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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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Al llegar a la puerta de la cocina, rompió el cristal con su revólver y, tras introducir la mano, dio con el picaporte. Lo hizo girar y entró con mucho tiento. Toda la casa se hallaba a oscuras.

– Busca algo para iluminarnos, Abenza. Tendremos que descorrer las cortinas de la casa -dijo el detective.

Encontraron una vela, que encendieron. Víctor iba delante. Salieron al inmenso pasillo, que quedaba insuficientemente iluminado con la única luz de la vela, y caminaron uno junto al otro con prudencia.

– Ten cuidado -insistió Víctor.

De repente, un sonido sordo le hizo girarse. Notó que la sangre le salpicaba la cara y vio desplomarse al bueno de Abenza. Delante de él, de la oscuridad, surgió el feo rostro de la vieja; ésta empuñaba un candelabro, y le lanzó un brutal golpe que el subinspector a duras penas logró esquivar. Un disparo sonó en la oscuridad y la vieja, que ya corría hacia las escaleras, rodó como un fardo por el suelo. Víctor, con el revólver aún humeante en la mano, se acercó para cerciorarse de que aquella arpía estaba muerta. Dejó la vela en el suelo. Tiró del pesado manto de la anciana con la zurda mientras le apuntaba con el revólver que sujetaba en la otra mano, hizo girar el cuerpo y volvió por la vela. Se acercó a la cara de la anciana y comprobó que el desagradable y horrible rostro aparecía coronado por una horrible verruga cerca de la nariz. La muerta tenía los ojos abiertos. Unos ojos preciosos, grandes y almendrados, que llamaban la atención en un rostro tan decrépito como aquel. La vieja tenía la piel de una de las mejillas algo levantada. Entonces, Víctor cayó en la cuenta de que aquel ser se había movido con demasiada agilidad para ser una anciana. Corría veloz hacia la escalera en el momento de caer.

Instintivamente tiró del asqueroso pellejo que se levantaba en el pómulo de aquella arpía y comprobó sorprendido que todo el rostro se desprendía detrás de aquel minúsculo trozo de piel. Víctor tiró asqueado aquella especie de máscara blanda que sujetaba en la mano y al iluminar el rostro de la anciana se le escapó un grito:

– ¡Helena!

Efectivamente, aquellos hermosos ojos le eran familiares: pertenecían a la hermosa condesa de Archiveles.

– Látex.

La voz sonó tras él, a la vez que alguien amartillaba un arma. Notó que el frío cañón de la misma se apoyaba en su nuca.

– No se mueva y tire el revólver -ordenó aquel tipo, cuya voz le sonó conocida.

Víctor hizo lo que le decían y se volvió con lentitud a la vez que mantenía la vela en la mano derecha. El rostro de su captor quedó iluminado: ¡era don Bernabé, el padre de don Gerardo!

Capítulo 25

– Sí -dijo sonriente don Bernabé de La Calle -. Esa máscara es de látex, una innovación que trajo de Sudamérica don Alberto. Es el producto de un árbol que llaman Hevea Brasiliensis y si se dispone sobre la piel, pasados unos minutos se seca adquiriendo una textura similar a la del tejido humano. Fascinante, ¿verdad?

– ¡Usted!

Don Bernabé estalló en una risotada de loco.

– ¡Sí, yo! Ja, ja, ja, ja… Sorprendido, ¿verdad?

– Pero su hijo…

– Mi hijo era un imbécil que al final resultó molesto. ¡Andando, suba las escaleras!

Víctor tiró la vela a un lado y se lanzó ágilmente hacia la derecha. Sonó un disparo y vio el fogonazo generado por el mismo, a la vez que sentía una quemazón en el brazo. Gritó de dolor. Antes de que pudiera rehacerse, notó que le golpeaban en la cabeza.

Cuando despertó se vio atado a una elegante silla en el comedor favorito del conde del Razes situado en el primer piso de la mansión. Frente a él, don Bernabé fumaba un cigarro cubano y exhalaba anillos de humo con aire relajado. Sobre la inmensa mesa, un candelabro con apenas tres velas encendidas, que iluminaba tristemente la espaciosa estancia.

– Hombre, ha vuelto usted a este mundo.

Víctor emitió un gemido de dolor y se miró el brazo. Su agresor le había quitado la chaqueta y observó que tenía la camisa arremangada y manchada de sangre. Un sucinto vendaje le cubría el miembro herido.

– He tenido que hacerle un torniquete. Casi se me desangra.

– ¿Y Lola?

– ¿Lola? ¡Ah, sí, la puta! ¿Qué más da? -repuso aquel loco con tono asqueado.

– ¡Miserable!

– Ahorre fuerzas y no se me indigne tanto, joven -aconsejó el otro apagando el cigarro-. Le harán falta. Ha resultado usted un rival demasiado fácil y previsible, aunque debo reconocer que no esperaba esta irrupción suya. De hecho, ya nos había fastidiado un poco con lo de mi hijo, pero…

– ¿Su hijo no era el loco?

– ¿Mi hijo un asesino? -Don Bernabé volvió a reír como un auténtico demente-. No, hombre. Mi Gerardo era un pequeño sádico, pero en la vida hubiera tenido agallas para matar a nadie. ¡Menudo cabestro! No era digno de mí, la verdad es que no lamenté tener que matarlo.

– ¿Usted mató a su hijo? -se asombró Víctor; aquello le sobrepasaba.

– Claro -ratificó el aristócrata muy sereno-. Se acercó mucho a nosotros y tuve que deshacerme de él.

– ¿Nosotros?

Don Bernabé miró de reojo con aire divertido al detective.

– Sí, nosotros. Pero ¿en qué mundo vives, hijo? Me permitirás que te tutee, ¿no? Pero ¡qué tontería! ¿Qué hago pidiéndote permiso? Estás en mis manos.

– ¿Don Alberto sabe que usted…?

– No seas idiota, Víctor.

– Pero usted, ¿cómo…?

– No eres tan bueno como decía don Alberto, hijo mío. Tendré que aclararte las cosas; total, tengo que matarte… ¿Un cigarro? ¿No? Mejor así. A ver, ¿por dónde empiezo…? Sí, claro, por el principio. Bueno, hijo. Tienes delante de ti a un hombre ejemplar. Y digo ejemplar en todos los sentidos. Tengo sesenta y cuatro años y debo decir que llegué a los sesenta sin saber lo que era tener querida, sin haber pisado un prostíbulo y sin haber visto nunca a una corista. Con eso te lo digo todo. Así era yo, un esposo atento y un padre ejemplar. Pero la perdición entró en mi casa, querido Víctor. Y entró en forma de mujer. Un buen día llegó recomendada una joven, Agapita. Quedé prendado de ella. Despertó instintos en mí que siempre habían permanecido dormidos, ocultos, reprimidos. Era un ángel, no lo puedes imaginar. Desde el comienzo albergué hacia ella los más profundos sentimientos, me excitaba, sí, pero la quería. Tenía que ser mía. Sentí que, hasta aquel momento, mi vida había sido algo inútil y fatuo. Sin ella, más me valía morir. Lógicamente, la hice mía. No fue cosa difícil. Una noche me metí en su cuarto y no quiso dar un escándalo. Era una joven preciosa, de hermosos ojos marrones, generosos senos, y ardiente, muy ardiente. Fíjate tú que por aquel entonces, yo, que nunca había osado pensar en cometer delito alguno, comencé a albergar unos deseos incontenibles de eliminar a mi esposa para poder casarme con Agapita. Ridículo, ¿verdad? Pues bien, a punto de matar a mi santa esposa como estuve, descubrí algo que me hizo sentir como el mayor imbécil de todos los que pueblan esta tierra. Una noche que ella no me esperaba, henchido de deseo y ardiendo de fiebre, logré escabullirme de mi palco en la ópera argumentando que me sentía mal. Volví a casa con la secreta intención de estar con ella, sentirla mía y, ¿sabes?, al llegar a la puerta de su cuarto escuché voces… ¡Mi hijo, mi propio hijo estaba con ella! La oí gemir como una perra en celo, y luego hablaron. Yo, sentado en el pasillo del servicio, escuché aquellas palabras reprimiendo los sollozos. Se rió de mí; «viejo chocho», me llamó. Dijo que fingía conmigo, y que soportaba el asco que yo le daba pensando en él, en «su Gerardo». ¡Hijo de puta! Subí a la sala de armas y bajé con una escopeta de caza mayor dispuesto a hacer una carnicería, pero una luz se encendió en mi mente, un no sé qué. Resolví esperar y vengarme en frío. No iba a arruinar mi vida por una criada putón y el botarate de mi hijo. Lógicamente, la eché de casa. Luego resultó que estaba embarazada. ¿Y si era mía aquella criatura? Me sentí morir. La busqué por todas partes como un idiota y no logré dar con ella. Entonces consulté con don Alberto y él me ayudó. Me agradaba su compañía y éramos compañeros de cartas en el casino, sabía que era hombre de mundo, y por eso me puse en sus manos. Yo estaba como loco. Supe por él y sus agentes que estaba hecha una tirada, que hacía la calle… Vamos, lo más bajo. Sentí un dolor insoportable por aquella nueva traición e intenté olvidarla. Pero la cosa fue a peor, Víctor. Un rufián, un diputado…

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