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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– ¿Va a matarme? No le servirá de nada. Vienen de camino.

Don Alberto se sentó como agotado, dejándose caer en una butaca frente a Víctor.

– Insobornable, ¿verdad?

– Verdad. ¿Va a matarme o no?

– No digas tonterías. ¿Qué artista destroza su obra maestra?

– ¿Va usted a contarme qué está sucediendo aquí, don Alberto?

– Es una larga historia, hijo.

– Me gusta escuchar. Por otra parte, cuando lo detengan tendrá tiempo de sobra para hablar conmigo.

– A mí no va a detenerme nadie -negó el aristócrata mirando a su criado-. En fin, sea como dices. Te contaré una historia. No temas, es breve. Yo no nací en España y mi nombre no es Alberto Aldanza. Me llamo Pierre, Pierre-Marie Bertrand y nací en París hace ahora cincuenta y un años. Mi padre murió antes de que yo viniera al mundo, en un duelo por el honor de mi madre. ¡Ya ves, qué ironía! Debía de ser un auténtico idiota. Dejarse matar defendiendo la virtud de la puta más viciosa de París. Mi madre tenía más dinero del que podía gastar, y digamos que la vida de la aristocracia parisiense ofrece muchos placeres y deleites. Vamos, que crecí en un ambiente decadente y frívolo, hedonista, diría yo. En fin, ella se encargó de iniciarme en el arte del amor cuando tenía once años. Repugnante, ¿verdad? Hace unos años me hice visitar en Boston por un psiquiatra eminente, Fergusson se llamaba. Yo creía que aún tenía salvación. Él situaba la causa de mi «desequilibrio» en esta primera experiencia incestuosa. Psicópata me llamó según creo. En definitiva, que a los quince estaba ya asqueado del mundo de la carne. Sabía lo que era estar con un hombre, con una mujer, con…, bueno, te ahorraré los detalles de mis primeros años. Ya se sabe, Víctor, que a veces huimos de lo que nos imponen nuestros padres, así que a los veinte me fui a Chile. No creas, llegué allí con lo puesto. No quería recordar nada de mi vida anterior y adquirí un nuevo nombre: Alberto Aldanza. Conocí allí, sírveme vino, Lucas, a un geólogo alemán con el que me asocié. Localizamos dos yacimientos de nitratos que parecían vírgenes. Fue un juego de niños comprar aquellas tierras a dos campesinos analfabetos que no sabían lo que valían. Así que explotamos dos minas que nos hicieron ricos y a los cinco años las vendimos por un dineral. Tenía veinticinco años y más dinero del que podría gastar en varias vidas. Por cierto, senté la cabeza y me casé con una joven perteneciente a la nobleza criolla de aquel país: era una belleza y una dama ardiente, muy ardiente. Yo, por mi parte, iba a la iglesia, pagaba mis impuestos y llevaba una vida totalmente normal.

»Una noche, lo recuerdo bien, haciendo el amor con mi esposa, Inmaculada, salió la bestia que llevaba dentro. Ella tenía los senos al aire, la blusa abierta y jadeaba. Comencé a golpearla suavemente con una fusta. Ella disfrutaba y me pidió más. Parecía excitada con aquello. Me sentí muy exaltado. En fin, supongo que me dejé llevar por la pasión, tomé un abrecartas de su mesita de noche y… Te ahorraré detalles una vez más. Después de aquello tuve que salir por piernas de Chile, porque su familia era poderosa. Pasé a Argentina, luego a Brasil, Perú, conocí toda Sudamérica. Luego fui a Estados Unidos y Canadá. Deberías visitar Alaska, un lugar indómito e inexplorado. Por cierto, recordando pasadas fechorías, te diré que me hace mucha gracia cuando te veo convertido en tan convencido defensor de la justicia y la ley. Eso no existe. No hay justicia en este mundo, Víctor. Si las víctimas son pobres, nadie se interesa por ellas, y en aquellos países casi no hay policía. Tampoco creas que hay mucha diferencia en ello con el Viejo Continente; aquí todas las policías son ineptas, ineficaces y, en la mayoría de los casos, corruptas. El caso es que un par de veces estuvieron a punto de capturarme: una en Brasil y otra en Bolivia. Pude salir con bien aflojando la bolsa. Luego, mis gustos fueron variando. Comencé con las jovencitas, ya sabes, sexo y dolor (según mister Fergusson, soy lo que se dice un sádico). Luego continué con los jovencitos, niños, viejas, grupos, en fin…

– Me ahorrará detalles, ¿verdad?

– Sí.

– Se lo agradezco.

– No hay de qué. Fui perdiendo interés, ¿sabes? Y tiene gracia, Víctor, porque resulta que una de esas jovencitas, a la que yo creía virgen e inexperta, me contagió nada menos que la sífilis. Se vengó de mí, rediez. Me la diagnosticaron en América del Norte. Me muero, Víctor. Por eso voy tanto a Segovia. Hay allí un curandero que entre purgas, tisanas, infusiones y sangrías me mantiene medio en pie. No me quedan ni tres meses. El mal ha llegado al cerebro y no pienso acabar medio lelo, te lo aseguro. Cuando supe que me moría, perdí el interés por matar. Ya no disfrutaba como antes. Si pudiera sentir remordimientos, el doctor Fergusson decía que no, diría que comencé a sentirlos. O algo parecido. Pensé que, en efecto, en este mundo no había justicia. ¿Sabes la de gente que muere quedando impunes sus asesinatos? ¿Sabes cuántos pervertidos como yo he conocido en los cinco continentes? Pensé que no era justo que todas esas pobres criaturas de los arrabales de Río, Lima o Nueva York no tuvieran defensor alguno y decidí legar a la humanidad algo especiaclass="underline" el detective más preparado del mundo. Mi obra maestra. Y ése eres tú. Simplemente quise nivelar la balanza en la lucha entre el bien y el mal. Jugué a Dios desarrollando un escenario más justo para el futuro. Yo lo tuve demasiado fácil, ojalá hubiera tenido que vérmelas con alguien como tú. Todo habría sido menos aburrido. Vamos, que decidí hacer una buena obra. Por aquel entonces recalé en Madrid y conocí a don Armando.

– ¿Don Armando sabía que usted…?

– ¡No, hombre, no! El bueno del sargento me tenía por un noble excéntrico pero de buenas intenciones que disfrutaba cazando criminales en lugar de faisanes. Hablaba de ti como de un hijo. Te describió a la perfección y supe que eras mi hombre. Tenías la capacidad intelectual, la perspicacia, el talento, y yo, la sabiduría y el dominio de las más modernas técnicas. No podía fallar. Pero un gran detective necesita un gran caso que le haga famoso y yo te lo fabriqué. Don Bernabé se puso en mis manos y pensé que era el medio ideal. Lo preparé todo concienzudamente. Hice que todo apuntara hacia Gerardo de La Calle. Helena me ayudó. Se caracterizaba muy bien, y el detalle del acento extranjero ayudaba a disimular que era española. Tú lo hiciste bien, aunque es cierto que yo te iba enseñando lo que necesitabas: dactiloscopia, antropología forense, discriminar fibras y conocimientos de botánica. Te fui modelando como se hace con un trozo de barro. Un pegote de tierra mojada que el alfarero, el artista, puede convertir en algo sublime.

– ¿Y permitió que cometieran los crímenes sólo para darme un gran caso?

Don Alberto se echó a reír golpeándose la parte superior de los muslos.

– Para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos, hijo; además, ¿de dónde crees que salieron los hígados, los riñones, los pulmones y los huesos que utilizábamos en nuestros estudios? ¿De verdad crees que me los daban en el cementerio? ¿En un país tan profundamente católico como éste? Si no fuera por esas pobres chicas, no sabrías distinguir el hígado de un envenenado de una morcilla.

Víctor comenzó a sentir arcadas.

Se sintió morir. Aquel era el precio para convertirse en un gran investigador, un detective a la última, de los nuevos tiempos. Sólo había un problema: que él no quería pagarlo y llevar sobre la conciencia tanta muerte.

Pensó que ese estigma le perseguiría toda la vida; era el juguete de Aldanza, el subproducto de una mente enferma, retorcida. Le invadió una insoportable sensación de asco y se repitieron las arcadas.

– No seas débil, Víctor.

– ¡Es usted un monstruo!

– Sí, ahora insúltame, pero gracias a mí no habrá detective que te iguale en Europa. ¡Qué digo Europa, en el mundo! Yo lo preparé todo a conciencia. Tú detendrías a ese bufón obeso de don Gerardo llevándote la gloria. Todo iba como la seda, pero el muy imbécil sospechó de su padre y se presentó aquí en medio de una de nuestras orgías. Tuvimos que eliminarlo. Supe entonces que tarde o temprano tendría que ponerte sobre la pista de don Bernabé. A fin de cuentas, éste era tu gran caso.

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