El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
»Por mi parte, mi madre, sola, con un hijo y en un puerto de mar, se convirtió en prostituta y murió de sífilis. Viví de cerca la dureza del orfanato, viví con una familia de adopción, por lo que hasta me cambiaron el apellido, y juré que algún día me haría con la fortuna del Indiano. Yo conocía toda la historia y sabía que Diego Vicente Reinosa llevaba siempre consigo el tesoro, así que me vine a España. Por aquel entonces ya me ganaba la vida con mi oficio. Conocía las leyendas de fantasmas acerca de la casa y supe que estaba deshabitada, así que pensé que me resultaría fácil deslizarme en ella por las noches y buscar el tesoro. De ahí los ruidos que la gente escuchaba de noche. Decían que la casa estaba encantada, y debo reconocer que aquellos rumores me venían de perlas, así que, mientras buscaba y buscaba, lanzaba algún que otro alarido para asustar al vecindario y hacer crecer la leyenda.
»Y cuando apenas llevaba unas semanas de búsqueda, un tipo de Santander compró la casa. Me desesperé. Llegaron los nuevos inquilinos y contacté con el mayordomo, Gregorio. No les negaré que surgió una relación especial entre nosotros. Un día, tuve un golpe de suerte: Milagros, la señora de la casa, entró en mi consulta para preguntarme si quedaría de nuevo embarazada. Fue entonces cuando comencé a madurar mi plan. Fue una idea brillante para dejar la casa vacía. Yo dominaba la hipnosis, pues fui ayudante del famoso médium Ennio Villalta en la época en que viví en el circo. Tenía mi maestro un número de hipnosis que cautivaba al público. Allí aprendí a dominar la mente de los demás con esa técnica. Lo tuve fácil con Milagros, era una mujer timorata y de mente débil. Todo me salió redondo, y a los dos meses la vivienda estaba desocupada y el vulgo no dejaba de hablar de fantasmas; y en ese preciso momento me encarcelaron por nueve años. Cumplí condena y, cuando volví a salir, me encontré con que una pareja de recién casados se iba a mudar a la casa. Me encargué de que Gregorio volviese a trabajar en la mansión y él, a su vez, le recomendó a su ama un vidente muy serio. Lo demás es historia. Hipnoticé a la dama, de manera que cuando escuchara la palabra «Mórbidus» bajara a la cocina y tomara el cuchillo y luego el libro. Le ordené también que después subiera al dormitorio, leyera el mismo párrafo que la filipina y acuchillara al marido. Un patrón de conducta que ella había interiorizado y llevaría a cabo al escuchar la palabra clave. Y así fue como ocurrió. ¿Pueden darme un vaso de agua?
– ¿Han tomado nota de todo? -preguntó Víctor muy serio y con tono cortante.
– Sí, está todo -contestó uno de los agentes uniformados.
– Sólo quiero que me diga una cosa, Psíquicus…
– ¿Sí?
– ¿A quién sobornó para sacar el libro de mi cajón?
– Eso no puedo decírselo. Créanme, no es relevante para la resolución del caso y arruinaría la vida de una persona a la que tenté con un buen dinero. No tiene importancia y me permitirán que no haga más daño desvelando su identidad.
Víctor miró con dureza al vidente y añadió:
– Pues entonces les dejo, señores.
– Pero ¿no va usted a decir nada más? -se extrañó Psíquicus-. ¿No le parecen mis circunstancias…?
– Sí, diré algo: adiós. Me importan un comino sus circunstancias, se comportó usted como un monstruo con dos mujeres a las que arrastró a la locura, casi mata a dos caballeros decentes y provocó el suicidio de don Augusto. ¿Cree que todo eso tiene justificación alguna? Yo, no. Esta tarde salgo en tren y tengo cita con un notario. No tengo tiempo para tonterías. Señores… -repitió el joven detective saliendo del calabozo a la vez que se ponía el sombrero.
Todos quedaron sorprendidos al ver el nulo interés que mostraba el subinspector por aquel caso que semanas atrás le quitaba el sueño. Parecía otro hombre.
Víctor salió algo asqueado y caminó hacia la calle del Carmen. Había recibido una citación de don David Segura, notario, de manera que, algo perplejo, acudió a la cita para ver de qué se trataba. La nota que le entregaron decía que se requería su presencia por un asunto de mucha importancia.
El ahora taciturno policía apenas tuvo que aguardar unos minutos en la lujosa sala de espera de don David, quien lo hizo pasar a su despacho con muchos cumplidos y alabanzas. Víctor tomó asiento escrutando el cuarto de trabajo de aquel estirado hombre de negro con finos bigotes y preguntó:
– ¿Y bien?
– Bueno, bueno, don Víctor. No todos los días tiene uno la satisfacción de hacer millonario a un hombre.
– ¿Cómo?
– Sí, soy el encargado de comunicarle que don Alberto Aldanza, conde del Razes, le ha legado toda su fortuna, la mansión del barrio de Salamanca, la casa de Biarritz, sus plantaciones de Carolina y su residencia de Boston.
Víctor se quedó boquiabierto. Ahí estaba la solución a todos sus problemas. Era millonario. Podría casarse con Clara y vivir con ella toda una vida de felicidad. Era rico. Ya no lo mirarían por encima del hombro todos los petimetres de Madrid.
– No -se oyó decir a sí mismo.
– ¿Cómo dice?
– Es dinero sucio.
– No, no. Le aseguro que no. Todo el dinero del conde es de origen totalmente legítimo, de la venta de sus min…
– Minas de nitratos en Chile, lo sé. Y la respuesta es no. ¿Se puede renunciar a una herencia?
– Sí, claro, es un trámite complejo, porque en tal caso habría que iniciar un procedimiento de declaración de herederos, averiguar si el conde tenía familia en su Francia natal y…
– Hágalo.
– ¿Cómo?
– Que lo haga. No quiero saber nada de ese dinero. ¿Es que ese maldito desgraciado no va a dejarme en paz ni después de muerto?
– Joven, no está bien hablar así de un difunto.
Víctor se levantó de pronto y golpeó la mesa con los puños cerrados. Parecía a punto de estallar, por lo que el notario temió que fuera a darle algún sopapo. Por último, con las venas de la frente hinchadas y la cara escarlata de indignación, el joven policía dijo sorprendentemente:
– Tenga usted muy buenos días.
Y dándose la vuelta, tomó su bastón y su sombrero y salió muy digno del despacho del notario. Decididamente, aquel Víctor Ros estaba loco.
Capítulo 27
Cuando pasaba por la Puerta del Sol escuchó que alguien le chistaba y se volvió. El cochero de un carruaje de alquiler desde su pescante le interpeló:
– ¿Es usted don Víctor Ros?
Asintió con la cabeza.
– Pues hay alguien ahí detrás que quiere verle -contestó el otro.
Víctor se asomó al habitáculo y exclamó sorprendido:
– ¡Doña Ana!
– Hola, Víctor -contestó la viuda de don Augusto Alvear.
– Buenas -dijo él muy serio.
– ¿A dónde vas?
– A mi pensión.
– Sube, te llevo. Da las señas al cochero.
Víctor no quería subir al coche, pero no supo decir que no a la dama.
– Esperábamos que vinieras a visitarnos -comenzó ella muy seria.
– He estado enfermo.
– Lo sabemos, y también que no quisiste que nadie te viera.
– No me encuentro bien de ánimo, doña Ana.
– Me consta, hijo, me consta. Bien podías habernos hecho aunque fuera una sola visita; pero no, no has venido.
– He estado muy ocupado -eludió él mirando por la ventanilla a la altura de la Carrera de San Jerónimo.
– Ya; he oído que has pedido el traslado.
– Sí, esta tarde sale mi tren. Vuelvo a Figueras.