El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
Conrad Gaskins estaba sentado al borde de su cama, frotándose con un dedo en pequeños círculos la cicatriz de la mejilla. Detrás de él, sobre las sábanas, una bolsa contenía casi todas sus posesiones. Era ropa en su mayoría, sobre todo calzoncillos y los pantalones chinos y camisetas que llevaba al trabajo. También había un par de camisas y un par de pantalones de vestir, pero era lo único medio bueno que tenía. Ropa, los útiles de afeitarse, un par de zapatillas deportivas y la Glock que le había dado Romeo. Ya se desharía más tarde de ella, pero no pensaba dejársela allí. Su primo no necesitaba más armas.
Había bebido demasiada cerveza la noche anterior, y por la mañana no oyó el despertador. De manera que no se había presentado a la cita en el punto de encuentro. Era la primera vez desde que había tenido la suerte de encontrar trabajo.
Gaskins llamó al capataz, Paul, el cristiano ex convicto que había querido darle una oportunidad. Y después de disculparse y rogar que le perdonara, le invadió una oleada de emoción y las palabras le salieron solas:
– Estoy metido en un hoyo -confesó-. Si no salgo de aquí, voy a morir o voy a volver al trullo. No quiero morir y no quiero matar a nadie. Lo único que quiero es un trabajo honrado con una paga honrada.
Le contó algo más de su situación, pero nada específico. Le habló de su tía Mina, la madre de Romeo, y de la promesa que le había hecho de cuidar de su hijo.
– Tú has hecho por él todo lo que has podido -contestó Paul-. Coge tus cosas, sal de esa casa y llámame cuando estés listo. Te esperaré al final de tu calle.
– Pero ¿dónde voy a vivir?
– Puedes dormir en mi sofá. Hasta que encuentres otra cosa.
– Me puedes descontar algo del sueldo.
– De eso olvídate, Conrad. Tú llámame, ¿eh?
Gaskins se había pasado casi todo el día dándole vueltas al asunto. Pero ahora ya tenía el equipaje hecho y estaba listo. Pensó en Mina Brock, y en su promesa. Hacía tiempo que Romeo no iba a verla. Él, Conrad Gaskins, sería ahora su hijo. Ella lo entendería, aunque no pudiera expresarlo con palabras. Gaskins lo sabía, y aun así se sentía culpable.
Por fin cerró la bolsa y salió de la habitación.
Romeo Brock, que acababa de despertarse de una siesta, oyó los pasos de su primo. Se sentó en la cama, se desperezó y se acercó a la cómoda, donde tenía la cartera, las llaves y el tabaco. Cada vez que se levantaba comprobaba automáticamente si seguían allí. Al lado estaban las dos maletas Gucci.
En la cómoda tenía también su Gold Cup del 45 y el picador de hielo, con un corcho en la punta. Le gustaba llevarlo atado a la pantorrilla. Cuando lo agarraba del mango para sacarlo, la cinta adhesiva arrancaba el corcho. Tal vez lo había visto en una película, pero con el tiempo se había convencido de que había sido idea suya. Un hombre capaz de inventar un sistema así no podía ser estúpido.
Brock encendió un Kool y tiró la cerilla al cenicero con forma de neumático. Se metió la cartera en el bolsillo de los tejanos y salió descalzo y sin camisa de la habitación. Recorrió el pasillo, pasando de largo el dormitorio de su primo, y llegó al salón. Conrad estaba sentado en el sofá, con su bolsa a los pies.
Brock dio una doble calada al cigarrillo y exhaló una larga columna de humo.
– ¿Te vas?
– Yo he terminado aquí, Romeo.
– Ya no tienes cojones.
– Matar y robar es fácil. Son las consecuencias… Ya no quiero seguir con esto, tío.
– Casi hemos logrado lo que queríamos. Lo menos que puedes hacer es quedarte hasta el final. Luego coges tu parte y si quieres te largas.
– Es dinero sucio y no lo quiero. Y tampoco quiero estar aquí para ver cómo te hundes.
– Mierda, ¿yo?
– ¿Qué, te crees que no va a pasar nunca? Hasta tu héroe, Red Fury, se pasó de la raya. Cuando le mataban a puñaladas en la cárcel, ¿tú crees que andaba chuleando? ¿Tú crees que estaba orgulloso de su reputación? Ni hablar. Lo más seguro es que estuviera llamando a gritos a su madre. Al final todos acaban así.
– Pero yo acabo de empezar.
– Tú ya estás listo. Un tipo como tú puede triunfar entre niños o entre idiotas, pero hay un límite. Primero das un golpe como el del otro día, empiezas a gastar pasta y te acostumbras a la buena vida, así que tendrás que robar más y más hasta que te tropieces con quien no debías. Esa persona pondrá precio a tu cabeza y fuera, se acabó. Joder, tío, es posible que ya te hayas buscado la ruina. Cometiste un gran error al llevarte a esa chica. El capullo de Broadus sabrá dónde trabaja. Y tal vez hoy no, ni mañana, pero algún día alguien la seguirá hasta su casa. Seguramente el dueño de los cincuenta mil pavos que robaste. Así que sí, primo, estás listo.
– Menos mal que te aprecio, tío, porque no permitiría a nadie más hablarme así.
– Yo también te aprecio, pero no me puedo quedar.
Gaskins se levantó y le dio un abrazo. Luego agarró su bolsa.
– Cuida de mi madre -dijo Brock.
– Ya sabes que lo haré.
Brock se lo quedó mirando por la ventana mientras Gaskins pasaba bajo el tulipero y se encaminaba hacia Hill.
Todavía podría alcanzarle, si echaba a correr. Todavía podía convencerle, impedir que se marchara. Pero Brock se quedó allí, fumando y tirando la ceniza al suelo.
32
Ramone entró en la sala de vídeo de la VCB con un sándwich de pollo y un refresco de lata. Era ya bastante tarde y no había almorzado. Rhonda se había encargado de Aldan Tinsley mientras Ramone terminaba con el papeleo.
Antonelli estaba sentado con los pies sobre la mesa, con la cartuchera de tobillo y la Glock a plena vista. En la pantalla uno, Bo Green interrogaba a Dominique Lyons, al que por lo visto habían informado del testimonio de Darcia Johnson. Tenía la cara congestionada de rabia. Le habían esposado los tobillos a la silla. Bo Green estaba sentado frente a él, con las manos plegadas sobre el vientre, la expresión neutra y la voz serena y suave.
– Bo acaba de decirle a Dominique que tenemos al hombre que le vendió la pistola -informó Antonelli-. Y que esa misma pistola fue utilizada en un homicidio la noche anterior. Mírale. Nuestro hombre ya no está tan gallito.
Dominique, en la pantalla, descargó un puñetazo en la mesa.
– Eso es mentira. No me podéis encasquetar otro asesinato. No soy tan gilipollas como para comprar un arma que ya lleva encima un muerto.
– ¿Beano te dijo que estaba limpia? -preguntó Bo Green.
– Eso dijo el hijo de puta.
– ¿De dónde había sacado la pistola entonces?
– Yo qué sé. Pregúntaselo al mamón ese, a ver de dónde coño la sacó.