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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Na Mahn —dijo Kohan—, no sacarías ninguna ventaja de esto.

—Perderás Mahn —dijo Khym de repente, apartando a Hilfy de un empujón—. Escúchame, cachorro, lo perderás todo, ya sea ante Kohan o ante Kahi. Usa tu inteligencia y…

Pero Kara ya había ido más allá del punto en que eso era posible. Sus oscuras pupilas estaban dilatadas al máximo y tenía las orejas casi invisibles entre la melena. Sus fosas nasales eran dos agujeros negros. De pronto lanzó un grito y saltó hacia adelante.

Y Khym saltó al mismo tiempo. Pyanfar giró en redondo y su cuerpo se estrelló sobre el de Kohan unos segundos antes de que su tripulación hiciera lo mismo, al igual que Hilfy y Huran Faha, así como Rhean y su tripulación. Kohan les indicó que se apartaran con un gesto y, dominando el temblor convulsivo de su cuerpo, logró recobrar el controclass="underline" Pyanfar vio cómo sus ojos se clavaban en los dos contrincantes que se revolvían ante él y se dio la vuelta… a tiempo de ver cómo Khym aflojaba lentamente la presa vacilante que mantenía las garras de Kara a unos centímetros de su cuello.

—¡Detentes! —le gritó a Tahy mientras daba un paso adelante e intentaba separarles, luchando por agarrar cualquiera de esos dos cuerpos escurridizos. Un codo se estrelló en su cabeza y Pyanfar se tambaleó por unos segundos para lanzarse de nuevo sobre los contrincantes, mientras que algunos otros imitaban su acción.

—¡Tully! —gritó Hilfy y de pronto un diluvio líquido cayó sobre ellos, derramándose justo sobre el rostro de Kara y salpicando también el suyo, casi ahogándola y haciendo que los ojos le empezaran a llorar incontroladamente. Kara retrocedió lanzando un rugido ofendido y Pyanfar también retrocedió, frotándose los ojos y tosiendo, ayudada por las manos de sus parientes. Por entre las lágrimas que la cegaban, Pyanfar vio a Tully, con una Chanur detrás de él sujetándole los brazos en una fuerte llave, y luego vio a Khym en el suelo y a Kara, que también se frotaba los ojos e intentaba recobrar el aliento. Aún tosiendo, Pyanfar apartó las manos que la sostenían. Conocía bien ese aroma y luego sus ojos encontraron el frasquito en el suelo, ahora vacío: el potente olor de las flores era tan abrumador y tan penetrante que incluso sus irritadas membranas nasales podían percibirlo.

—Tully —logró decir, aún tosiendo, y alargó la mano hacia él para cogerle por la nuca. La Chanur que le había estado sosteniendo le soltó y Pyanfar le atrajo hacia sí, dándole luego una buena palmada en el hombro y volviéndose hacia su hijo, que aún tenía los ojos llenos de lágrimas—. Olvídalo todo, na Kara. Aún tienes en tu poder la residencia de Mahn: con eso basta.

—Fuera de mis tierras —dijo Kohan—. Y tú, Tahar… alégrate de que no sea yo quien te desafíe ahora. Salid ahora mismo de la Residencia Chanur. Y para ti, na Kara… de ti quiero despedirme con más cortesía. Por favor, debemos enfrentarnos con problemas urgentes. No deseo atacarte ahora, aunque podría hacerlo. Piensa en ello.

Kara escupió en el suelo y, dando media vuelta, abandonó la estancia limpiándose los ojos y apartando las manos que intentaban ayudarle, despojado ahora de todo su ímpetu y dignidad anteriores y, junto con ellos, de toda su ventaja. Tahy se quedó inmóvil contemplando a Khym, que se había medio incorporado sobre los codos, con la cabeza abatida. Era el momento de lanzar un último insulto, pero en vez de ello Tahy les hizo una reverencia a los presentes; Pyanfar y Kohan la vieron, pero Khym no llegó a darse cuenta de ese gesto. Luego salió de la estancia, seguida por todos los Mahn.

Kahi Tahar y sus hermanas se quedaron hasta el último instante.

—Marchaos —dijo Kohan, y en el grupo de las Tahar hubo una general agitación de orejas. Pero el viejo acabó volviéndose y salió del salón, llevándose con él a sus hermanas y partidarios.

Kohan lanzó un prolongado y ronco suspiro. Tendió la mano hacia Hilfy y le rodeó los hombros con el brazo, revolviéndole la melena, acariciando el anillo que colgaba de su oreja izquierda. Luego miró a Pyanfar y a Khym, que había logrado ponerse de rodillas. Khym apartó la vista al darse cuenta de que le observaba y finalmente, con un gran esfuerzo, consiguió ponerse en pie para abandonar la estancia, con la cabeza baja y los hombros encorvados, sin mirarle ni una sola vez.

—No tenemos tiempo —dijo Pyanfar—. Lo hiciste todo bien, muy bien.

Kohan suspiró, esta vez con menos fuerza, y asintió, señalando con la mano libre al resto del grupo, indicándoles que fueran hacia la puerta.

—Ker Llun.

—Na Chanur —murmuró Ginas Llun—. Por favor, la estación…

—¿Crees que habrá combates ahí arriba?

—No serán precisamente pequeños —dijo Pyanfar.

—¿Podrás dominar la situación?

—No me vendría mal alguna ayuda de la mansión.

—Iré —dijo Kohan—. Yo mismo subiré allí.

—¿Y le dejarás de ese modo el campo libre a Tahar y a los cachorros? No puedes hacerlo. Préstame a Rhean, Anfy, y sus tripulaciones; y a cualquier otro capaz de manejar un arma. Tenemos que actuar con rapidez.

Kohan lanzó un gruñido y acabó asintiendo.

—Rhean, Anfy, Jofan… escoge a quien desees de la mansión y date prisa —golpeó suavemente el hombro de Hilfy y luego repitió la misma caricia con Haral y Chur. Por último se acercó a Tully, le miró durante largos segundos y extendió la mano, como dispuesto a hacer lo mismo con él; pero no llegó a completar el gesto. Luego se dio la vuelta y se acercó a ellas—, Hilfy —dijo.

—Mi nave —dijo Hilfy—. Es mi nave, padre.

A él le costaba tanto ceder como le costaba a su hija. Kohan hizo un gesto de asentimiento y Hilfy apretó brevemente su enorme mano. Luego se volvió y estrechó las manos de Huran Faha, que le hizo un gesto similar.

—Vamos —dijo Pyanfar—. Vamos, empezad a moveros. Todos. Haré que vuelva, Kohan.

—Volved todas —dijo él. El grupo fue con paso rápido hacia la puerta, en tanto que algunos de sus miembros se detenían unos instantes para coger armas. Pyanfar se retrasó unos segundos y miró a Kohan, viendo la expresión de sus ojos, sus ojos dorados, que ahora estaban llenos de sombras, y notando que había logrado mantener erguidas las orejas.

—En cuanto a mi Extraño… —le dijo—, cuando vuelva lo explicaré todo. No te preocupes y haz que el orden vuelva a reinar en Chanur. Ahora tenemos una ventaja de la que antes no disponíamos, ¿me comprendes?

—Vete —le dijo él con voz muy suave—. Yo arreglaré las cosas aquí. Encárgate del resto, Pyanfar.

Pyanfar le acarició levemente los dedos y se volvió hacia la puerta, cruzando la estancia en una docena de grandes zancadas y saliendo al porche, donde no se veía ya señal alguna del ataque exceptuando los restos pisoteados del jardín y una hilera de vehículos que enfilaban a toda prisa el camino, más allá del muro, huyendo sin ningún disimulo.

Y Khym. Khym estaba ahí, junto a la puerta, agazapado en un rincón apoyando la cabeza en los brazos. En sus hombros de un marrón oscuro relucían las nuevas heridas. Había sobrevivido y ahora seguía sobreviviendo, pese a que tamo su tiempo como sus razones para vivir habían muerto hacía ya mucho.

—Khym —dijo Pyanfar y él levantó la cabeza. Pyanfar empezó a caminar rodeando la mansión, no queriendo tomar el atajo hasta la parte trasera que había utilizado el resto del grupo y donde estaría el transporte necesario.

Khym se puso en pie y la siguió, cojeando un poco al principio y luego ya sin ningún rastro de cojera.

—Estoy cubierto de suciedad —le dijo—. No soy una compañía muy civilizada. Pyanfar se pasó los dedos por la barba y luego los olisqueó, arrugando la nariz al hacerlo.

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