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La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]

Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso huracán se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
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Pasó un brazo por detrás del peldaño para mantener el equilibrio y utilizó las dos manos para sujetar el cerrojo y tirar. El cerrojo se deslizó sin resistencia. Luego Pitt se puso de lado hasta tener el hombro apoyado contra la tapa y empujó.

Se movió un milímetro como mucho.

– Tendremos que hacerlo entre los dos -gritó.

Giordino subió hasta ponerse un peldaño por encima de Pitt, para compensar la diferencia de estatura. Era el lobo que equiparaba fuerzas con el oso. Apoyaron los hombros contra la pesada tapa de hierro, y empujaron con todas sus fuerzas.

La tapa se resistió, se movió un par de centímetros y luego se atascó.

– Maldita tapa -masculló Giordino.

– Vamos a intentarlo de nuevo con ganas -propuso Pitt.

– A la de tres.

Se miraron el uno al otro por un segundo y asintieron.

– A la una, a las dos y a las tres -contó Pitt.

Empujaron con toda la fuerza de que eran capaces. La tapa aguantó durante unos segundos. Luego comenzó a levantarse poco a poco, y con un agudo rechinar se abrió bruscamente del todo y golpeó contra una de las paredes del pozo de ventilación. Miraron hacia arriba y, aunque reinaba en él la oscuridad más absoluta, el hueco les pareció una escalera al paraíso.

– Me pregunto dónde saldrá -murmuró Giordino, entre jadeos.

– No tengo idea, pero vamos a descubrirlo.

Giordino apretó el brazo de Pitt.

– Espera. Por si acaso los gorilas de Specter vienen a buscarnos, vamos a dejarles una pista falsa.

Bajó la escalerilla y subió al coche de los guardias. Con el cinturón de los pantalones cortos, ató el volante para que las ruedas delanteras quedaran fijas en línea recta. Después desmontó el asiento del conductor y le dio la vuelta para hacer que el borde superior del respaldo mantuviera apretado a fondo el acelerador. Por último, se bajó del coche y dio el contacto.

El coche se alejó como un proyectil por el túnel, con los faros trazando extrañas trayectorias en la oscuridad. Cien metros más allá golpeó contra una de las paredes del túnel, se desvió hacia el otro lado, donde chocó de nuevo, y siguió su marcha en zigzag, golpeando con una pared y la otra hasta que desapareció en la distancia acompañado por el estrépito de los golpes.

– Me preguntó qué le dirá Specter al perito de la compañía de seguros -dijo Giordino.

Se volvió para mirar a su compañero, pero Pitt ya había comenzado a subir.

Pitt no había advertido hasta entonces cómo la tensión y los esfuerzos de las últimas horas habían afectado a sus músculos. Subió poco a poco, dispuesto a conservar las fuerzas. Experimentó un amago de claustrofobia mientras subía en la más total oscuridad. Comenzó a contar los peldaños y se detuvo cada vez que llegaba al número cincuenta, para recuperar el aliento. Había una separación de treinta centímetros entre cada uno, así que era una simple operación aritmética calcular la distancia que habían subido.

Cuando habían bajado por el pozo de ventilación de El Castillo hasta la cabina de control, la gravedad los había ayudado; ahora se habían convertido en una desventaja.

Pitt se detuvo en el peldaño trescientos cincuenta y esperó a Giordino.

– ¿Crees que esta escalera tiene un final? -jadeó Giordino.

– Perdona el tópico -replicó Pitt entre jadeos-, pero hay una luz al final del túnel.

Giordino miró hacia arriba y vio un débil resplandor a lo lejos. Le pareció que estaba como a diez kilómetros.

– ¿Hay alguna posibilidad de que se acerque?

– Sólo ruega para que no se aleje.

Continuaron subiendo, en un silencio cada vez más siniestro. El resplandor se hacía más intenso y grande con una lentitud desesperante. El agua chorreaba por las paredes y los escalones. Tenían las manos desolladas y sangrantes por el roce con los escalones.

Por fin, el resplandor se convirtió en una luz brillante y la proximidad les dio nuevos bríos. Pitt comenzó a subir los peldaños de dos en dos, sin preocuparse de ahorrar fuerzas. Ahora solo les quedaban un par de metros.

Con un esfuerzo final que lo llevó al borde del agotamiento, llegó a la tela metálica que tapaba la salida del pozo. Se sujetó con las manos llagadas y sangrantes, mientras recuperaba el aliento.

– Hemos llegado -anunció.

Giordino no tardó en llegar a su lado.

– No me veo con fuerzas para cortar los alambres -jadeó.

En cuanto se le normalizó la respiración y se aliviaron los calambres, Pitt metió la mano en la mochila, sacó el corta alambres y atacó la tela metálica.

– Lo haremos por turnos.

Había cortado apenas unos veinte centímetros cuando tuvo que parar porque ya no podía con los brazos. Se hizo a un lado y le pasó la herramienta a Giordino. Debido a la sangre en las manos, casi se le resbaló de los dedos. Pitt contuvo el aliento, pero Giordino alcanzó a sujetarla antes de que se perdieran de vista en la oscuridad del pozo.

– Sujétala bien -dijo Pitt, con una sonrisa severa-. No creo que te agrade tener que bajar a buscarla y subir de nuevo.

– Antes me suicido -murmuró Giordino.

Trabajó durante diez minutos antes de permitir que su compañero lo relevara.

Tardaron casi una hora en abrir un hueco lo bastante amplio para colarse. Una vez pasada la tela metálica que ocultaba la luz exterior, Pitt se quedó ciego, por unos momentos, ante la fuerza del sol. Se puso las gafas para protegerse los ojos hasta que se habituaran al cambio, después del tiempo pasado en la oscuridad.

Cuando miró en derredor comprobó que se encontraba en una habitación redonda con las paredes de cristal. Mientras Giordino pasaba por el agujero, Pitt caminó alrededor de la habitación de cristal y disfrutó de la magnífica visión panorámica de un enorme lago salpicado de islas.

– ¿Dónde hemos salido? -preguntó Giordino.

Pitt se volvió y lo miró con una expresión risueña.

– No vas a creerlo, pero estamos en lo alto de un faro.

– ¡Un faro! -exclamó Sandecker cuando escuchó la descripción que le ofrecía Pitt a través del teléfono. Su voz revelaba el entusiasmo que experimentaba al saber que ambos estaban sanos y salvos.

– Sí, señor. -Un eco acompañaba la voz de Pitt-. Specter lo construyó como decorado.

– ¿Decorado?

– Una estructura construida para que parecieran las ruinas de un viejo castillo, o algún otro edificio antiguo -le explicó Gunn. Se inclinó sobre el teléfono-. ¿Nos estás diciendo que construyeron el faro para ocultar un pozo de ventilación que llega hasta el túnel?

– Exactamente -asintió Pitt.

Sandecker cogió uno de sus puros y lo hizo rodar entre los dedos.

– Tu historia suena a cuento de hadas.

– Es verdad hasta la última palabra -replicó Pitt.

– ¿Una tuneladora capaz de perforar un kilómetro y medio de roca al día?

– Solo así se explica que pudieran excavar cuatro túneles, cada uno de casi doscientos cincuenta kilómetros de largo, en el tiempo en que lo hicieron.

– Si no es para un ferrocarril, ¿para qué son? -preguntó Gunn.

– A nosotros no nos lo preguntes. No tenemos idea. Las estaciones de bombeo en cada extremo de los túneles sugieren que la intención es llenarlos con agua, pero eso no tiene mucho sentido.

– He grabado tu informe -dijo Sandecker-, y se lo pasaré a Yaeger para que busque algunas posibles respuestas hasta que llegues y nos des una explicación más detallada.

– También tengo las fotos tomadas con una cámara digital.

– Perfecto. Necesitaremos hasta la última prueba que hayáis recogido.

– Dirk -llamó Gunn.

– Dime, Rudi.

– Tengo calculada vuestra posición. Estáis a solo cincuenta kilómetros de San Carlos. Contrataré un helicóptero. Tardará unas dos horas en llegar al faro.

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