La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]
- Автор: Касслер Клайв
- Серия: Dirk Pitt (es) #17
- Язык: испанский
- Переводчик: Alberto Coscarelli
- Жанр: Боевики
Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
– ¿Los españoles tuvieron éxito? -preguntó Pitt.
– Desde luego que sí, desde luego. -Rathbone agitó las manos-. Aunque no del todo. Henry Morgan y sir Francis Drake remontaron el río, pero no consiguieron pasar El Castillo para llegar hasta el lago. Unos cien años más tarde, los siguió Horatio Nelson, cuando no era más que un capitán. Navegó río arriba con una flotilla y atacó El Castillo, que todavía se alzaba. El asalto fracasó. Fue la única vez en su carrera que perdió una batalla. Recordó la vergüenza por todo el resto de su vida.
– ¿Por qué? -preguntó Giordino.
– Porque perdió un ojo durante el ataque.
– ¿El derecho o el izquierdo?
Rathbone pensó durante un momento, al no captar la broma, y luego se encogió de hombros.
– No lo recuerdo.
Pitt bebió un sorbo de tequila.
– ¿Durante cuánto tiempo controlaron el río los españoles?
– Más o menos hasta 1850 y el comienzo de la fiebre del oro en California. El comodoro Vanderbilt, un magnate ferroviario y naviero, aprovechó la ocasión. Llegó a un acuerdo con los españoles para ofrecer un servicio de transporte a los buscadores que habían sacado pasaje en sus barcos en Nueva York y Boston para el largo viaje hasta California. Los pasajeros llegaban a San Juan del Norte, donde hacían transbordo a los barcos fluviales. Luego remontaban el San Juan y cruzaban el lago hasta La Virgen. Desde allí, solo tenían que recorrer unos veinte kilómetros en diligencia hasta el pequeño puerto de San Juan del Sur, en el Pacífico, donde una vez más subían a bordo de los vapores de Vanderbilt, que los llevaban hasta San Francisco.
»Los buscadores no sólo se ahorraban centenares de kilómetros al no tener que dar la vuelta al cabo de Hornos, sino que también se evitaban otros mil porque no pasaban por el itsmo de Panamá al sur.
– ¿Cuándo acabó el tráfico fluvial? -preguntó Pitt.
– La Accesory Transit Company, como la llamó Vanderbilt, cesó en sus actividades con la construcción del canal de Panamá. El comodoro construyó una enorme mansión en San Juan del Norte, que todavía existe, aunque está abandonada. El río cayó en el olvido durante ochenta años, hasta que a partir de 1990 se convirtió en una atracción turística.
– Parece un trazado mucho más lógico para un canal que el de Panamá.
Rathbone sacudió la cabeza con una expresión apenada.
– Efectivamente, efectivamente, pero las jugarretas políticas de su presidente Roosevelt hicieron que lo llevaran centenares de kilómetros más al sur.
– Aun así, se podría cavar un canal en esta zona -opinó Giordino pensativamente.
– Es demasiado tarde. Hay poderosos intereses comerciales que defienden la exclusividad del canal. Por otra parte, los movimientos ecologistas se opondrían con uñas y dientes. Aun en el caso de que el gobierno nicaragüense diera el visto bueno, no encontrarían a nadie dispuesto a financiarlo.
– Alguien me comentó que una empresa estaba interesada en construir un túnel ferroviario que atravesaría el país de un océano al otro.
Rathbone contempló el río durante unos instantes.
– Durante algunos meses circularon rumores al respecto, pero nada concreto. Vinieron unos cuantos equipos de prospección que recorrieron la selva. Los helicópteros iban y venían incesantemente. Los geólogos y los ingenieros llenaron mis hoteles y bebieron mi whisky, pero después de casi un año hicieron las maletas, regresaron a sus casas y allí acabó todo.
Giordino se acabó la ginebra y pidió otra.
– ¿Ninguno volvió por aquí?
– No que yo sepa. -Rathbone sacudió la cabeza.
– ¿Dieron alguna razón para abandonar el proyecto? -preguntó Pitt.
El viejo volvió a sacudir la cabeza.
– No encontré a nadie que supiera más que yo. Rescindieron los contratos y les pagaron. Al parecer, todo se llevó a cabo muy en secreto. La noche anterior a la partida, uno de los ingenieros que estaba borracho me dijo que a él y a sus compañeros les habían hecho jurar que guardarían el secreto.
– ¿La empresa contratista se llamaba Odyssey?
Rathbone pareció un tanto sorprendido al escuchar el nombre.
– Sí, ese era el nombre, ese era. Odyssey. El dueño incluso se alojó en mi hotel, en El Castillo. Un tipo enorme. Debía de pesar cerca de los doscientos kilos. Dijo llamarse Specter. Muy extraño. Nunca le vi el rostro. Siempre iba rodeado por una comitiva, la mayoría mujeres.
– ¿Mujeres? -Giordino se animó.
– Muy atractivas, pero también muy profesionales. Distantes, muy eficaces. Nunca hablaban ni se mostraban dispuestas a tratar mucho con la gente del lugar.
– ¿Cómo llegaron hasta aquí? -quiso saber Pitt.
– Vinieron y se fueron en un enorme hidroavión, pintado como una orquídea.
– ¿Lavanda?
– Sí, quizá era lavanda.
Giordino agitó la ginebra que tenía en la copa.
– ¿Llegó a saber por qué abandonaron el proyecto?
– Los rumores mencionaron cincuenta razones, pero ninguna tenía el menor sentido. Mis amigos en el gobierno en Managua se mostraron tan sorprendidos como todos los demás que vivimos a lo largo del río. Afirmaron que ellos no tenían culpa alguna. Le habían ofrecido a Odyssey todos los beneficios y ventajas posibles, dado que el proyecto habría sido un gran paso en favor de la economía nicaragüense. En mi opinión, Specter encontró otros proyectos más rentables para su empresa y se largó.
En aquel momento notaron como la tierra se sacudía, y los cubitos de hielo tintinearon en las copas al tiempo que el contenido se agitó como si cayeran las gotas de una lluvia invisible. Las copas de los árboles oscilaron y las aves remontaron el vuelo espantadas. También se escucharon los lamentos de los animales.
– Un terremoto -comentó Giordino con tono indiferente.
– Un temblor de tierra de poca monta -dijo Pitt. Bebió otro sorbo de tequila.
– No parecen ustedes muy preocupados por los temblores de tierra -manifestó Rathbone, sorprendido.
– Crecimos en California -le explicó Giordino.
Pitt intercambió una mirada con su compañero.
– Me pregunto si se producirán más temblores mientras continuemos nuestro viaje río arriba.
– Lo dudo -respondió Rathbone, que parecía inquieto-. Van y vienen como los truenos, pero muy de cuando en cuando y no provocan ningún daño. Los nativos son muy supersticiosos. Creen que han regresado los antiguos dioses y que ahora viven en la selva. -Calló mientras se levantaba lentamente con gran esfuerzo. No parecía tener mucho equilibrio-. Caballeros, gracias por la copa. Ha sido un placer hablar con ustedes. Pero con la edad llega el deseo de retirarse temprano. ¿Nos volveremos a ver mañana?
Pitt se levantó para estrecharle la mano.
– Quizá. Es probable que por la mañana salgamos a dar un paseo para disfrutar del panorama y continuemos el viaje a última hora de la tarde.
– Nos gustaría pasar un día en El Castillo y ver las ruinas de la fortaleza antes de seguir viaje hasta el lago de Nicaragua -añadió Giordino.
– Mucho me temo que sólo podrán ver la fortaleza desde lejos -dijo Rathbone-. La policía ha cerrado todo el recinto y no se admiten visitas. Afirman que está en malas condiciones y que las multitudes empeoran la situación. Para mí no son más que excusas; la lluvia provoca mucho más daño que las pisadas de unos pocos turistas.
– ¿La policía nicaragüense vigila la fortaleza?
– Hay más vigilancia que en una fábrica de bombas atómicas. Cámaras, perros y una cerca de alambre de espino de tres metros de altura. Uno de los habitantes de El Castillo, un tipo llamado Jesús Diego, se dejó llevar por la curiosidad e intentó saltarse los controles. Al pobre hombre lo encontraron colgado en un árbol de la ribera.