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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Yo también te quiero, muchacho -logró decir.

A duras penas.

Scott Gandy y sus empleados celebraron una reunión una mañana, a mediados de noviembre, para decidir cuándo cerrar el Gilded Cage y a dónde ir, después. Se decidió que no tenía sentido quedarse más tiempo allí, pues el aumento de los negocios en los meses de transporte de ganado ya habían pasado. Entre el presente y el tiempo en que la ley se hiciera efectiva, en el mejor de los casos los negocios disminuirían junto con la población de Proffitt, reducida a sus doscientos pobladores originales. Al llegar a la cuestión de dónde ir después, todos se quedaron mirando a Gandy, expectantes, esperando una respuesta. No la tenía.

– Necesitaré un poco de tiempo a solas para que se me ocurra una solución. A dónde quiero ir, qué quiero hacer. Quizá vaya al Sur, donde el clima es más cálido, y trate de ordenar mis ideas. ¿Qué os parecen unas breves vacaciones?

Nadie dijo nada. Siete rostros lúgubres lo contemplaron, inexpresivos. En ese momento, sintió el peso de la responsabilidad hacia ellos y no le agradó. ¡Maldición! ¿Acaso no eran capaces de pensar por sí mismos? ¿Siempre lo considerarían el salvador, el que los llevaría sanos y salvos, al siguiente puerto rentable? Pero el hecho fue que él también se sintió rechazado. La Gilded Cage apenas daba para sostener a ocho personas, y era importante que reservara un capital suficiente para que pudiesen empezar de nuevo en otro sitio. Entonces, ¿por qué se sentía culpable al pedir un poco de tiempo a solas, que se apartaran de él por un breve lapso?

– Bueno, sólo será hasta principios de año, o algo así. Luego, elegiré un lugar a donde podáis cablegrafiarme y yo os contestaré y os diré dónde nos instalaremos y cuándo.

Siguieron callados.

– ¿Qué opináis?

– De acuerdo, Scotty -respondió Ivory, sin énfasis-. Nos parece bien. -Pero al percibir su propia falta de entusiasmo, forzó una falsa alegría-: Eh, todos, ¿no os parece bien?

Murmuraron su acuerdo, pero la tristeza no se disipó. Quedó a cargo de Scotty fingir entusiasmo.

– Entonces, estamos de acuerdo. -Dio una palmada sobre el paño verde de la mesa y se incorporó-. No tiene sentido quedarse más tiempo en este pequeño pueblo vaquero, cuando estéis listos y hayáis empacado, salid. Yo pondré en venta el edificio de inmediato.

– ¿Y el niño? -preguntó Jack.

Scott logró ocultar la angustia que le provocaba el tema de Willy.

– Agatha y yo aún tenemos que hablar de eso. Pero no os preocupéis. No se quedará solo.

Todo lo contrario: el niño tenía dos personas que lo querían y que habían pospuesto la discusión todo lo posible. Pero ya no podían evitarla.

Sin saber bien por qué, Gandy fue arriba, a la oficina, escribió una nota para Agatha, y le pidió a Willy que se la llevase y aguardara respuesta.

Willy contempló la nota que le tendía.

– Pero es una tontería. ¿Por qué no vas, sencillamente, y hablas con ella?

– Porque estoy ocupado.

– ¡No 'stás ocupado! ¡Qué diablos, has estado…!

– ¡Creí que Agatha te enseñó a decir «estás»! Y bien, ¿vas a llevar esa nota o no? -exigió, con más aspereza de la que pretendía.

Al verse regañado sin motivo por su héroe, la expresión de Willy se tornó contrita.

– Claro, Scotty -respondió, sumiso, yendo hacia la puerta.

– Y ponte la chaqueta nueva. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no corras por las escaleras con este frío, sin ponértela?

– Pero está abajo, en mi cuarto.

– ¿Y qué hace allí? ¡Estamos en invierno, muchacho!

Mortificado, pero más aún, confundido, Willy echó una mirada a Scotty con ojos brillantes.

– Me la pondré antes de subir otra vez.

Cuando se marchó, Scott se sentó pesadamente y se quedó mirando la nieve por la ventana, abrumado por la culpa de haber tratado mal a Willy. A fin de cuentas, no tenía la culpa de que hubiera que cerrar la taberna, ni de que Agatha estuviese en esa situación.

Abajo, Willy encontró a Agatha en el taller, trabajando con la máquina de coser.

– Hola, Gussie. Scott me dice que te dé esto. Le entregó la nota.

El traqueteo rítmico de la máquina se interrumpió, y el volante dejó de girar. Al echar un vistazo al papel, Agatha sintió que la asaltaba un presentimiento. «¡No, no!, pensó-. ¡Todavía no!»

– Gracias, Willy.

El chico se apoyó en los costados de las botas y metió los puños en los bolsillos de la nueva chaqueta abrigada que Scott le compró.

– Dice que espere la respuesta. -Mientras Agatha leía el mensaje, Willy protestó-: Jesús, ¿por qué se habrá puesto tan gruñón, últimamente?

Mientras terminaba de leer el mensaje, se apoderó de ella una corriente de temor. Había llegado el momento que sabía inevitable. No obstante, ni toda la preparación mental del mundo podía disminuir el dolor. Salió del ensimismamiento al oír a Willy llamarla por su nombre.

– Discúlpame. ¿Qué decías, querido?

– ¿Por qué, últimamente, Scotty está tan gruñón?

– ¿Gruñón? ¿En serio?

– Bueno, me habla como si estuviese furioso, y yo nunca no hice nada malo.

– No hice nada malo -lo corrigió-. En ocasiones, las personas mayores nos ponemos así. Estoy segura de que Scotty no tiene intenciones de gruñirte. Tiene muchas preocupaciones desde que salió la enmienda.

– Sí, bueno…

Acarició el costado de la cabeza del chico y le indicó con suavidad:

– Dile a Scotty que sí.

– ¿Que sí?

– Sí.

– ¿Eso es todo?

– Eso es todo. Sólo que sí.

Al ver que se iba sin nada de su proverbial entusiasmo, a Agatha se quedó mirando la puerta trasera y trató de imaginarse la vida sin Willy entrando y saliendo. Entendía bien por qué Scott estaba de mal humor. Ella misma no dormía de noche y se angustiaba de día.

Exhalando un suspiro hondo y trémulo, releyó el mensaje:

Querida Agatha:

Tenemos que hablar. ¿Puedes venir esta noche a la taberna, después de cerrar? A esa hora no nos molestarán.

Scott

Cauteloso, Willy llegó hasta la puerta de la oficina de Scott, pero no más. Proyectó el mentón en gesto beligerante.

– Gussie dice que sí.

Scott giró en la silla y sintió un espasmo en el corazón.

– Ven aquí, muchacho -le ordenó con suavidad.

– ¿Por qué?

Willy se había quemado ya esa mañana, y una vez le parecía suficiente.

Scott le tendió una mano.

– Ven aquí.

Se acercó a desgana, con el entrecejo fruncido. Rodeó la esquina del escritorio y se detuvo cerca, mirando la mano que esperaba, palma hacia arriba.

– Más cerca. No llego.

Obstinado, Willy se mantuvo en sus trece pero, al fin, puso la mano regordeta en la de Scott más larga.

– Lo lamento, Willy. Te hice sentir mal, ¿no es cierto? -Acercó al niño, lo alzó sobre el regazo y echó la silla atrás.Con evidente alivio, el chico se acurrucó contra el pecho del hombre.

– No estaba enfadado contigo, lo sabes, ¿verdad? -preguntó, en voz ronca.

– Entonces, ¿por qué me gritabas? -preguntó Willy, quejoso, la mejilla contra el chaleco del hombre.

– No tengo excusas. Hice mal, eso es todo. ¿Podemos ser amigos otra vez?

– Creo que sí.

La cabeza rubia de Willy cabía a la perfección bajo el mentón de Scott. El cuerpo pequeño con la gruesa chaqueta de lana se sentía tibio y agradable, una mano apoyada, en gesto de confianza, sobre el pecho del hombre. Las piernas cortas se balanceaban contra las más largas, y hasta esa presión le resultaba grata.

Sellaron la paz. Afuera, nevaba. En la pequeña estufa de hierro ardía un fuego acogedor. Scott apoyó una bota en un cajón abierto y meció con indolencia la silla giratoria hasta que el resorte emitió un ruido débil. Acarició con los dedos el fino cabello rubio y lo alisó hacia la nuca una y otra vez.

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