El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
Ni se le había pasado por la cabeza que la joven tuviera un interés romántico por él. Era una furcia, y él una persona decente.
No podía evitar evocar las palabras de Lola recordándole que nunca podría casarse con una Alvear. No es que ya no amara a Clara, por descontado. Los últimos acontecimientos no habían hecho sino acrecentar su amor por la joven, pero el policía era consciente de que nunca conseguiría en matrimonio a alguien de su clase. Se había rendido definitivamente y le daba igual. Él era un hijo del pueblo de Madrid, del pueblo llano, claro, porque ya apenas recordaba su Extremadura natal; se había convertido a todas luces en un madrileño. De La Latina. Y, a pesar de ello, deseaba abandonar aquella ciudad. Había traicionado el espíritu liberal que tanto le importaba por una mujer, Clara. Trató de introducirse en los círculos más selectos de la alta sociedad madrileña de la mano del psicópata de don Alberto con la sola intención de contraer matrimonio con ella. Llegó a alternar como si nada con aquella gente que vivía un mundo de lujo y esplendor a costa de explotar al pueblo que los mantenía. Se sentía decepcionado consigo mismo, don perfecto. Por segunda vez en su vida, había traicionado sus ideales liberales anteponiendo su bienestar personal a la verdadera causa.
Pensaba esto y cosas peores mientras contemplaba a la gente pasar por la calle desde la seguridad de su cuarto. Sólo hallaba descanso cuando leía o cuando contemplaba los miles de partículas que, iluminadas por los rayos solares, flotaban moviéndose en el aire de su cuarto. Siempre había sentido como una fascinación por esos minúsculos corpúsculos cuya observación le sumía en una especie de relajante sopor en el que su atribulada mente quedaba de momento en blanco.
Cuando su cerebro volvía al doloroso presente, recordaba a Lola y se veía a sí mismo reparando en el pasado los errores cometidos, y entonces contemplaba a la joven lozana, hermosa y, sobre todo, viva. Luego, volvía a la insoportable realidad. De entre todos sus errores, lamentaba uno sobremanera: había pecado de inmodestia. Se creyó el ombligo del mundo, adulado, querido e inmerso en los círculos más selectos, había sido engañado por una panda de asesinos sin moral ni piedad. Lo embaucaron como a un pardillo. A él, que se creía tan listo, tan racional, tan innovador. Había terminado por creerse esa historia del «joven y prometedor policía» y ése fue su talón de Aquiles.
Y Lola había muerto por su culpa.
Sólo consintió en recibir una visita, además de don Alfredo: la del agente Abenza. Cuando el abatido policía vio entrar en su cuarto al fornido y uniformado agente con un aparatoso vendaje en la cabeza esbozó una triste sonrisa y alcanzó a decir:
– Al menos a usted no lo he matado.
El bueno de Aniceto le rectificó:
– Usted no ha matado a nadie; al contrario, ha evitado más muertes y ha resuelto de una tacada dos casos muy complicados. Es usted el mejor policía que he conocido en mi vida y, créame, llevo muchos años en esto. Y eso sin contar con que es usted joven aún. Déjeme estrecharle la mano, don Víctor, para poder contarlo en comisaría.
Ni siquiera esto animó al joven detective, que tampoco leyó los elogios que sobre su persona vertían todos los periódicos de la capital. Era imposible ojear un diario sin encontrar alguna referencia al joven héroe de la policía que había resuelto dos difíciles casos a la vez. El vulgo encontró fascinante el caso de la casa de los Aranda, una complejísima trama desarrollada por dos estafadores que, aprovechando una leyenda de fantasmas, pretendían hacerse con un fabuloso tesoro. Tampoco le andaba a la zaga el «caso Aldanza», en el que una red de maníacos encabezada por un sofisticado súbdito francés había torturado y asesinado en macabras orgías a más de veinte prostitutas y jóvenes madrileñas.
En definitiva, Víctor Ros Menéndez era el hombre del momento, a quien el todo Madrid se jactaba de haber conocido algún día en cierta fiesta y al que los hijos de La Latina, chulos y chulapas, identificaban con el modesto emigrante que desde la miseria había llegado a lo más alto de la sociedad.
Al cabo de tres semanas, el joven policía comenzó a salir a dar algún corto paseo. Le ayudó mucho un jarabe que le había prescrito don Remigio: Licor del Perú de Rojas. Doña Patro lo trajo de la farmacia de Sánchez Ocaña, en Atocha, 35, y luego le obligó a ingerirlo todos los días. Se elaboraba en Bolivia a partir de una planta fresca, Erythroxilum coca, y, según el galeno del ministro, era el mejor tónico que había conocido jamás. Aniceto Abenza era un encendido defensor de aquel jarabe.
A Víctor le hizo bien.
Salía a ratos y reflexionaba caminando bajo la tupida sombra de los grandiosos árboles del Paseo del Prado, pensando si abandonar aquella desgraciada profesión o no. Veía a Lola en sus sueños. Al fin llegó a una conclusión.
El 2 de noviembre, después del día de Todos los Santos, don Alfredo acudió a buscar a Víctor a sus habitaciones. Al parecer, Renato Minardi, alias «Psíquicus», quería efectuar una declaración en toda regla. Había pedido hacerla ante el hombre que le descubrió.
Víctor, que había obtenido ya respuesta favorable a su solicitud de traslado a Figueras, accedió a hacer aquel último favor a don Horacio en agradecimiento por los desvelos que éste había tenido para con él durante su convalecencia. A petición del joven detective, Psíquicus fue llevado a las instalaciones del ministerio en Sol. Víctor llegó acompañado por don Alfredo y, tras saludar a don Horacio, bajaron al calabozo donde se hallaba el despiadado vidente. Le pareció que el adivino estaba algo más delgado. El hombre se levantó respetuoso al verle entrar escoltado por don Horacio y don Alfredo. Estaba sentado en una sencilla silla de madera. Ante él, dos agentes de uniforme sentados a una alargada mesa se disponían a tomar nota de las palabras del acusado. Había tres sillas vacías para los recién llegados. Se sentaron como si aquello fuera un tribunal dispuesto a examinar a un alumno en el mes de junio.
– ¿Va usted a declarar al fin? -preguntó don Horacio.
– Sí, y he insistido en hacerlo ante don Víctor por un motivo…
– Ahórreme las tonterías -cortó escéptico el subinspector.
– ¿Ve? Usted me juzga con dureza, y las cosas no son tan sencillas. Detrás de todo gran crimen hay una historia de injusticia y vileza.
– O no -repuso Víctor.
– Cuando escuche mi historia comprobará que en este caso es así.
– Diga lo que quiera de una vez -urgió don Alfredo viendo que su joven compañero parecía impaciente.
– Bien, ya saben ustedes que no me llamo Renato Minardi, sino Ron Kok. Soy natural de Holanda y como ya han averiguado mi padre era Fons Kok, el holandés. Cuando yo apenas contaba un año de edad, ahora tengo sesenta y tres, mi padre emigró a Filipinas, en concreto a la isla de Luzón. Quería hacer fortuna. Allí trabajó en las obras del ferrocarril que había de unir Manila con Cabanatuán y trabó amistad con un español, Diego Vicente Reinosa, un avispado joven de Logroño que, tras unos extraños negocios en Cuba que le enriquecieron para luego arruinarse, buscaba salir de la pobreza como fuera. Y quiso la fortuna que se cruzaran en el camino de un español de los que viven en aquella isla, vamos, nacido allí; Braulio Ramírez, se llamaba aquel tipo. Lo conocieron trabajando en las obras del ferrocarril, y una noche de farra y borrachera aquel les contó una historia que al principio les sonó a fantasiosa o extraordinaria. En el año 1775, un bergante inglés, el Lady Macbeth, trasladaba a medio centenar de presos a Canberra, donde habían de purgar sus penas cumpliendo cadena perpetua. Los presos lograron amotinarse en un descuido y, para resumir, diré que se hicieron con el barco pasando a cuchillo a toda la tripulación. Los mandaba un tal Harrison, un bribón de cuidado del puerto de Brighton. Rebautizaron al barco como City without law. Aparte de huir de la Armada Británica se dedicaron a la piratería y hay constancia de que asaltaron varios barcos repletos de oro y mercancías. Al fin, tras cinco años de correrías, un buque inglés dio con ellos y, tras cañonearlos, consiguió hundir el bergantín pirata. Y esto sucedió en las costas de Filipinas, en la misma isla de Luzón donde la presencia de los ingleses no era, digamos, bienvenida. El barco, muy dañado, se refugió en una especie de abrigo natural situado al este de la isla, más al sur de la bahía de Baler, tras pasar el cabo Encanto, conocido por los nativos como El Rincón del Diablo. Y no es llamado así por casualidad.