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La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]

Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso huracán se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
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Se volvieron cuando un autobús de dos pisos pintado de color lavanda pasó silenciosamente por el camino, y el conductor los saludó con un gesto. Ambos aparentaron estar discutiendo algo apuntado en la tablilla que sujetaba Giordino, mientras pasaba el vehículo donde viajaban los trabajadores, vestidos con monos de diferentes colores. Todos llevaban cascos y gafas de sol. Pitt y Giordino no pasaron por alto el logo y el nombre de Odyssey pintados en el lateral del autobús. El conductor disminuyó la marcha ante la posibilidad de que ellos quisieran subir, pero Pitt le indicó con un ademán que no parara.

– Un autobús con motor eléctrico -comentó Giordino.

– Es para no contaminar el aire con el monóxido de carbono del escape.

Giordino se acercó a un par de cochecitos de golf eléctricos, que parecían deportivos en miniatura.

– Es muy amable de su parte facilitarnos un medio de transporte. -Se sentó al volante-. ¿Hacia dónde vamos?

– Sigamos el sentido de la marcha de la cinta transportadora -respondió Pitt, después de pensarlo unos segundos-. Ésta podría ser nuestra única oportunidad para confirmar si es la fuente del légamo marrón.

El gigantesco túnel parecía extenderse hasta el infinito. Al parecer el tráfico estaba restringido al transporte de los trabajadores, mientras que las vagonetas del ferrocarril de vía angosta transportaban materiales y rocas. En el panel del cochecito había un velocímetro, y Pitt lo aprovechó para medir la velocidad de la cinta transportadora. Se movía a casi veinte kilómetros por hora.

Pitt observó con atención las obras de acabado del túnel. Tras el paso de la tuneladora, los trabajadores habían instalado unos sistemas de soporte para reforzar la tendencia natural de la piedra a consolidarse. Luego habían rociado las paredes con una gruesa capa de cemento, aplicada neumáticamente a gran velocidad. El transporte del cemento hasta esa distancia seguramente lo habían hecho con bombas impulsoras instaladas desde la entrada hasta donde se encontraba la tuneladora. Después de la capa de cemento habían procedido a cubrirlo todo con una capa impermeabilizante para sellar cualquier posible filtración. Además de garantizar la estanquidad, el cemento y el aislante también mejorarían la circulación de líquidos a través del túnel, un fenómeno que Pitt comenzaba a juzgar como muy posible.

Los focos instalados en el techo iluminaban el túnel de tal manera que el resplandor hacía daño en los ojos. Ambos comprendieron la razón por la que los trabajadores que viajaban en el autobús llevaran gafas de sol. Como si se hubieran puesto de acuerdo, Pitt y Giordino se pusieron las suyas al mismo tiempo.

Una locomotora eléctrica que arrastraba varias bateas cargadas con vigas pasó en dirección opuesta, hacia donde continuaban perforando el túnel. Los maquinistas saludaron a los dos hombres sentados en el cochecito, que respondieron al saludo.

– Todo el mundo parece de lo más amable -comentó Giordino.

– ¿Te has fijado en que los hombres visten monos negros y las mujeres los llevan blancos o verdes?

– Seguramente Specter fue interiorista en una vida anterior.

– Yo diría que es algún tipo de sistema de identificación por grupos -manifestó Pitt.

– Me cortaría una oreja antes de vestirme de color lavanda -refunfuñó Giordino, al recordar súbitamente que vestía un mono blanco-. Creo que me he equivocado de uniforme.

– Ponte un poco de relleno en el pecho.

Giordino no abrió la boca, pero su mirada asesina fue más que suficiente. Una expresión sobria apareció en el rostro de Pitt.

– Me pregunto si estos trabajadores tienen alguna idea del contenido tóxico de la piedra molida que arrojan al mar.

– La tendrán -afirmó Giordino- cuando se queden sin la cabellera y se les disuelvan los órganos internos.

Continuaron avanzando, conscientes de la atmósfera artificial a esa profundidad debajo de la tierra y el mar. Pasaron por delante de las bocas de varios túneles transversales más pequeños, situados a la izquierda, que despertaron su curiosidad. Por lo visto había otro túnel paralelo que estaba comunicado por los transversales cada mil metros. Pitt consideró que debía de tratarse de un túnel de servicio, por donde pasarían las conducciones eléctricas.

– Aquí tenemos la explicación para los temblores de tierra en la superficie -dijo-. No utilizaron la tuneladora para estos túneles más pequeños. Los excavaron con el sistema clásico de las explosiones y los martillos neumáticos.

– ¿Quieres que entremos en alguno?

– Más tarde -respondió Pitt-. Sigamos para ver hasta dónde nos lleva la cinta transportadora.

Giordino estaba asombrado ante la potencia del motor del cochecito. Aceleró hasta alcanzar una velocidad de ochenta kilómetros por hora y no tardó mucho en adelantar a los otros vehículos que circulaban por la carretera.

– Será mejor que bajes la velocidad. No nos conviene llamar la atención.

– ¿Crees que aquí abajo tendrán agentes de tráfico?

– No, pero el Gran Hermano nos vigila -replicó Pitt al tiempo que le señalaba discretamente una cámara instalada entre el enrejado que sostenía los focos.

Giordino redujo la velocidad muy a su pesar y se situó detrás de un autobús que circulaba en la misma dirección. Pitt comenzó a medir el horario de los autobuses y calculó rápidamente que pasaba uno cada veinte minutos y se detenían en las paradas cada vez que algún trabajador necesitaba apearse o subir.

Sólo era cuestión de tiempo antes de que los técnicos del cambio de turno entraran en la sala de control del sistema de ventilación y encontraran a sus compañeros atados y amordazados en el suelo. Hasta el momento no había sonado ninguna alarma, ni tampoco habían visto a los guardias de seguridad recorrer los túneles como si buscaran a alguien en concreto.

– Nos estamos acercando a algo importante -avisó Giordino.

El golpeteo sonó cada vez más fuerte a medida que se acercaban a lo que Pitt identificó enseguida como una enorme estación de bombeo. La piedra molida que llegaba por la cinta transportadora caía al interior de una inmensa cuba. A partir de allí, las bombas -que tenían el tamaño de un edificio de tres pisos- la enviaban a través de unos tubos de gran diámetro. Tal como Pitt había deducido, era en ese punto donde se impulsaban la roca y la tierra contaminadas hasta el mar donde el Poco Bonito había embarrancado. Más allá de la estación de bombeo había unas enormes puertas de acero.

– El enigma es cada vez mayor -comentó Pitt pensativamente-. Estas bombas son monumentales, con una capacidad suficiente para bombear diez veces el material que bombean ahora. Tienen que utilizarse para algún otro propósito.

– Es probable que las desmantelen una vez acabado el túnel.

– No lo creo. Esto tiene todo el aspecto de ser una estación permanente.

– Me pregunto qué habrá al otro lado de esas puertas -dijo Giordino.

– El mar de las Antillas -respondió Pitt-. Debemos de estar a kilómetros de la costa y muy por debajo de la superficie del mar.

La mirada de Giordino no se apartaba de las puertas.

– ¿Cómo demonios habrán conseguido excavar todo esto?

– Comenzaron con una excavación de un portal a cielo abierto en la costa. A continuación, abrieron un túnel de inicio con otro tipo de máquina, que se llama excavadora de cabecera. Cuando llegaron a la profundidad deseada, trajeron la tuneladora y la montaron en el túnel. Perforó hacia el este debajo del mar, y luego la desmontaron para volver a montarla esta vez en dirección opuesta, hacia el este.

– ¿Cómo es posible mantener en secreto una operación de tal envergadura?

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