Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– Tal vez -respondió el hombrecillo, evasivo.
– Entonces, ve allí.
Yahyah, que jugaba con Babucha, se detuvo para ayudar a Morgennes a montar.
– No iréis a partir así, caballero -dijo-. ¡Ni siquiera estáis armado!
– Allá me darán una espada -respondió Morgennes.
– Pero…
Sin esperar al final de la frase, Morgennes espoleó a Isobel y descendió del monte Tabor, cuyo monasterio en ruinas daba testimonio del reciente paso de los sarracenos. Femia lo vio marchar y lo saludó largamente con la mano.
– Yallah! -gritó para darle ánimos.
La mujer no dejó de mirarlo y, cuando ya era solo una nubecita en el horizonte, se volvió hacia su marido y dijo acariciando uno de sus collares:
– Espero que la encuentre.
– Yo también -dijo Masada, y añadió en tono más bajo-: La Vera Cruz debe de valer mucho oro…
Femia lo miró, inquieta. ¿Lo había oído su mujer? El caso es que esta enseguida declaró:
– No podemos dejarlo solo…
Y tras coger las riendas se dispuso a hacerlas restallar; pero Masada se lo impidió replicando:
– ¡Soy yo quien decide, y de momento nos quedamos aquí!
Masada no tenía, en efecto, ningunas ganas de acercarse al castillo de La Féve, cuya guarnición había recibido orden de arrestarlo. Sin embargo, una sacudida agitó la carreta: Carabas se había puesto en marcha por sí mismo y descendía, entre las delgadas columnas de humo azul que se elevaban en la sombra, tras la pista de Morgennes.
17
¡Oh, feliz género de vida en que se puede esperar la muerte sin temor, desearla con alegría y recibirla con confianza!
San Bernardo de Claraval, De laude novac militiae
Simón ya no soportaba la espera.
Desde que había entrado en la orden, no había hecho más que esperar, esperar y esperar. «¡Ah, paciencia, acabarás por matarme!», se decía con frecuencia. Y, para engañar el aburrimiento, se infligía penitencias. Recitaba salmos durante todo el día, ayunaba si tenía hambre, velaba si tenía sueño, se ejercitaba en el manejo de las armas cuando estaba agotado. Y en general mortificaba su cuerpo tan a menudo como podía.
Algunas veces palidecía y se ponía a temblar. De modo que se preocupaban por él. Entonces el bailío de su orden lo obligaba a alimentarse y a ir a dormir. «Conserva tus fuerzas para el enemigo, noble y buen hermano -le decía con severidad-.Y recuerda que en todo debes conformarte a la regla y a mi mando.» Simón dirigía una mirada franca y resuelta a su superior y respondía invariablemente: «Ordenadme, noble y buen señor, y obedeceré».
Y se acostaba encantado de sentir en su interior un poder formidable: el de la fe. Esforzándose en dominar la excitación que le mantenía los ojos abiertos y alejaba el sueño, se dormía murmurando padrenuestros. ¡Qué bella era aquella fe que ardía en él, qué fuerte era!
Simón recordaba las palabras de su primer maestre, en la época en que había sido recibido en la orden: «Es duro, cuando uno es su propio señor, hacerse siervo del Temple. Pues difícilmente haréis nunca lo que queréis: si queréis estar en Tierra Santa, os harán volver; si queréis estar en Acre, os enviarán a la tierra de Trípoli, de Antioquía o de Armenia, a Pulla o a Sicilia, a Lombardía, a Francia o a Borgoña, a Inglaterra o a alguna otra de las diferentes tierras donde tenemos casas y posesiones. Y si queréis dormir, os harán velar; y si queréis velar, os ordenarán que vayáis a descansar a vuestra cama. Cuando estéis a la mesa y queráis comer, os ordenarán que vayáis a donde quieran y nunca sabréis dónde».
«¡Qué ironía!», pensaba, esbozando una sonrisa. Y decir que en otro tiempo era el más indisciplinado de los cinco hijos de su padre; ¡un muchacho incapaz de seguir la menor lección sin ponerse a pensar en las musarañas, que se burlaba de los preceptores y que a la primera ocasión escapaba a correrse una juerga!
Pero Simón había juzgado al Temple -donde su hermano Arnaldo acababa de ser recibido- digno de su persona. Una institución dotada de una disciplina bastante exigente para «merecer» hacer de él un hombre. Había querido lo más difícil, y lo tenía. Forzaría su cuerpo, disciplinaría su cabeza, obligaría a su corazón, educaría a su alma a someterse y a servir a Dios. Repetiría a lo largo de la jornada con sus hermanos templarios: «Non nobis Domine, non nobis sed nomini Tuo da gloriam, «¡No por nosotros, Señor, no por nosotros, sino por Tu nombre, da la gloria!».
Si él, el más joven de los cinco hijos del conde Etienne de Roquefeuille, era capaz de plegarse a una regla querida por Dios y aplicada por los hombres, entonces todos podían hacerlo. Primero su familia, y luego sus allegados. Luego los mahometanos y los judíos, que él convertiría por fuerza o destruiría sin piedad, y finalmente todos los demás cristianos -melquitas, jacobitas, coptos, nestorianos, maronitas- que vivían lejos de la ley de Roma.
Temer a Dios no bastaba. Había que temer a Roma, la superior, la grande. La terrible Roma.
Solo ella era capaz de imponer al mundo la salvación por Dios, Cristo y el Espíritu Santo. Solo ella tenía fuerza suficiente para manejar esas dos potentes espadas: el Temple y el Hospital. Simón no comprendía por qué Roma había decidido conservar solo una, pero se lo había jurado: «Yo seré de esa. Lo seré por Dios, lo seré por mi padre».
Y, mientras montaba guardia en lo alto de la torre del homenaje de La Féve, se hinchaba de orgullo y sentía un placer inaudito al volver a pensar en su trayectoria y en la disciplina de hierro que se había impuesto. ¡Pocos hombres habían hecho lo que él! Había entrado en la orden del Temple con la firme intención de convertirse en el más humilde y el mejor de los templarios. Ninguna de las pruebas a que lo sometían era bastante dura para él. Sin embargo, una cosa le resultaba insoportable: ¡esperar! Primero un año en la diócesis de Troyes, en la encomienda de Bonlieu, luego dos años suplementarios en la de Coulommiers-en-Brie, cuando fue armado caballero.
Su oportunidad había llegado con el desastre de Hattin. La Tierra de Promisión estaba falta de caballeros de brazo fogoso, impacientes por batirse contra los sarracenos. ¡Oh, cómo le saltó el corazón en el pecho al saber que por fin lo enviaban «allá»! A aquella tierra cuyo nombre ya no osaba pronunciar por miedo a no ser digno de hollarla. «¡Dios conmigo! Debo ser fuerte. Gloría, laus et honor Deo in excelis, decía temblando, tanta era su excitación, tan grande era su alegría por poder, por fin, combatir en Tierra absoluta.
Sin duda, la hora del martirio no estaba lejana. Su escudero y él debían prepararse para ella.
Un navío del Temple había salido de Marsella llevándolos en su gran vientre verde y los había desembarcado en Trípoli en compañía de otros hermanos, caballeros, sargentos y escuderos. Simón se había distinguido desde el primer día al exclamar, en cuanto pisó tierra firme: «¡Estamos aquí para servirte, oh Señor!». De la encomienda de la ciudad, donde no se quedó mucho tiempo porque sus invocaciones irritaban a más de uno, lo habían enviado a la poderosa fortaleza de Tortosa, y luego, de Tortosa a Chastel Blanc. Allí pasaba los días, solo en lo más alto de la más alta de las torres, acechando los mensajes enviados -con ayuda de un complejo juego de espejos- por los hospitalarios del Krak de los Caballeros, que se encontraba a solo siete leguas de distancia.