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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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Pyanfar arrugó la nariz, mirándole de soslayo. Lo que estaba proponiendo no entraba en los límites estrictos del honor, pero tampoco entraba en ellos lo que pretendía hacer Dur Tañar. Su hijo… acabar con él en una maniobra como ésa…

—Si no consigo detenerles… —dijo—… hazlo.

Khym logró emitir una risita cascada.

—Siempre fuiste muy optimista.

Llegaron finalmente a la última curva del camino y se encontraron con la puerta que daba a los jardines: estaba abierta y más allá se veían los viejos árboles y las doradas piedras de la mansión, recubiertas de hiedra y enredaderas. Ante la fachada principal había un numeroso grupo de hani, pisoteando los macizos de flores, lanzando feroces gritos de burla y desprecio hacia Chanur, agarrándose a los barrotes de las ventanas y sacudiéndolos con todas sus fuerzas.

—Malditos sean —murmuró Pyanfar, dirigiéndose hacia la puerta. Un puñado de Mahn la vio venir y empezó a chillar; eso era exactamente lo que ella deseaba. Pyanfar gritó aún más fuerte que ellos y, con Khym a su lado, les apartó a empujones en tanto que los Mahn se retiraban al jardín en busca de más refuerzos—, ¡Hai! —aulló Pyanfar, y de pronto Hilfy y Haral aparecieron en lo alto del muro y una ráfaga de disparos removió el polvo ante el grupo de Mahn, haciéndoles salir huyendo en busca de refugio—. Id a la puerta —continuó Pyanfar, haciéndoles una seña: Haral y Hilfy bajaron dando un salto del muro y echaron a correr. Un grupo más numeroso de Mahn se encontraba en el porche de las columnas pero de repente Chur y Tully aparecieron en el pequeño muro del jardín que flanqueaba el porche: Chur gritaba a pleno pulmón, como si estuviera dando ánimos a toda una partida invisible de seguidores. Los Mahn se removieron indecisos, como un rebaño asustado que no sabe hacia dónde huir, y acabaron encaminándose hacia la puerta, enfrentados a ese brusco ataque que caía sobre ellos desde tres frentes distintos. Pyanfar subió corriendo los peldaños y se unió a Haral y Chur, pistola en mano, para irrumpir por el umbral y encontrarse en un oscuro caos de cuerpos y humo. La estancia era enorme y las ventanas enrejadas apenas si dejaban entrar la luz: al fondo se distinguía la destrozada silueta de la puerta. Las siluetas que se agolpaban ante ella se volvieron como paralizadas por el estupor y Pyanfar, flanqueada por Haral y Chur, se enfrentó a cien rostros intrusos que no apartaban los ojos de sus pistolas.

Algunas siluetas se movieron y un grupo de mujeres jóvenes avanzó para encararse con ellas. En los extremos del grupo hubo un sigiloso removerse de cuerpos asustados. Las voces resonaban estruendosamente en los muros de la gran estancia. Pyanfar sostenía el arma con las dos manos y sus pupilas, dilatadas al máximo, no se perdían ni un solo movimiento.

Esa joven, su propia imagen, con esa melena rojo dorada y más alta que sus hermanas Mahn: Tahy. Sus pupilas se contrajeron levemente. El joven, dioses, qué alto era, con esas espaldas tan anchas y el cuerpo erguido como un árbol orgulloso; habían pasado años desde la última vez en que los vio, Para su hija y su hijo, que habían permanecido en el planeta, esos años habían sido más largos: habían crecido tanto durante esos años, habían logrado hacerse con tantos aliados: esa multitud de jóvenes Mahn, tanto hembras como machos, y las otras siluetas que se confundían con los muros de la estancia. Kahi Tahar, na Kahi, el viejo, el eterno rival sureño de Chanur, y muchos otros, desde esas mujeres maduras de lo que creyó reconocer como la casa de Enaury hasta los eternos parásitos de Tahar, reunidos aquí para obtener su parte de los despojos.

—Fuera de aquí —dijo Pyanfar—. Salid de aquí, todos.

—Armas… —escupió Tahy—, ¿así piensas jugar? También tenemos armas. ¿Ésa es tu elección, mientras que na Kohan se esconde de nosotras?

—Guardad las armas —dijo Pyanfar, echando el seguro de su pistola y guardándola en el bolsillo. Por el rabillo del ojo vio cómo Haral hacía lo mismo y las demás, con mayor lentitud, acababan por imitarla—. Ahora —dijo Pyanfar—, hablemos. Estás muy lejos de tu territorio, hijo mío. Esto debe ser resuelto en el lugar adecuado y no aquí’.

—Que sea aquí —dijo Kara.

Un movimiento en el pasillo detrás de los Mahn: Pyanfar lo captó al instante y contuvo el aliento. Chanur. Casi todo el séquito de la mansión. Y Kohan, superando en talla a los demás por una cabeza.

—¡Quietos! —gritó Pyanfar, echándose bruscamente a un lado para distraerles. Los invasores se removieron, confusos, sus manos volando ya hacia sus armas en un fugaz instante de tiempo que pareció durar eternamente y, de pronto, el grupo de Mahn se dio cuenta de lo que había a su espalda. La retirada se hizo a toda prisa y en desorden, intentando acercarse a la pared que antes estaba a su izquierda, pero Tahy y sus compañeras se interpusieron entre Kara y Kohan con la rapidez del instinto. Pyanfar se lanzó hacia el otro lado en tanto que Haral, Chur y Hilfy se movían como por un impulso común, interponiéndose entre ella y los demás. Pyanfar tocó levemente el brazo de Kohan: estaba ardiendo, y temblaba.

—Atrás —le dijo—, atrás, Kohan. —Y luego, mirando a Tahy, añadió—: Fuera. Nadie ha vencido ni perdido. Si Kohan rehusó momentáneamente el desafío fue por obra mía. Ahora estoy aquí. Y he venido con Ginas Llun, la cual confirmará todo lo que debo decir. Y también tengo a un Extraño, lo cual es prueba suficiente de que tenemos graves problemas. Hay kif en la estación y han tenido que llamar a las capitanas para defender Gaohn. El problema es tan serio que ahora no podemos permitirnos el lujo de que la especie han se encuentre dividida.

Tahy sacudió la cabeza.

—Hemos estado oyendo una historia muy diferente desde hace ya tiempo. No. Lo quieres arreglar tú sola, pero ya nos encargaremos nosotras. ¿Tanta ayuda necesitaba Kohan como para que tú debieras acabar sacándole a rastras de su escondite? Bueno, también de eso nos encargaremos.

—La estación ha caído —dijo una voz entre las filas de Chanur y una de las capitanas se abrió paso hacia adelante. Era Rhean, seguida por su tripulación—. La noticia acaba de llegar por el comunicador, estuvieron pidiendo ayuda. No es una mentira, ker Mahn.

Al oír esas palabras un murmullo colectivo de abatimiento pareció recorrer a todos los presentes. Ginas Llun dio un paso hacia delante, olvidándose ya de toda su neutralidad.

—¿Cuánto hace de eso, Chanur, cuánto tiempo hace ya de eso?

—El mensaje aún sigue llegando en estos momentos —respondió Kohan, con el rostro absolutamente inexpresivo aunque seguía respirando con dificultad—. Kara Mahn, por mi parte, olvido todo esto. Se acabó. Iros y no volveremos a hablar de ello.

Kara no respondió, Sus ojos parecían nublados, como ausentes, y tenía las orejas pegadas al cráneo. Pero Tahy, aparentemente no tan segura de sí misma, le hizo un gesto a los suyos para que retrocedieran.

—Ya has tenido tu oportunidad —dijo Pyanfar con voz tranquila—. Escúchame; Mahn te pertenece y Tahar no es aliada de nadie. Si llevas adelante el desafío, Tahar estará aquí para lanzarse sobre el vencedor; un vencedor que, en esos momentos, se encontrará agotado, ¿me entiendes? Con eso entrará en posesión de dos Residencias, pues su ambición es mucho mayor que la tuya. Ginas Llun puede decírtelo. Una capitana Tahar, tratando con los kif.

—Maldita sea tu impertinencia —gritó Kahi Tahar mientras que una de sus hermanas interponía un brazo entre él y Pyanfar.

—Eso es mentira —dijo otra voz.

—Quizá —dijo Pyanfar sin perder la calma—, no sea más que un malentendido. Un… un exceso de celo, una lengua que habló sin pensar. Marchaos de aquí y no os perseguiremos. Tahy, sal de aquí. El Pacto está a punto de hacerse pedazos. No es el momento de luchar. Sal de aquí.

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