Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
Tragó saliva y caminó hacia la carretera. Se caló más la gorra y echó a correr. Cuando llegó a la carretera secundaria se agachó y se internó en el bosque. Veía salir su aliento y se detuvo un instante, dejándose envolver por la oscuridad. Avanzó entre los árboles pegada al camino de tierra confiando en que la condujera hasta la casa. No podía estar segura, pero era lo que le dictaba su sentido de la orientación y notaba cómo el corazón le latía con fuerza bajo la ropa. Las ramas bajas se engancharon en su anorak pero se liberó, moviéndose lo más silenciosamente posible, aunque tenía la sensación de estar haciendo mucho ruido. Cada rama que se partía le sonaba como un disparo, cada pisada en el barro, como un misil despegando. Siguió avanzando abriéndose paso entre los pinos, buscando la casa.
Al ver luz se detuvo, después se agachó y avanzó en cuclillas. De repente se asustó pensando que podría haber un perro, pero enseguida pensó: Ésta no es, seguro que terminaré pidiendo disculpas a algún granjero solitario. Pero siguió avanzando hasta que vio un viejo muro de piedra bordeando el límite del bosque y trepó por él. Apoyó la mejilla en una piedra cubierta de musgo dejando que el frío la serenara un poco. Después, muy despacio, levantó la cabeza.
Vio la vieja casa de madera blanca que parecía envuelta en la niebla de la tarde. No se percibía movimiento alguno y por un instante maldijo la creciente oscuridad, consciente de que era una aliada y al mismo tiempo una enemiga, al esconderla a ella pero también lo que estaba buscando.
Sacó los prismáticos y enfocó la casa, que era la típica casa de granja. Como muchas otras, tenía tres plantas a distintas alturas, cada una con vista a las otras dos. Pensó: cuarto de estar y comedor en la parte de abajo. Los dormitorios en el segundo piso y arriba un ático, seguro. Bajó los prismáticos y dibujó un mapa aproximado del lugar. Se encontraba en línea recta a uno de los costados de la casa y, por tanto, podía ver la fachada y la parte trasera. Detrás de ésta se extendía una pradera ondulante que llegaba hasta la línea del bosque. Se preguntó, y estaba casi segura, si por allí discurría el segundo camino que había encontrado. Podía ver que el camino delantero conducía hasta la entrada de la casa, donde había un porche y también una pequeña extensión de césped, de modo que cualquiera que se acercara a la casa no tuviera que atravesar cincuenta metros de camino de tierra. Tomó la cámara y sacó varias fotos. Eran oscuras y borrosas, pero servirían para enseñarle la casa a Duncan.
Guardó la cámara y la libreta y se quitó los anteojos de sol. Se estaba haciendo de noche y por un instante le preocupó perderse de vuelta al bosque. Después ahuyentó el miedo y se centró en observar la casa. ¿Estás ahí, Tommy? Trató de concentrarse, de ver a través de las paredes, de sentir la presencia de su hijo. ¡Hazme una señal, maldita sea!, pensó. Quería llamarlo por su nombre pero se contuvo mordiéndose el labio con fuerza hasta que notó que sangraba. Entonces detectó movimiento en una de las habitaciones y escudriñó en aquella dirección. Dentro de la casa alguien había encendido una luz y, durante una milésima de segundo, vio la silueta de una persona.
Inmediatamente supo que se trataba de Bill Lewis, reconoció su forma de caminar desgarbado y arrastrando los pies. Y después, tan pronto como había aparecido, la silueta se desvaneció.
Megan sentía deseos de gritar.
Tiró los anteojos, tomó la pistola y se dirigió al muro de piedra, ajena a todo salvo al convencimiento de que su hijo estaba en el interior de aquella casa.
Ya estoy aquí, gritaba interiormente, ¡ya estoy aquí!
Pero justo cuando levantaba la pierna para treparse se detuvo, desgarrada entre el deseo y lo que le dictaba el sentido común. Entonces retrocedió y volvió a ocultarse detrás del muro. Estaba hiperventilando, así que se detuvo un momento para intentar calmarse. Trató de sopesar racionalmente las posibilidades que tenía frente a los tres secuestradores y se dio cuenta de que, incluso contando con el elemento sorpresa, serían mínimas.
Cerró los ojos un instante tratando de reunir fuerzas para marcharse. Buscaba desesperadamente la manera de hacer llegar a su hijo el mensaje de que volvería a buscarlo, pero sabía que era imposible.
Abrió los ojos, miró sus bocetos y tomó el lápiz. Mantén la calma, se dijo. Aprovecha tu tiempo, pronto volverás aquí. Levantó la cabeza y dibujó cada detalle del lugar, un mapa lo más fiel posible del emplazamiento. Después enfocó de nuevo la casa con los prismáticos. No podía ver movimiento alguno, pero eso no quería decir nada. Sé que están ahí, pensó.
Se susurró a sí misma: Tommy, ya estoy aquí.
Guardó el arma debajo del anorak y recogió sus cosas, después se arrastró de vuelta hacia el coche por entre los árboles y la oscuridad casi completa. Mientras avanzaba hablaba en voz baja consigo misma, con la esperanza de que sus palabras viajaran por el aire y llegaran hasta los oídos de su hijo. Tommy, estoy aquí. ¿Me oyes? Voy a buscar a papá y volveremos para llevarte a casa.
Continuó arrastrándose por el bosque sola, decidida y ardiendo en deseos de entrar en combate.
PARTE 11. Domingo por la noche
Duncan caminaba nervioso de una habitación a otra de la casa notando sus pies pesados, como atrapados en arenas movedizas. Quería liberarse, hacer otra cosa que no fuera esperar mientras oleadas de miedo lo atenazaban. Miraba el reloj, el teléfono, por la ventana al cielo del atardecer y después a sus hijas, quienes estaban sentadas sin decir palabra, mirándolo.
– ¿Dónde demonios estará su madre? -preguntó.
Karen y Lauren no contestaron.
– No lo soporto más -continuó-. Nos ha dejado aquí tirados y sólo Dios sabe lo que le habrá pasado.
– Estará bien -dijo Lauren-. Lo sé.
– No te preocupes, papá -añadió Karen-. Volverá.
¿Y dónde demonios está Olivia?, pensó. Se dio cuenta de lo irónico de su situación. Aquí esperando a las dos mujeres que me dejaron tirado: Megan y Olivia, atrapado entre las dos. Sentía que algo crecía en su interior, como si la tensión acumulada en los últimos días estuviera a punto de estallar. Respiró profundamente.
Entonces sonó el teléfono y las gemelas dieron un respingo, sobresaltadas. Duncan descolgó.
– ¡Eh, Duncan! Me alegro de oírte.
– Olivia, quiero…
Ella ignoró su petición y habló en tono de broma.
– Así que, matemático, seguro que llevas contando los segundos, los minutos y las horas, calculando los intereses que te supondrá el tiempo transcurrido. ¿Cuánto te costará esta espera, eh?
– Olivia…
– Creo que ahora, más que nunca, el tiempo es dinero. Se rio de su chiste.
– Olivia, ya cumplí con mi parte del trato.
– Hablas como un hombre de negocios, señor banquero. Has estado contando los minutos; yo en cambio he estado contando los dólares.
– ¡Quiero que me los devuelvas ya! -gritó Duncan.
– Tranquilo, matemático -contestó Olivia con voz suave pero amenazante, como siempre-. Tal vez debería colgar el teléfono y hacerte esperar un ratito más.
– ¡No!
– Duncan, no tienes paciencia; deberías aprender a controlarte. Yo en cambio sí sé. Te llamaré más tarde, tal vez.