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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Para muchos habitantes de Kansas fue una noche larga y agitada, y los de la planta alta de la Sombrerería Downing y del Gilded Cage Saloon no eran la excepción.

Nadie sabía en qué momento exacto del día siguiente se transmitirían las noticias por telégrafo. Violet había vuelto al trabajo, pero ni ella ni Agatha podían concentrarse. Cosieron poco, y hablaron menos. Lo que más hicieron fue mirar el reloj y escuchar el sonido desolado e isócrono del péndulo.

Cuando Scott abrió la puerta del frente, poco después de mediodía, Agatha estaba sentada ante su escritorio y Violet limpiaba los estantes de cristal de los exhibidores.

Los ojos de Gandy hallaron a Agatha de inmediato. Luego, cerró la puerta con deliberada lentitud pero, recordando los buenos modales, saludó a Violet, que se incorporó.

– Buenos días, señorita Violet.

Por una vez, no lanzó sus risas tontas.

– Buenos días, señor Gandy.

Scott se dirigió hasta donde estaba Agatha silencioso, serio, con el sombrero en la mano como si estuviese en un velatorio.

Agatha sintió la piel tirante hasta en el cráneo, y le costó respirar. Levantó la vista al rostro solemne y preguntó, casi en un susurro:

– ¿Qué fue?

– Se aprobó -respondió, en voz baja pero firme.

Agatha ahogó una exclamación y se llevó los dedos a los labios.

– ¡Oh, no!

Sintió como si el cuerpo se hubiese vaciado de sangre.

– Kansas es estado seco.

– Pasó -repitió Violet, aunque ni el hombre ni la mujer junto al escritorio escucharon esa palabra.

Agatha palideció, y las miradas de ambos permanecieron unidas.

– Oh, Scott.

Sin darse cuenta, se inclinó hacia él apoyando la mano cerca del borde del escritorio.

Aunque la mirada de Scott se posó en la mano, en vez de tomarla tamborileó el ala del sombrero que tenía en la suya. Las miradas se encontraron otra vez, la de ella, acongojada, la de él, vacía de expresión.

– Tenemos que tomar alguna decisión con respecto a Willy.

Agatha tragó saliva, pero sintió como si tuviese un corcho en la garganta. Trató de decir que sí, pero no pudo.

Los ojos carentes de expresión se fijaron en los de Agatha:

– ¿Pensaste en ello?

No pudo soportar discutir fríamente una situación que desgarraría el corazón de uno de los dos. Se tapó la boca y volvió la cara hacia la pared, tratando de controlar las lágrimas que se le agolpaban en los ojos. La garganta se le contrajo en espasmos.

Scott tampoco pudo soportar verla, y apartó la mirada, con el corazón martilleando tan dolorosamente como sabía que estaría el de ella.

Violet fue hasta el escaparate, apartó las cortinas de encaje y miró afuera, distraída. En alguna parte del almacén, Moose jugaba con un carrete de madera. Afuera, había comenzado el ruido de celebración de la victoria. Pero junto a ese escritorio un hombre y una mujer agonizaban en silencio.

– Bueno… -dijo Scott, y se aclaró la voz. Se caló el sombrero y demoró mucho tiempo en acomodar el ala-. Podemos hablar de eso otro día.

De cara a la pared, Agatha asintió. Scott vio que le palpitaba el pecho y los hombros empezaban a sacudírsele. Aunque él también estaba desolado, quería acercarse y consolarla, para así consolarse. Era una ironía que quisiera hacer una cosa semejante con la mujer que había luchado activamente para que tuviese que cerrar y lo había logrado. Por un instante, el impulso lo acercó a ella.

– Gussie… -dijo, pero se le quebró la voz.

– ¿Wi… Willy lo sabe?

– Todavía no -respondió, con voz gutural.

– Será me…mejor que vayas a decírselo.

Vio que Agatha se esforzaba por contener las lágrimas y se sintió desdichado. No lo pudo soportar más, y salió de prisa de la tienda.

Para Violet, era la primera vez que recordara verlo salir sin saludarla con amabilidad. Cuando la puerta se cerró, soltó la cortina y permaneció en el resplandor junto al escaparate, sintiéndose acongojada. ¡Cómo detestaba ver irse a ese encantador señor Gandy! Cuando cerraran las tabernas, ¿qué entretenimiento quedaría en ese pequeño pueblo miserable?

Oyó un sollozo y, al darse la vuelta, vio a Agatha con el rostro vuelto hacia la pared, tapándose la boca y la nariz con un pañuelo. Los hombros se le estremecían.

Sin vacilaciones, Violet se acercó al escritorio.

– Querida.

Tocó el hombro de la amiga.

Ésta giró de pronto en la silla y se abrazó apretadamente a la otra, hundiendo la cara en el pecho de Violet.

– Oh, V…Violet -gimió.

Violet la sostuvo con firmeza y le palmeó la espalda, murmurando:

– Bueno, bueno… -Aunque nunca fue madre, no podía haber sido más maternal si Agatha hubiese sido su propia hija-. Todo se resolverá.

Agatha no hizo más que mover la cabeza contra el vestido de Violet, perfumado de lavanda.

– No… no se resolverá. Hice… algo… im… imperdonable.

– No seas tonta, muchacha. No hiciste nada imperdonable en toda tu vida.

– S… sí, lo hice. Me… m… me enamoré… de Scott G. Gandy.

En los ojos de Violet, fijos en el cabello de Agatha, apareció una expresión de asombro y angustia.

– ¡Oh, querida! -exclamó, y repitió-: ¡Oh, querida! -Tras una pausa, preguntó-: ¿Lo sabe?

Agatha negó con la cabeza.

– Ya oíste lo q…que dijo sobre W. Willy. Uno de nosotros tendrá que de… dejarlo ir.

– Oh, querida.

La mano de Violet, surcada de venas azules, se extendió sobre el cabello de Agatha, del color de la nuez moscada. Pero como no creía en lugares comunes, no se le ocurrió mucho para decirle a esa mujer con el corazón destrozado que, por eso, lastimaba también un poco el propio.

Heustis Dyar pasaba el cigarro de un lado a otro, entre los dientes romos y amarillentos. ¡Aunque hacía seis horas que se sabía, todavía no era ley ni lo sería, hasta que llegaran los documentos oficiales que la convirtiesen en ley! Por Dios que, hasta entonces, al menos él aprovecharía el tiempo.

Llenó otra vez el vaso y lo vació. Le dejó un sendero tibio en la tráquea.

– ¿Qué derecho tienen? -exclamaba un borracho en la barra, con lengua estropajosa-. ¿Acaso nosotros no tenemos derechos, también?

Dyar bebió otro trago y le pareció que la pregunta le quemaba dentro, con el alcohol. ¿Qué derecho tenían a quitarle a un hombre su medio de vida? Él era un comerciante honesto, tratando de sostenerse de manera decente. ¿Sabían, acaso, cuántos tragos había que vender para ganar dinero suficiente para comprar un caballo? Había tenido paciencia mientras observaba esa sombrerería, en la acera de enfrente, donde los secos se iniciaron, la primavera pasada. Más que paciencia. Tuvo la suficiente consideración para advertir a la sombrerera coja, que era la responsable de todo esto. Bueno, ya estaba advertida.

Ella y sus secuaces habían chillado, orado y abucheado hasta que lograron lo que se proponían.

Tensando la mandíbula, Dyar mordisqueó la cera de las hebras colgantes de su bigote rojo. Con mirada dura, contempló la ventana estrecha del apartamento de enfrente, a oscuras. ¡Qué derecho tiene, Agatha Downing, perra entrometida! ¡Qué derecho tiene!

Apoyó el vaso con un golpe, soltó un tremendo eructo y dijo en voz lo bastante alta para que todos lo oyesen:

– Me gustaría beber más si no tuviese que dejar de hacerlo ahora mismo para orinar.

Todos rieron en el bar, y Tom Reese llenó de nuevo el vaso de Heustis mientras este salía por la puerta del fondo. Afuera, abandonando la comedia de que iba al retrete, salió del camino y se dirigió a la fila de edificios que había entre la puerta trasera y la esquina. En menos de tres minutos, subía las escaleras de la casa de Agatha.

Marcus fue el último en pescar el catarro pero, cuando lo tuvo, fue muy fuerte. ¡Maldita diarrea! En los últimos días, pasaba más tiempo corriendo al retrete del patio de atrás que tocando el banjo. Mientras se abotonaba los pantalones y se colocaba los tirantes en los hombros delgados, hizo una mueca y se pasó la mano por la barriga.

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