Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
Aunque, tuvo que admitir, ella tampoco.
– Hola -dijo el joven con voz amable-. Justo a tiempo antes de que cerremos. ¿En qué puedo ayudarla?
– Me gustaría ver sus artículos de caza -contestó Megan tratando de disimular su nerviosismo.
El empleado asintió.
– Muy bien -dijo y condujo a Megan al fondo de la tienda, una de cuyas paredes estaba cubierta de armamento de todo tipo: arcos y flechas de colores que parecían armas futuristas, así como una variedad de pistolas, rifles y ballestas. De los estantes colgaban anoraks y pantalones de cazar en colores que iban desde el naranja fluorescente al verde camuflaje. En la vitrina estaban expuestos cuchillos que brillaban amenazadores. También había revistas: Caza y pesca, Armas y munición y Soldado de fortuna. Por un momento Megan se sintió perdida mientras paseaba la vista por aquel arsenal, pero entonces la urgencia de su misión se impuso y recuperó la concentración.
– ¿Y qué buscaba exactamente? -le preguntó el empleado-. ¿Es para regalar o para usted?
Megan respiró hondo.
– Para mi familia -contestó.
– Regalos entonces. ¿En qué había pensado?
– En cazar.
– ¿Y qué van a cazar? -preguntó el dependiente. Parecía paciente y ligeramente divertido.
– Fieras -contestó Megan en voz baja.
– ¿Perdón? -El dependiente la miraba extrañado, pero Megan lo ignoró y volvió a pensar en la casa de Lodi. Se recordó sentada en el oscuro cuarto de estar, en una atmósfera cargada de humo y entusiasmo, escuchando a Olivia discutir sobre armas con Kwanzi y Sundiata. Éstos tenían un conocimiento de las armas propio de quien ha crecido en un gueto entre tiroteos y luchas callejeras entre bandas. En cambio, los de Olivia eran más sofisticados: hablaba de velocidad de impacto y de alcance, mencionando marcas y calibres, presumiendo de experta. Emily se había unido al grupo y les había enseñado cómo pensaba esconder su escopeta bajo la gabardina, entonces recordó la escopeta en manos de Emily; podía ver el cañón y la culata de madera. Levantó la vista hacia la hilera de armas en la estantería y señaló una.
– Una como ésa -dijo.
– Ésa no es realmente una escopeta de caza -contestó el dependiente examinándola-. Es un rifle calibre 12, del tipo de los que llevan los policías en sus coches. Los granjeros los usan para matar marmotas y otros animales que les destrozan los cultivos. ¿Ve? El cañón es mucho más corto, lo que dificulta la puntería cuando se dispara de lejos. Aunque también hay quien los compra como protección, para su casa.
– ¿Podría verlo?
El dependiente se encogió de hombros.
– Claro, pero los cazadores normalmente suelen buscar algo más…
La expresión de los ojos de Megan lo hizo callar.
– Ahora mismo se lo bajo.
Buscó una llave y abrió el mueble donde se guardaban las armas, a continuación sacó el rifle y se lo entregó a Megan.
Ésta lo sostuvo unos instantes preguntándose qué se suponía que tenía que hacer con él, intentando recordar las prácticas en el manejo de armas al anochecer y con las persianas bajas en la casa de Lodi. Accionó el mecanismo de corredera en la parte posterior del cañón y escuchó el fuerte chasquido.
– Muy bien -dijo el dependiente-. Pero más suavemente, no hace falta que lo haga con tanta fuerza.
Tomó el rifle y apuntó hacia la parte trasera de la tienda, después simuló disparar.
– Fíjese -dijo-. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Después tiene que recargar, aquí -indicó señalando una ranura en uno de los lados del cargador.
Megan tomó el arma y repitió los movimientos del dependiente. Se sentía cómoda con él y no le resultaba tan pesado como había supuesto. La sensación de la culata de madera apoyada contra su hombro era casi seductora, aunque era consciente de que aquello era sólo era una ilusión. Cuando disparara sería algo salvaje y horrible, y se preguntaba si sería capaz de soportarlo.
Exhaló aire con fuerza y pensó: Me llevaré dos.
– Estupendo -dijo apoyando el rifle en el mostrador-. Me llevo ésta y otra exactamente igual.
– ¿Quiere dos? -El dependiente se mostró sorprendido, pero después calló y se encogió de hombros.- Muy bien, señora, lo que usted diga. -Levantó un brazo y sacó otro rifle igual.- ¿Munición?
Megan intentó de nuevo hacer memoria y recordó una de las lecciones de Olivia: «Siempre deben usar lo mismo que usan lo cerdos, o mejor. Que sus armas nunca sean mejores que las suyas». Sonrió con amargura y, en la voz más amable que fue capaz de articular, preguntó:
– Dos cajas de balas de 33 milímetros, por favor.
El dependiente abrió los ojos ligeramente y negó con la cabeza.
– Señora, espero que vaya a cazar elefantes o rinocerontes o ballenas. -Buscó debajo del mostrador y sacó dos cajas de cartuchos.- Por favor, señora, estas balas son capaces de volar una pared de una casa. Lléveselas a un campo de tiro y practique un poco antes de usarlas, por favor, para que sepa de qué se trata.
Megan asintió sonriendo. Miró de nuevo a la estantería y vio otra arma que le resultaba familiar de haberla visto en la televisión.
– ¿Qué es eso? -preguntó.
El dependiente se volvió lentamente y miró donde Megan señalaba.
– Ése es un Cok del 16, un rifle semiautomático de disparo extremadamente potente. Es una versión de la que usan en el ejército. No es una escopeta de caza tampoco, el otro día le vendí uno a una pareja que planeaba navegar en velero por el Caribe este invierno. Es una buena arma para llevar a bordo como defensa.
– ¿Por qué?
– Bueno, tiene una gran puntería a una distancia de hasta casi un kilómetro y es capaz de acertar un blanco a casi dos kilómetros. Dispara rápidamente y viene con un cargador extra de veintiún balas.
– ¿Pero por qué para el Caribe?
– Por allí abundan los contrabandistas y los atracadores, a menudo a la caza de yates de lujo. Con este rifle es más fácil disuadirlos de acercarse que con una pistola.
Levantó el arma y demostró cómo se disparaba.
– Así es como funciona. Y no tiene mucho retroceso.
Miró a Megan mientras seguía con la escopeta apoyada en el hombro.
– También quiere ésta, ¿no es así?
– Sí -asintió Megan-. Es mejor no tener que acercarse demasiado al peligro.
– ¿Cuando se caza?
– Sí.
– Muy bien -se encogió de hombros de nuevo-. Lo que usted diga. ¿Algo más?
– ¿Munición?
– Claro.
– Y un cargador extra.
– Aquí tiene.
– Y una caja de balas del 45 para pistola.
Miró a Megan y sonrió.
– Ahora mismo.
– Otro cargador extra.
– Por supuesto.
Megan giró e inspeccionó los estantes.
– ¿Esos trajes de camuflaje vienen en tallas para hombre y mujer?
– Sí.
– Pues quiero uno para hombre de la talla L y tres de mujer, talla M.
El dependiente se dirigió al fondo de la tienda y enseguida volvió con ellos.
– Son de muy buena calidad -explicó-. Con forro polar y aislante, para no pasar frío en los puestos de tiro. ¿Necesita gorros o guantes?
– No, gracias. De eso tenemos.
– ¿Granadas de mano? ¿Morteros? ¿Lanzallamas?
– ¿Cómo dice?
– Estaba bromeando.
Megan no le devolvió la sonrisa.
– Envuélvamelo, por favor -dijo-. ¡Ah! Y también me llevo uno de ésos -añadió señalando la vitrina.
El dependiente sacó un cuchillo de caza de mango negro.
– Muy afilado -comentó-. Con filo de acero de carbón. Atravesaría el capó de un coche… -Movió la cabeza.- Pero no van a cazar coches, ¿verdad?
– No.
El dependiente empezó a sacar la cuenta, cuando terminó, Megan le tendió una American Express Oro.
– ¿Va a pagar con tarjeta? -preguntó el dependiente sorprendido.