrás de él, por no mencionar a Berelain, Gallenne y las Aes Sedai. En su precipitación por llegar hasta Elyas había olvidado todo lo demás. Visibles vagamente entre los árboles, los hombres que Arganda había llevado para enfrentarse a Masema seguían más o menos alineados en dos hileras, pero la escolta de Berelain había formado un amplio anillo centrado en Elyas y mirando hacia el exterior. Las Sabias se encontraban fuera del círculo escuchando el informe de Elienda con semblantes graves. La Doncella hablaba en quedos murmullos y de vez en cuando sacudía la cabeza. Su opinión sobre la situación no era más optimista que la de Elyas. Perrin se dio cuenta de que debía de haber perdido el cesto en su alocada carrera, ya que ahora colgaba de la silla de Berelain. En el rostro de la Principal había una expresión de… ¿podía ser compasión? ¡Así la Luz lo abrasara, estaba demasiado cansado para razonar con claridad! Su siguiente error podía ser el último; para Faile.
—Según tengo entendido, gitano —adujo en tono comedido Elyas—, fueron los trollocs los que arremetieron contra vosotros en Dos Ríos y os las arreglasteis para cogerlos en una maniobra de pinza. ¿Tienes algún fabuloso plan para coger a los Shaido en otra pinza?
Aram le asestó una mirada furibunda y resentida. Elyas lo había conocido antes de que asiera una espada y a Aram no le gustaba que le recordaran aquellos tiempos, a pesar de sus ropas chillonas.
—Sean diez septiares o cincuenta —gruñó Arganda—, tiene que haber algún modo de liberar a la reina. Y a las demás también, por supuesto. Y a las demás. —Su semblante endurecido mostraba un ceño de cólera, pero sin embargo olía a desesperación, a zorro dispuesto a cortarse la pata de un mordisco para escapar del cepo—. ¿Aceptarían…? ¿Aceptarían un rescate? —El ghealdano miró en derredor hasta que localizó a Marline, que se acercaba cruzando entre la Guardia Alada. La Sabia se las ingeniaba para caminar a un paso regular y firme a pesar de la nieve, sin el menor tambaleo. Ni a las otras Sabias ni a Elienda se las veía ya entre los árboles—. ¿Esos Shaido aceptarían un rescate… Sabia? —El título sonó como una ocurrencia de último momento. Ya no creía que los Aiel que iban con ellos tuvieran que ver con el rapto, pero sus prejuicios contra los Aiel seguían presentes.
—No lo sé. —Marline no pareció advertir su tono. Con los brazos cruzados sobre el pecho, miraba a Perrin en lugar de a Arganda. Era una de esas miradas con las que una mujer sopesaba y medía a un hombre hasta ser capaz de cortarle y hacerle un traje completo o decirle cuándo era la última vez que se había cambiado de ropa interior. Lo habría hecho sentirse incómodo otrora, cuando tenía tiempo para esas cosas. No había ofrecimiento de consejo en su tono cuando volvió a hablar, sino una mera exposición de hechos. Incluso era posible que fuera su propósito—. Vuestra práctica en las tierras húmedas de pagar rescate va contra nuestras costumbres. Los gai’shain se pueden regalar o cambiar por otros gai’shain, pero no son animales para ponerlos en venta. Sin embargo, al parecer los Shaido ya no siguen el ji’e’toh. Hacen gai’shain a gentes de las tierras húmedas y lo toman todo en lugar de sólo el quinto. Tal vez pongan un precio.
—Mis joyas están a tu disposición, Perrin —intervino Berelain con voz serena y gesto firme—. Si es preciso, Grady o Neald pueden traer más de Mayene. Y también oro.
Gallenne carraspeó.
—Los altaraneses están acostumbrados a los maleantes, milady, nobles vecinos y bandidos por igual —dijo lentamente mientras sacudía las riendas sobre la palma de la mano. Aunque reacio a llevar la contraria a Berelain, saltaba a la vista que estaba decidido a hacerlo—. No existe ley en esta zona tan lejana de Ebou Dar, excepto la impuesta por el señor o la señora del lugar. Nobles o plebeyos, están acostumbrados a pagar a cualquiera que no puedan combatir, y enseguida distinguen cuándo es posible y cuándo no. Es del todo ilógico que ninguno de ellos haya intentado comprar su seguridad, y no obstante sólo hemos visto un rastro de ruinas por donde han pasado los Shaido, sólo hemos oído hablar de pillaje sin freno. Es posible que acepten una oferta de rescate, e incluso que lo tomen, pero ¿se puede confiar en que den algo a cambio? El solo hecho de hacer la oferta nos privaría de nuestra única y verdadera ventaja, que es el hecho de que ignoran que nos encontramos aquí. —Annoura sacudió levemente la cabeza; fue un gesto mínimo, pero Gallenne lo vio y frunció el ceño—. ¿Discrepáis, Annoura Sedai? —preguntó con cortesía. Y con un dejo de sorpresa. A veces la Gris era incluso tímida, especialmente para ser una hermana, pero nunca vacilaba en expresar su opinión cuando estaba en desacuerdo con un consejo dado a Berelain.
Sin embargo, en esta ocasión Annoura vaciló y lo disimuló ajustándose la capa y arreglando los pliegues de la tela con cuidado; las Aes Sedai podían aislarse del frío o del calor cuando querían, sin que las afectara la temperatura cuando todo el mundo a su alrededor estaría empapado en sudor o esforzándose para que los dientes no le castañetearan. Una Aes Sedai que prestara atención a la temperatura es que estaba ganando tiempo para pensar, por lo general el modo de ocultar lo que pensaba. Tras lanzar una mirada algo ceñuda a Marline, llegó por fin a una decisión y el leve frunce del entrecejo desapareció.
—La negociación siempre es mejor que luchar —manifestó fríamente con su acento tarabonés—, y en una negociación la confianza siempre es cuestión de medidas de precaución, ¿verdad? Tenemos que considerar con cuidado qué precauciones hemos de tomar. También está el tema de quién se pondría en contacto con ellos. Es posible que las Sabias ya no sean sacrosantas, puesto que tomaron parte en la batalla de los pozos de Dumai. Una hermana, o un grupo de hermanas, podría ser mejor, pero aun así habría que planearlo con cuidado. Yo estoy dispuesta a…
—Nada de rescate —la interrumpió Perrin, y cuando todo el mundo lo miró, casi con consternación, y con semblante indescifrable Annoura, repitió con más dureza—. Nada de rescate. —No pagaría a esos Shaido por haber hecho sufrir a Faile. Estaría asustada, y tendrían que pagar por eso, no sacar beneficio de ello. Además, Gallenne tenía razón. Nada de lo que había visto en Altara o Amadicia o antes incluso, en Cairhien, apuntaba siquiera que pudiera confiarse en que los Shaido cumplieran cualquier trato. Sería tanto como fiarse de unas ratas en graneros o de las larvas de orugas en los cultivos—. Elyas, quiero ver su campamento. —Siendo niño había conocido a un hombre ciego, Nar Torfinn, con su rostro arrugado y su ralo cabello blanco, que era capaz de desmontar cualquier rompecabezas de herrero al tacto. Durante años Perrin había intentado repetir semejante hazaña, sin éxito. Él tenía que ver cómo encajaban las piezas antes de encontrarle sentido—. Aram, ve a buscar a Grady y dile que se reúna conmigo lo antes posible, en la zona de Viaje. —Así era como llamaban al lugar donde llegaban al final de cada salto y partían para el siguiente. Era más fácil para los Asha’man crear un acceso en un sitio que el tejido del anterior había tocado ya.
Aram asintió con un enérgico cabeceo, hizo volver grupas a su caballo gris y partió veloz hacia el campamento, pero Perrin vio reflejarse argumentos, preguntas y cuestiones en los rostros que lo rodeaban. Marline seguía observándolo, como si de pronto no estuviera muy segura de qué era, y Gallenne contemplaba ceñudo las riendas que sostenía en las manos, sin duda viendo que las cosas saldrían mal hiciera lo que hiciera, pero en el rostro de Berelain había una expresión perturbada y en sus ojos se reflejaban objeciones; por su parte, Annoura había apretado la boca de modo que sus labios formaban una fina línea. A las Aes Sedai no les gustaba que las interrumpieran y, por tímida que fuera tratándose de una hermana, parecía dispuesta a dar rienda suelta a su desagrado. Arganda, que tenía congestionada la cara, abrió la boca con la clara intención de gritar; lo había hecho a menudo desde que habían raptado a su reina. No tenía sentido quedarse para oírlo.