Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
En la segunda casa había una pareja de ancianos limpiando de hojas el jardín delantero, así que se marchó enseguida. Y no tardó en eliminar la tercera cuando vio una silla de bebé en el asiento trasero de una ranchera estacionada en la puerta.
Dos de las casas estaban vacías. Se había acercado hasta la entrada y mirado por las ventanas buscando indicios de actividad, encontrando sólo polvo y telarañas.
Miró el mapa. Aún le quedaban cuatro casas y repasó las posibilidades tratando de determinar cuál sería la que buscaba. Era posible que Olivia no hubiera alquilado a través de una agencia sino directamente por un anuncio en el periódico, pero no era su estilo. Olivia no querría tener que tratar directamente con el propietario, que además podía pedirle referencias o inspeccionarla cuidadosamente para saber si sería buena inquilina. En cambio una agencia sólo buscaría su dinero. Megan se preguntó si Olivia habría salido de Greenfield, era posible que hubiera alquilado algo en Amherst o Northampton. En ambas comunidades vivían muchos estudiantes y, por tanto, había muchas casas en alquiler. Pero ¿querrían conducir hasta tan lejos? Megan lo dudaba. Recordó lo que había pensado la otra noche: lo suficientemente cerca como para tenernos vigilados, lo suficientemente cerca para poder vigilarnos pero donde no podamos verla.
Está aquí, pensó Megan, está en esta lista.
Pero su confianza empezaba a flaquear. Comprobando las casas, se había adentrado en el campo. Vio una colina cercana cubierta de pinos que formaban una marea verde interrumpida ocasionalmente por un abedul blanco, que sobresalía como la blanca mano de la muerte por la superficie del océano. Megan sintió un escalofrío, apuró su café y salió del coche. Vio una cabina de teléfono y decidió llamar a casa.
Lauren contestó al segundo timbrazo:
– Residencia de los Richards.
– ¿Lauren?
– ¡Mamá! ¿Dónde estás? Estábamos preocupados.
– Estoy bien, sigo buscando.
– Papá se ha puesto como loco. Y cuando se dio cuenta de que te habías llevado la pistola quería salir a buscarte.
– Todo va bien. ¡Está ahí?
– Sí, ya te lo paso. Le dije que no se preocupara pero no sirvió de nada porque todos estamos preocupados de todas maneras, así que… ¿Cuándo vienes a casa?
– Dentro de una hora, quizá dos.
– ¿Se puede saber qué está pasando? -preguntó Duncan bruscamente. Megan no lo había oído tomar el teléfono.
– Estoy comprobando algunas propiedades.
– ¿Que estás comprobando qué? -Es sólo un presentimiento.
– ¿Pero de qué estás hablando? Las chicas me dijeron que habías ido a buscar a los Tommys.
– Duncan… no te enfades.
– No estoy enfadado, es sólo que me llevé un susto de muerte. -Hizo una pausa.- Mierda, sí que estoy enfadado. Imaginarte…
– Estoy bien.
– Por el momento. ¿Por qué no me despertaste?
– No me habrías dejado venir.
Duncan se quedó callado un momento y Megan lo oyó suspirar y tranquilizarse. Cuando habló de nuevo sonaba más sereno.
– Tienes razón, no te habría dejado.
– Sentía que tenía que hacer esto sola.
De nuevo se quedó callado.
– Escucha -dijo por fin-. Ten mucho cuidado y no tardes. No creo que podamos soportarlo si para cuando se haga de noche no estás aquí.
– Volveré enseguida, cuida de las chicas.
– Si a las siete no tengo noticias tuyas saldré a buscarte.
– Estaré en casa antes de las siete -respondió Megan.
– Recuerda, a las siete -insistió Duncan.
Megan volvió al coche y comprobó la siguiente dirección en su lista. Sentía algo en su interior, como un nuevo ímpetu, y por un instante se sintió mareada por el miedo y la emoción. Estás aquí, pensó de nuevo. Alargó la mano y tocó la pistola, que estaba escondida debajo de algunos papeles en el asiento del pasajero. Le preocupaba que la munición estuviera pasada y no disparara bien. Pero entonces se dio cuenta de que, en caso de que tuviera que usar el arma, significaría que todo estaba perdido. Se caló la gorra de Duncan hasta los ojos y salió del estacionamiento. En pocos minutos se encontraba en pleno campo. Condujo unos cuantos kilómetros entre luces y sobras intermitentes hasta que vio la siguiente casa de su lista. Estaba a casi cincuenta metros de la tranquila carretera. Es posible, pensó inmediatamente, muy posible. Redujo la marcha. ¿Están ahí? No veía ningún indicio de actividad, así que estacionó. Tengo que comprobarlo, pensó, tengo que asegurarme. La carretera parecía vacía, así que salió del coche y caminó unos cuantos metros hacia la entrada de la finca. La casa estaba detrás de unos arbustos y había un gran roble que inmediatamente le recordó al de su jardín trasero en Greenfield. ¿Están ahí?, se preguntó otra vez, dudando de si acercarse pero empujada por la necesidad de saber. Dio un pequeño paso en dirección a la casa tratando de encontrar la manera de llegar a ella sin ser vista ni oída, consciente de repente de que estaba de pie en medio de la carretera. Entonces oyó un coche que se acercaba.
Le llevó unos instantes identificar el ruido, pero cuando lo hizo la invadió el pánico. Buscó un lugar donde esconderse pero no veía ninguno. Dio unos pasos en dirección al coche y después empezó a correr, tratando de ponerse a salvo. Oía el ruido del motor detrás de ella. Abrió la puerta a toda velocidad y se sentó al volante sin saber si la habían visto o no.
Si me vieron, pensó, es el fin. Apretó los dientes e intentó calmarse. Después tomó la pistola mientras mantenía los ojos fijos en el espejo retrovisor, esperando en cualquier momento ver a Olivia apuntándole con una pistola. Pero en lugar de eso vio un Sedan gris doblar por el camino de entrada detrás de ella. No acertaba a ver a sus ocupantes.
Se giró tratando de distinguir algo, pero no podía, así que arrancó, metió la marcha atrás y enfiló por el camino de entrada, derrapando en la grava. Cuando estuvo frente a la casa pisó el freno. Enseguida se dio cuenta de que se había equivocado.
Lo primero que vio fue a dos mujeres con bolsas de la compra y a dos hombres sacando bultos del maletero. Los cuatro reían, completamente ajenos a su presencia. Estudiantes, pensó, probablemente dos parejas de alumnos de doctorado que comparten la casa.
Se dio cuenta de que le temblaban las manos e hizo un esfuerzo por serenarse mirando la casa y después el coche, que llevaba una gran oblea de la Universidad de Massachusetts en el parabrisas trasero.
Respiró, aliviada y frustrada al mismo tiempo. Vamos con la siguiente, se dijo, y procura controlarte y evitar que te vean.
Pero la casa siguiente estaba junto a la carretera y enseguida vio que la ocupaba otra familia. El jardín delantero estaba sembrado de juguetes, todos rotos en mayor o menor medida. En cierto sentido, pensó, es una suerte. Detuvo el coche en un camino rural y esperó unos minutos hasta que recuperó la compostura.
Continuó conduciendo, consciente de que se le acababan las horas de luz, le quedaban sólo dos. La pálida luz del sol que se colaba entre los árboles parecía despojada de su fuerza y la temperatura descendía, anticipando el frío de la noche. Adelante, se dijo, adelante.
Comprobó las direcciones y su localización en el mapa, sólo le quedaban dos. Condujo hasta la más cercana girando por un camino rural y luego por otro hasta llegar a un cruce, y entonces siguió las indicaciones de un borroso letrero. Pronto se encontró avanzando por un camino de grava, lleno de curvas y baches. Aquí no han gastado dinero de nuestros impuestos, pensó, y enseguida se dio cuenta de que era una observación propia de un agente inmobiliario. Entonces vio el lugar con otros ojos: nada de tráfico ni de testigos, aislamiento rural, sin vecinos. Nadie alrededor. Redujo la marcha y empezó a comprobar los números en los buzones. El pulso se le aceleró conforme se acercaba al número que estaba buscando. Vio el camino de grava que se internaba en el bosque antes de comprobar el número del buzón y entonces supo que la había encontrado. Esta vez condujo rápidamente hasta dejar atrás la entrada sin atreverse a mirar siquiera hacia el bosque, donde suponía que estaría la casa. Unos cincuenta metros más adelante vio un segundo camino de tierra que conducía de vuelta al bosque. Un antiguo cortafuegos, pensó, o quizás el sendero para los tractores. Contuvo el deseo de parar allí mismo diciéndose que era demasiado cerca, así que continuó conduciendo y, un kilómetro y medio más adelante, vio otro camino desierto en dirección opuesta. Estacionó allí, donde quedaba fuera de la vista desde la carretera.