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La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]

Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso huracán se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
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– Ya te ha salido de nuevo el maestrillo. No me digas que has hecho un curso básico de construcción de túneles de viento.

– ¿Te has olvidado de que en una de las vacaciones de verano en la academia de la Fuerza Aérea trabajé en una mina de plata en Leadville, Colorado? -replicó Pitt.

– Lo recuerdo. -Giordino sonrió-. Yo pasé aquel verano como salvavidas en Malibú.

Miró entre los huecos de la tela metálica. Había un resplandor que llegaba desde abajo. Caminó alrededor de la jaula hasta que encontró el cerrojo.

– Está asegurado por dentro -comentó-. Tendremos que cortar los alambres.

Pitt sacó un cortaalambres pequeño de la mochila.

– Me pareció oportuno traerlo por si teníamos que cortar el alambre de espino.

Giordino cogió la herramienta y le echó una ojeada a la luz del resplandor.

– Tiene buen apecto. Servirá. Ahora apártate un poco mientras el maestro crea una entrada.

Parecía sencillo, pero no lo fue. Giordino sudaba a mares cuando al cabo de veinticinco minutos consiguió practicar un agujero lo bastante grande para abrirse paso. Le devolvió el cortaalambres a Pitt, retiró el trozo cortado y espió al interior del pozo de sección cuadrada, de unos cinco metros de lado, que servía como paso para el aire extraído de un túnel que estaba mucho más abajo. Un tubo circular de metal ocupaba una de las esquinas. Se trataba del túnel de acceso, con una escalerilla que parecía desaparecer en un pozo sin fondo.

– Es para las tareas de mantenimiento, por si hay que hacer alguna reparación en los extractores -gritó Pitt, para hacerse escuchar por encima del estruendo-. También sirve como salida de emergencia para los trabajadores si se produce algún incendio o derrumbe en el túnel principal.

Giordino entró en el tubo con los pies por delante para apoyarse en los escalones. Hizo una pausa para mirar a Pitt con una expresión agria.

– ¡Espero no tener que lamentarlo! -gritó por encima del ruido de los extractores, y comenzó a descender.

Pitt agradeció que el tubo estuviese iluminado. Después de bajar unos quince metros, se detuvo y miró hacia abajo. Todo lo que vio fueron los peldaños que se perdían en el infinito, como las vías de un ferrocarril. No se veía el fondo.

Sacó un pañuelo de papel del bolsillo, cortó dos trozos pequeños, los hizo una bolita y se los metió en los oídos a modo de tapones, para protegerse del ruido. Además de los extractores principales, habían instalado otros secundarios cada treinta metros a fin de mantener la presión necesaria para sacar el aire viciado a la superficie.

Después de lo que pareció una eternidad, y que Giordino calculó había sido un descenso de ciento cincuenta metros, se detuvo y agitó una mano. Se veía el final de la escalerilla. Lenta, cuidadosamente, invirtió su posición hasta quedar cabeza abajo. Luego continuó bajando hasta ver lo que parecía ser el techo de un pequeño centro de control que dirigía los gases, la temperatura y el funcionamiento de los extractores.

Pitt y Giordino estaban mucho más abajo de los extractores principales y ahora podían conversar en voz baja. Giordino había vuelto a la posición normal y se dirigió a Pitt, que había bajado hasta situarse a su lado.

– ¿Cuál es la situación? -preguntó Pitt.

– La escalera pasa a través de un centro de control de los sistemas de ventilación, que está a unos cinco metros por encima del suelo del túnel. Hay un hombre y una mujer sentados delante de las consolas. Afortunadamente, están de espaldas a la escalera. Creo que podremos dejarlos fuera de combate antes de que se den cuenta de nuestra presencia.

Pitt miró los oscuros ojos de Giordino, que estaban a solo un palmo de los suyos.

– ¿Cómo quieres hacerlo?

En el rostro de Giordino apareció una sonrisa burlona.

– Yo me encargaré del hombre. Tú eres mucho mejor que yo cuando se trata de dejar incapacitada a una mujer.

– Menudo gallina -replicó Pitt.

No perdieron más tiempo y continuaron bajando hasta la sala de control, en el más absoluto silencio. Los encargados del sistema -el hombre vestido con un mono negro y la mujer con otro blanco- vigilaban atentamente los aparatos y no vieron el reflejo de sus asaltantes en las pantallas hasta que fue demasiado tarde.

Giordino atacó por un costado y descargó un tremendo gancho de derecha contra la mandíbula del hombre. Pitt optó por golpear a la mujer en la nuca. Ambos se desplomaron con un leve gemido.

Agachado para que no lo vieran a través de la ventana, Pitt sacó un rollo de cinta adhesiva de la mochila y se lo arrojó a Giordino.

– Átalos mientras yo les quito los monos.

Tardaron menos de tres minutos en desnudar, atar y amordazar a los dos encargados inconscientes, tras lo cual los empujaron debajo de las mesas para que no los vieran desde el exterior. Pitt se vistió con el mono negro, que le iba holgado, mientras que Giordino reventó las costuras del mono blanco de la mujer. Encontraron dos cascos a juego en un estante y se los pusieron. Pitt se echó la mochila al hombro, y Giordino se hizo con una tablilla y un lápiz para completar el disfraz. Luego, bajaron la escalera hasta el túnel.

En cuanto se orientaron y miraron en derredor, Pitt y Giordino se quedaron boquiabiertos ante el increíble espectáculo, con los ojos entrecerrados para protegerlos del brillo de las luces.

Aquel no era un túnel ferroviario cualquiera. No era un túnel ferroviario en absoluto.

29

El túnel con forma de herradura era mucho más inmenso de lo que él o Giordino podían haberse imaginado. Pitt tuvo la sensación de encontrarse en una fantasía de Julio Verne. Calculó que el diámetro del túnel sería de unos quince metros, mucho más ancho que cualquier otro túnel existente. El diámetro del túnel del canal de la Mancha, que une Inglaterra y Francia, es de poco más de siete metros y el de Seikan, que conecta Honshu con Hokkaido, no llega a diez.

El batir de los extractores fue reemplazado por un zumbido que resonaba por todo el túnel. Encima de ellos, montada en una hilera de vigas de acero, una enorme cinta transportadora se movía en dirección al este. En lugar de verse piedras de un tamaño entre treinta y cuarenta centímetros, las rocas habían sido desmenuzadas hasta convertirlas en arena.

– Ahí tienes el origen del légamo marrón -dijo Pitt-. Muelen las piedras hasta convertirlas en polvo, para poder enviarlo a través de una cañería hasta el mar.

Debajo de la cinta transportadora estaban las vías de ferrocarril y un camino pavimentado. Pitt se arrodilló para mirar de cerca los rieles y las uniones.

– Es un tren eléctrico, como el Metro de Nueva York.

– Ten cuidado con el tercer riel -le advirtió Giordino-. No sabemos cuál es el voltaje.

– Seguramente han instalado subestaciones generadoras cada pocos kilómetros para disponer de electricidad.

– ¿Vas a poner un penique en el riel? -preguntó Giordino, con tono burlón.

Pitt se levantó para mirar a lo lejos.

– Es imposible que esta vía permita la circulación de trenes de carga a una velocidad de trescientos ochenta kilómetros por hora. Los rieles son de baja calidad y las uniones metálicas están demasiado separadas. Por si fuera poco, la trocha normal es de un metro cuarenta y tres centímetros. Estos están separados unos noventa centímetros, o sea que es un ferrocarril de vía angosta.

– Lo han construido para transportar equipos y como apoyo de las tuneladoras.

– ¿Cómo lo has sabido? -preguntó Pitt, que miró a su compañero con una expresión de sorpresa.

– Recuerdo haber leído algo sobre las tuneladoras.

– Eso te convierte en el primero de la clase. Efectivamente, este túnel fue excavado por una tuneladora, una muy grande.

– Quizá su intención es reemplazar los rieles más tarde -apuntó Giordino.

– ¿Por qué esperar a que todo el túnel esté acabado? Lo lógico sería que, para ahorrar tiempo, fueran colocando los rieles en cuanto acabara de pasar la tuneladora. -Pitt sacudió la cabeza pensativamente-. No han construido un túnel de estas dimensiones para destinarlo al servicio ferroviario. Tiene que tener algún otro propósito.

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