Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
– Pero… no entiendo -balbuceó Megan.
Duncan respiró hondo.
– ¿Sabes? Es curioso, ya te lo dije el otro día, el martes o el miércoles. ¡Dios, parece que fue hace siglos! Bueno, el caso es que lo dije y después me olvidé. Y no debería haberlo hecho: no son los Tommys ni el dinero lo que busca, sino a nosotros.
Megan abrió la boca para responder, pero no dijo nada.
Ambos permanecieron unos segundos en silencio. Entonces Duncan repitió:
– Nosotros, ¿lo entiendes? Por eso siguen aquí, todavía no quiere irse, aunque sería lo más lógico. Pero no lo hará mientras le quede alguna carta por jugar.
– ¿Y qué cartas crees que le quedan?
– Sólo dos -contestó Duncan suavemente y señaló a Megan y luego a sí mismo-: el rey y la reina.
– ¿Quieres decir que quiere matarnos?
– Puede que sí o puede que no. Tal vez sólo busque hacernos sufrir, torturarnos; en realidad eso es lo que ha estado haciendo. No sé, pero estoy seguro de que planea algo así como un golpe final, algo que pueda presenciar y disfrutar durante años. Quizá planea matarnos, pero quizá se trate de otra cosa, de algo con lo que tengamos que vivir cada día, como le ocurrió a ella. -Duncan se estremeció.- No puedo estar seguro, pero creo que los Tommys siguen vivos.
Megan se dio cuenta de que volvía a asentir involuntariamente. Entonces se preguntó por qué Olivia no había matado antes a Duncan, cuando estaban solos en medio del campo. Habría sido la ocasión perfecta, excepto que ella no estaba allí.
– ¿Crees que existe alguna posibilidad de que nos devuelva a los Tommys? Después de todo, no son ellos lo que busca realmente.
– Ninguna en absoluto -la atajó Duncan.
Megan asintió.
– ¿Sabes?, ya sé que parece una locura…
– A estas alturas nada es una locura.
Megan sonrió tristemente.
– Es que creo que si estuvieran muertos yo lo sabría de alguna manera. Algo se rompería o se pararía dentro de mí, no sé.
Duncan asintió.
– Yo también lo creo. Cada vez que Tommy ha estado enfermo o preocupado siempre me ha parecido notarlo dentro de mí…
Se calló de repente, pues acababa de ver algo en una esquina del sótano y se acercó a recogerlo.
– Entonces -dijo Megan con una decisión que la sorprendió-, ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo luchamos?
Duncan se enderezó, en la mano tenía una caja metálica para guardar zapatos.
– Sabía que tenía que estar aquí-dijo moviendo la cabeza-. No sé cómo no se me ocurrió antes.
– ¿Vamos a la policía? -preguntó Megan.
– Nunca supe qué hacer con ella -continuaba diciendo Duncan.
– No -se contestó Megan a sí misma-. No, ya sé lo que tenemos que hacer. -Recordó la lista que guardaba en su maletín, con el mapa.- Es lo que deberíamos haber hecho desde el principio.
Entonces se dio cuenta de que estaba de pie y que su voz había adquirido un tono que le resultaba extraño, una dureza que apenas reconocía, pero que era bienvenida.
Duncan se acercó y la luz de la bombilla proyectó la sombra de ambos haciéndolos parecer gigantescos. Levantó el cierre de la caja metálica y ésta se abrió. Megan alargó el cuello para ver lo que era y enseguida reconoció el pedazo manchado de hule que había cubierto el contenido durante tantos años.
– ¿Funcionará todavía? -preguntó.
– En 1968 funcionaba -contestó Duncan-. Nunca supe qué hacer con ella -repitió-. Supongo que debería haberme deshecho de ella cuando nos escapamos y vinimos aquí, pero no lo hice, y desde entonces he estado escondiéndola en cada casa en la que hemos vivido.
Sostuvo la pistola calibre 45 a la luz y comprobó que no estaba oxidada. Sacó un cargador con cartuchos de la empuñadura y después lo retiró amartillando la pistola vacía con un ruido seco y metálico.
– ¿Recuerdas cómo nos convocaba? -preguntó Duncan-. ¿Cómo lo llamaba? ¡Ah, sí!, la oración de la mañana.
– Somos la Nueva Amérika -entonó Megan.
Tomó la pistola e hizo girar el cargador. «La Nueva Amérika», repitió. Apretó el gatillo y el martillo chasqueó en la recámara vacía con un sonido agudo que resonó en el sótano y en sus cabezas.
Megan dejó dormir a Duncan.
Había estado paseando de un lado a otro en el cuarto de estar hasta más de las tres de la mañana, elaborando toda clase de planes hasta terminar por sentarse, exhausto, en una de las butacas y quedarse dormido con la pistola en el regazo. Las gemelas lo habían descubierto en esa posición cuando se levantaron por la mañana y Lauren había retirado con cuidado el arma de su mano mientras Karen le tocaba suavemente el hombro para no asustarlo. Momentos después Megan se había reunido con las gemelas en la cocina: éstas habían dejado el arma sobre la mesa y la miraban como si estuviera viva.
– ¿Desde cuándo tenemos eso? -preguntó Lauren.
– ¿Y qué vamos hacer con ella? -añadió Karen.
– La tenemos desde el 68, lo que ocurre es que nunca habíamos tenido necesidad de usarla…
No dejaba de sorprenderla la reacción de las gemelas, tan pragmática; no parecían ni asombradas ni asustadas por haber descubierto un arma de fuego en la casa.
– Hasta ahora -dijo Lauren terminando la frase que había empezado su madre.
– Hasta ahora -repitió ésta.
– ¿Tenemos algún plan? -preguntó Lauren.
– Todavía no, no.
– Y entonces, ¿qué vamos a hacer?
– ¿Ahora mismo? -Megan miró a las gemelas.- Ustedes se van a quedar aquí pendientes de su padre. No tienen que hacer nada; si suena el teléfono despiértenlo, podrían ser ellos. Dijeron que volverían a ponerse en contacto.
– Odio esta espera -dijo Lauren con tono enérgico-. ¡Odio no hacer otra cosa que esperar a que nos pase algo! ¡Quiero hacerlo algo!
– Llegará nuestro momento, te lo prometo -dijo Megan.
Lauren asintió, satisfecha, mientras Karen miraba a su madre.
– ¿Qué vas a hacer ahora?
Megan tomó la pistola y la metió en su maletín.
– ¿No estarás pensando en hacer alguna tontería tú sola? Voy a despertar a papá -dijo Karen-. Estamos juntos en esto.
Megan negó con la cabeza.
– No, no. No se preocupen, lo único que voy a hacer es visitar una propiedad -dijo-. Eso es lo que los agentes hacen los domingos, inspeccionar fincas.
– ¡Mamá!
– Mamá, no puedes irte por ahí sola. A papá le dará algo. -Ya lo sé -atajó Megan-. Ya lo sé, pero esto tengo que hacerlo sola.
– ¿Por qué? ¿Qué piensas hacer?
– En realidad, tantear el terreno -contestó Megan despacio-. He localizado algunas casas que creo que pueden haber alquilado. Tal vez tenga suerte y encuentre a los Tommys.
– Sí, claro. Y también puede que te metas en un buen lío -musitó Karen.
Megan asintió lentamente.
– Sí, supongo que sí, pero al menos es mejor que estar aquí sin hacer nada.
– Sigo pensando que deberías esperar a papá -insistió Karen.
– No. Él ha hecho lo que tenía que hacer. Solo, y ahora yo voy a hacer lo mismo, también sola.
Miró despacio a las chicas preguntándose por qué era tan dogmática, pero sabía que tenía que salir antes de que Duncan se despertara. Él se mostraría práctico y razonable, pensó, y se preocuparía por ella, le impediría asumir ese riesgo, y eso sería peor que todos los peligros a los que podría enfrentarse. La impaciencia la consumía. No he hecho nada hasta ahora, se dijo, y ha llegado el momento.
– Mamá, ¿estás segura de lo que haces? -preguntó Lauren.
– Sí-contestó Megan-. O no. ¿Qué más da?
Se puso la chaqueta, un gorro y una bufanda.
– Cuando se despierte su padre díganle que lo llamaré en un par de horas y que no hay motivo para preocuparse.
Dejó a las gemelas, ninguna de las cuales le creyó, vigilando a su padre, que dormía aún, exhausto. Una vez que hubo cruzado la puerta inspiró una profunda bocanada de aire dejando que el frío húmedo le despejara la cabeza. Por un momento se permitió sentir una punzada de culpa al pensar en lo furioso que se pondría Duncan cuando despertara. Después ahuyentó ese pensamiento y siguió adelante, caminando decidida hasta su coche y buscando indicios de Olivia o sus compinches en la calle. Miró en ambas direcciones y no vio a nadie excepto a algunos vecinos. Se fijó en una familia mientras se acomodaba en su ranchera y salía lentamente de la rampa de entrada a su casa marcha atrás. Llevaban el coche lleno de palos de hockey y patines y vestían alegres suéteres rojos y azules. Vio a otro vecino barriendo hojas delante de su casa y, calle arriba, a una pareja ya mayor llenando su jardín de abono en previsión de la nieve que pronto llegaría. Por un instante la normalidad de todo aquello la abrumó. Cuando un coche pasó delante de ella, reconoció a otro de los agentes de su oficina, que vivía al final de la cuadra, y lo saludó con un gesto despreocupado que le revolvió el estómago. Cuando se aseguró de que no había nadie vigilándola entró en el coche, pero antes de arrancar comprobó que llevaba todo lo necesario: un mapa, direcciones, lápiz y papel, prismáticos, cámara de fotos y rollos. La pistola. Se había puesto botas altas de agua y uno de los gorros de esquiar de Duncan, que podría cubrirle prácticamente la cara en caso necesario. Giró la llave de contacto, tomó aire y se puso en camino.