Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
«¿Qué esperamos para atacar?», se lamentaba todo el día. Se hablaba de violentos combates en Acre, donde desde el fin del mes de agosto los cristianos trataban de arrebatar a los infieles la ciudad perdida a principios de julio. Simón no comprendía por qué aquello resultaba tan complicado. Tampoco comprendía por qué trataban de recuperar Acre cuando Jerusalén tenía tanta necesidad de refuerzos. Por otro lado, todo le parecía largo, lento y muy misterioso. Un día, finalmente, llegó un jinete. Iba a la cabeza de una compañía de ballesteros. Un hombre que llevaba orgullosamente la bandera de san Pedro los acompañaba.
¡Por fin! Aquel mensajero, aquel estandarte, debía de ser la esperanza de un movimiento, la promesa de una acción contra los sarracenos. La posibilidad de convertirse en otro. En alguien poderoso, fuerte, bello y noble. En un nuevo Erec, un segundo Lancelot, un Galván moderno, el doble de Yvain, el gemelo de Cligés. En resumen, uno de esos personajes de leyenda cantados por Chrétien de Troyes, cuya aparición arrancaría a las mujeres suspiros tanto más lánguidos cuanto que lo sabrían inaccesible. Por no hablar de sus congéneres, que lanzarían «Vivat! que él fingiría no oír.
¡Oh, Dios! ¡No podía esperar más!
¿Desde cuándo aguardaba ya?
Desde que había nacido, no lejos de la Navidad del año de gracia de 1169,1o que lo situaba en su decimoctavo año de vida.
Se sentía con fuerzas de sobra, con una rabia y un corazón sin rival y un amor por Dios solo comparable al que había sentido en su tierna infancia por la bella y pura Berta de Cantobre, cuando él era su fidele d'amore. «¡Oh, Berta, qué lejos me parecen tus dulces manos y qué pálidos tus labios rojos cuando mi memoria los evoca ahora! La blancura para mí ya no es tu pecho, sino mi blanco manto, las cimas del Hermón, del Yebel Ansariya o del monte Líbano. El bermejo ya no son tus labios, sino la cruz de terciopelo cosida a mi espalda el día en que fui recibido en la orden. Solo ella tiene derecho a mis besos. ¡Ve, Berta! Te conservo en mi memoria tan casta, tan pura, tan digna como yo quiero serlo aún para ti, incluso si te he dejado. Porque te he dejado por Dios.»
Así hablaba Simón.
Frunciendo el ceño, el templario miró a un lado y a otro de la torre de La Féve. En el septentrión se encontraba el monte Tabor. Distinguía las ruinas del monasterio, colgado de su cima como una llaga. A poniente, las cimas nevadas de los montes Carmelo. Al mediodía, Le Grand Gérin y Le Bessan, pueblos donde el Temple mantenía aún algunas tropas. A levante, el castillo Belvoir, en manos de los hospitalarios, pero no por mucho tiempo, ya que la presión de los sarracenos se hacía cada vez más intensa. Simón se estremeció. ¿Era por el frío? Se pasó las manos por los brazos y los frotó para calentarse.
Esperar lo paralizaba. Poco a poco sus miembros se anquilosaban. Simón bailó saltando de un pie a otro para ayudar a que la sangre circulara y se sopló los dedos. Sin embargo, no hacía frío: su aliento no era visible. Pero aquel gesto le había recordado otro que había hecho hacía dos semanas en la torre de vigía del Chastel Blanc. Como lo sabían impaciente, para corregirlo siempre le confiaban el primer turno de guardia, que era el más largo. Cuando llegó el relevo, se había sentido -igual que hoy- dominado por el frío y se había soplado las manos para calentarlas. Era ya muy tarde, y su aliento se convertía en bruma al salir de la boca antes de evaporarse en la negrura. Aquella noche había helado. Era el día en que el emisario del Papa había ido a verlos. No lo olvidaría nunca.
El hombre cuyos pasos había confundido con los del relevo era, en realidad, Wash el-Rafid. Como no conseguía dormir, el emisario papal había pedido permiso a sus huéspedes para visitar el castillo y, en particular, para subir a lo alto de la torre del homenaje. Donde se encontraba Simón.
Al ver su rostro sumido en un aburrimiento tan profundo que hubiera podido tomarse por una máscara, Wash el-Rafid le había preguntado:
– ¿Te aburres, buen hermano?
Simón no había sabido qué responder. Temía haber cometido una falta y permanecía silencioso. Pero, animado por el emisario del Papa a expresarse sin temor, finalmente había confesado:
– Extremadamente, señor.
– ¿Por qué?
– Ya no soporto seguir esperando.
– ¿Esperar? -se sorprendió el emisario-. ¿Y qué estás esperando?
– Que ocurra algo. Desde que estoy en Tierra Santa, me pasean de un castillo a otro sin que nunca pase nada. Las primeras guardias siempre son para mí. Me armé de paciencia durante tres largos años en la Champaña y en Francia, y aquí sigo esperando. Mi espada sigue virgen. Me pregunto cuántos años tendré que esperar todavía antes de servir a Dios.
– ¿Sabes lo que dicen los infieles sobre esto? -le había preguntado Wash el-Rafid.
– No, señor -había respondido Simón.
– «Resistid, porque Dios está con los pacientes.»
Estaba claro que aquel hombre había sufrido mucho. ¿Cuántos años habría esperado él? Simón había caído de rodillas y había cogido su mano para besarla.
– Señor -le había dicho, con la cabeza baja-, os pido perdón humildemente. He hablado a la ligera, pero es que sufro por no poder emplear mejor mi valor y mi fuerza al servicio de Cristo.
– ¿Estás dispuesto a morir por El? -había inquirido el emisario del Papa, poniendo su mano sobre la cabeza de Simón.
Desde luego que estaba dispuesto a dar su vida por Cristo. Por otra parte, ¿no lo había hecho ya? ¿No les habían dicho que un caballero del Temple debía considerarse como muerto antes de ir al combate? ¡Y qué gran honor esa muerte! Pues, como decía san Bernardo: «¿Cómo podría temer morir o vivir aquel para quien la vida es Cristo y la muerte su recompensa?».
– Mi vida le pertenece ya -había respondido Simón.
– ¿Quieres renacer en Cristo? -había preguntado severamente Wash el-Rafid.
– No aspiro a ninguna otra cosa -había confesado Simón, casi sin aliento.
– ¡Júralo! -había dicho Wash el-Rafid con fuerza.
Levantando la mano derecha y tendiendo la izquierda, Simón había jurado, como lo hacen todos los templarios, con la mirada firme y severa, «que en la proximidad del combate se armaría de fe por dentro y de hierro por fuera; que sus armas serían su único ornamento; que las utilizaría con valor en los mayores peligros, sin temer el número ni la fuerza de los bárbaros; que toda su confianza estaba depositada en el Dios de los ejércitos, y que combatiendo por su causa buscaría una victoria cierta o una muerte santa y honorable». Finalmente, había jurado llevar a la casa principal del Temple, en Jerusalén, la Santa Cruz en la que tanto había sufrido Cristo. Con terribles imprecaciones se había dado a Dios por segunda vez, y cada vez que Wash el-Rafid pronunciaba una palabra, él la repetía estremeciéndose.