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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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– ¡No, por favor! -Duncan bajó la voz-. Estoy aquí. ¿Ahora qué?

Enseguida se sintió furioso consigo mismo: Cada vez que hablamos me amenaza con lo mismo, con colgarme y dejarme esperando. Y siempre caigo en la trampa. Apretó los dientes conteniendo su ira. Pero mientras esperaba y el silencio crecía a ambos lados del teléfono, se dio cuenta de que Olivia no había mencionado a Megan. Eso quería decir que estaba bien. En algún lugar, pero bien, y eso lo llenó de alivio.

Transcurridos unos segundos escuchó a Olivia respirar despacio. Cuando por fin habló su voz era poco más que un susurro.

– No es suficiente -dijo.

Duncan se sintió como si alguien le retorciera las entrañas.

– No puedo creer…

– ¡No es suficiente! -insistió ella.

– Pues conseguiré más -replicó al momento.

– Eso ha sido rápido -dijo Olivia riendo.

– No sé cómo, pero lo conseguiré -dijo Duncan-. Pero, por favor, suelta a los Tommys.

– No lo entiendes, ¿verdad, Duncan?

Éste no sabía qué decir, así que se quedó callado.

– Tal vez lo que necesitamos es una relación -continuó Olivia.

– Olivia, por favor, ¿se puede saber de qué estás hablando?

– Lo que en realidad necesito es un banquero, mi banquero particular y mi propia cuenta corriente, tal y como te dije el otro día. Así que tú, matemático, vas a ser mi cuenta particular. Cuando necesite más dinero volveré y me lo darás. ¿No es así?

Duncan pensó: Esto no se acabará nunca, y contestó:

– Sí.

Olivia soltó una carcajada cruel.

– Ésa sí que ha sido una contestación rápida. Demasiado, diría yo.

Duncan tomó aire.

– Sí -repitió.

– No lo vas a saber; podrían ser seis meses, o seis años, pero volveré. Será una deuda a largo plazo, ¿no es así como lo llaman? Una hipoteca de por vida, Duncan.

Duncan pensó de nuevo: Esto no se acabará nunca.

– ¿Y si acepto?

– Te los devolveré.

– Entonces acepto.

– Así de fácil -replicó Olivia-. No creas que estás preparado para mí, Duncan. Nunca sabrás cuándo voy a volver. ¿Ves qué bonito va a ser? Tú te dedicas a ganar dinero y de vez en cuando me darás algo a mí. Tu familia y tú vivirán tranquilos, nada de balas en la recámara, aunque, si quisiera, sería muy fácil. Tal vez uno de tus hijos, a la salida del colegio. O Megan acudiendo a una cita que resulta ser otra cosa. Matar es fácil, Duncan. En realidad es una vieja tradición americana, seguro que no te has olvidado. El año que pasamos juntos fue famoso por sus asesinatos.

¿Es esto real?, se preguntó Duncan.

– Lo que tú digas. ¿Cómo me devolverás a mi hijo y al juez?

– ¿Estás seguro de que quieres que te devuelva al juez? Ha sido un huésped de lo más molesto. ¿Y qué hay de la herencia? ¿No te vendría bien un poco de dinero cuando el viejo pase a mejor vida? ¿No quieres aprovechar esta oportunidad?

Rio de nuevo.

– Quiero que vuelvan a casa.

– Eso depende de ti.

– ¿Cómo?

– ¿Te acuerdas del prado en el que estuviste esperando?

– Sí.

– Mañana por la mañana a las ocho. No llegues demasiado pronto ni tampoco tarde, alguien te estará vigilando. Y no la jodas, si veo algún otro coche, a alguien, quien quiera que sea, aunque se trate de un granjero perdido con su tractor, entonces pasarán cosas terribles, Duncan. Así que procuren ser sólo ustedes dos, ¿de acuerdo? Megan y tú, en el centro del prado a la ocho de la mañana.

– Pero ¿por qué ella? Iré solo.

– ¡Los dos! -susurró Olivia con una furia repentina.

– Pero…

– ¡Los dos y donde pueda verlos!

– No entiendo por qué…

– ¡Maldita sea!, no hay nada que entender, sólo tienen que hacerlo. ¿Es que no lo entiendes? O quizá prefieras la alternativa.

A Duncan le daba vueltas la cabeza mientras permanecía en silencio.

– De acuerdo -contestó por fin-. Como tú digas.

– Bien -dijo Olivia con dureza-. ¿Lo has entendido bien? Pues no la jodas.

– Sí, lo entendí, está todo claro.

Olivia rio.

– De esa manera tendrás tiempo de cambiarte e ir al banco antes de que abra. Será emocionante, ¿verdad Duncan? ¿Crees que podrás aguantarlo? ¿Tendrás suficiente sangre fría o te temblarán las manos? ¿Qué será de tu cara de póquer?

Permaneció escuchando el silencio al otro lado de la línea disfrutando cada segundo. Sentía la satisfacción de la araña al extender los últimos hilos de su tela. Después colgó.

Duncan hizo lo mismo.

– ¿Qué pasó? -preguntó Karen. Ambas estaban de pie y mirando a su padre, esperando alguna clase de señal.

– ¿Están bien? ¿Los van a soltar?

– No lo sé -contestó Duncan expulsando aire lentamente, como si le costara respirar.

– Está loca, ¿saben? Loca de odio -dijo con un tono de voz tranquilo que contrastaba con la tensión del momento.

– Son horribles -dijo Lauren.

Karen movió la cabeza.

– Lo peor.

De pronto Duncan se sintió rígido, como si el mar de sus emociones se hubiera petrificado por obra de un viento gélido. Miró a sus dos hijas entrecerrando los ojos y con expresión de furia.

– Bueno, sólo hay una forma de contestar a eso -dijo.

– ¿Cuál? -preguntó Karen.

– Ser aún peor que ellos.

***

Megan conducía como electrizada por la oscuridad, dejando atrás carreteras secundarias y caminos de tierra, después la ciudad. Flotaba en un vacío y ante ella sólo veía la casa blanca de madera surgiendo entre las sombras. Conducía ajena a cuanto la rodeaba, los coches, la escasa gente que caminaba por las aceras arrebujada en sus abrigos para protegerse del viento. Avanzaba deprisa hacia la noche con un firme propósito y el corazón a punto de reventar de ansiedad. Hizo un giro ilegal para acceder antes a la autopista desde una calle lateral y aceleró hasta que vio las luces brillantes de los estacionamientos de los centros comerciales. Faltaban quince minutos para la hora de cierre.

Musitó una breve e hipócrita plegaria de gracias porque existiera el centro comercial, el de Duncan. Cuando se construyó se había burlado de él todo el tiempo con un toque de maldad, cantándole la canción de Joni Mitchell, «Pavimentaron el paraíso y lo cubrieron con un estacionamiento…». Ahora, en cambio, las luces brillantes le daban la bienvenida, hospitalarias. Había tomado la decisión mientras se alejaba de la granja. Le molestó no poder telefonear a Duncan y contarle lo que había encontrado y lo que pensaba hacer, pero no podía retrasarse ni un minuto y él lo entendería.

Dejó el coche y corrió por el suelo de losetas. Empujó las puertas de entrada esquivando a los últimos compradores cargados con sus bolsas camino del estacionamiento y escuchando el sonido de sus pisadas en el suelo pulido. Jadeaba como un nadador venciendo las olas. Las luces de las tiendas parecían perseguirla, como si buscaran iluminar su pánico y su desesperación. Tengo que controlarme, pensó, pero una voz en su interior le decía que en realidad debería estar entonando una plegaria por la salvación de su alma. Lo que voy a hacer no está mal, se repetía. Veía los ojos vacíos de los maniquíes en los escaparates, fijos y sin expresión y se preguntaba cómo serían los ojos de los muertos. Apartó este pensamiento y siguió corriendo.

Cuando entró en la tienda de deportes se sintió aliviada al comprobar que estaba sola, a excepción de un empleado haciendo cuentas detrás de la caja registradora. Era un hombre joven que miró a Megan y después el reloj de la pared. Al comprobar que aún faltaba doce minutos para cerrar se volvió de nuevo hacia ella. Salió de detrás de la caja y Megan vio que vestía vaqueros, camisa blanca y corbata, además de un pendiente en la oreja. No tenía aspecto de deportista.

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