El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– Cierra la boca.
En ese momento entró en la sala una mujer mayor, secando un plato con un trapo, y se quedó mirando al hombre esposado y ensangrentado.
– Beano -dijo, con tono decepcionado-, ¿qué has hecho ahora?
– ¿Es éste Aldan Tinsley, señora? -preguntó Ramone.
– Mi hijo.
Ramone miró a Rhonda, que no se había molestado en sacar la Glock. Ella le hizo un gesto con las cejas, indicándole que estaba bien.
Arturo Conconi apareció en la puerta con la mano en el arma.
– Mete a este caballero en el coche y síguenos hasta la VCB.
– ¿Por qué me ha tenido que pegar? -se quejó Tinsley-. Me ha partido el labio, joder.
– Deberías habernos dicho tu nombre. Te lo preguntamos muy educadamente.
– Te habrías ahorrado todo esto -dijo Rhonda.
Pidió perdón a la madre por las molestias y se llevaron a
Tinsley.
31
T. C. Cook estaba en su oficina con varios expedientes abiertos ante él. Cada víctima de los Asesinatos Palíndromos tenía su propio archivo. Había compilado una biografía bastante completa de sus vidas, con fotos tanto familiares como individuales y del colegio. Sabía que algunos habían llegado a pensar, sobre todo durante sus últimos meses en la policía, que había atravesado la línea entre la diligencia y la obsesión. Pero alguien tenía que encargarse de aquello.
Había seguido en contacto con el caso durante un par de años. Para cuando se cometió el tercer asesinato, la rabia en la comunidad de Southeast se había centrado en la policía, a la que se acusaba de no dar prioridad al caso porque las víctimas eran negras. Cook logró ganarse al final la confianza de los vecinos. Les sugirió crear un grupo de vigilancia en el barrio y les dio varios consejos para proteger a los niños. Al cabo de un tiempo varias muertes relacionadas con las drogas comenzaron a desbancar a los asesinatos de niños, que parecían haber cesado, y en las reuniones se hablaba más de bandas, traficantes, cocaína y crack.
Las familias de las víctimas formaron un grupo llamado Padres Palíndromos y se reunían dos veces por semana, más por terapia que por otra cosa. Cook también asistía a estas reuniones.
Pero al cabo de un año más o menos perdió contacto con ellos. Un matrimonio se separó desde el principio, los padres de Ava Simmons. Otro se divorció poco después del asesinato de su hijo, Otto Williams. El padre de Eve Drake se suicidó en el segundo aniversario de la muerte de su hija. La madre estaba casi catatónica, y el siguiente invierno acabó confinada en un hospital psiquiátrico.
Cook miró las fotografías. Otto Williams, un chico inteligente al que le encantaba construir cosas. Llevaba gafas y a pesar de su aspecto de empollón era popular entre sus compañeros. Ava Simmons, de trece años, con cuerpo de niña, graciosa, llena de desparpajo. No se le daban muy bien los estudios, pero era más que espabilada. Adoraba a su abuela, que vivía con su familia. Y Eve Drake, la chica que saltaba a la comba. Participaba en torneos y ganó premios que exhibía con orgullo en su inmaculada habitación.
Cook sentía la presencia de todos en la estancia.
Cuando sonó el timbre Cook se levantó a abrir a Holiday, que venía con su uniforme de trabajo.
– ¿Por qué no me ha llamado?
– No… no daba bien con el número. Me lo tienes que programar en el teléfono. Ahora mismo, si quieres.
– ¿Ha hablado con su amigo el teniente?
– Sí, pasa.
Cook le sirvió un café en la cocina mientras Holiday le programaba el número de teléfono.
– Gracias. ¿Qué ha averiguado?
– El agente se llama Grady Dunne. Lleva seis años en el cuerpo. Es blanco, como dijiste.
– ¿Trabaja esta noche?
– Hoy tenía el turno de ocho a cuatro. Podemos pillarle cuando salga.
– Genial. Yo tengo una carrera al aeropuerto que me llevará un par de horas -explicó Holiday-. Podría estar en la comisaría a las cuatro sin problemas.
– ¿Le vamos a seguir?
– En dos coches. Así le será más difícil despistarnos.
– A ver de qué va el tío.
Holiday se sacó de la chaqueta dos walkie-talkies Motorola profesionales.
– Siempre los llevo cuando trabajo en equipo con mi negocio de seguridad -comentó-. Tienen un alcance de diez kilómetros. Y lo mejor es que se activan por voz. Se pueden utilizar mientras va uno conduciendo.
– Y no tienen números para que yo la cague.
– Es perfecto.
– Llevo en el maletero unos buenos prismáticos. Más vale que los lleves tú, que podrás identificarlo cuando salga de la comisaría.
– Bien. -Holiday miró el reloj de la pared, con sus horas de retraso, y en un impulso lo descolgó y lo puso en hora. Luego volvió a colgarlo del clavo y lo enderezó-. Ya está.
Le había deprimido ver así el reloj, lo había puesto en hora por él mismo, no por el viejo.
– Para mí es igual -dijo Cook-, pero gracias.
– Así la salvadoreña sabrá qué hora es.
– Vale, amigo.
– T. C…
– ¿Qué?
– He hablado con Ramone.
– Ya me lo contaste. Que no quería darte el nombre del policía del coche patrulla. Yo en su lugar tampoco te lo habría dado, si quieres saber la verdad.
– No es eso. Es que le noté en la voz que la cosa está que arde. Vaya, que yo creo que anda cerca del asesino de Asa Johnson.
– Tú no crees que el caso de Asa Johnson esté relacionado con los Asesinatos Palíndromos, ¿no?
– Es que no quiero que se lleve una decepción.
– No me la llevaré. Mira, no quiero parecer insensible, pero la verdad es que estos días me lo he pasado bien. Bueno, no es eso exactamente. Digamos que he tenido un objetivo. Estos días, cuando me despertaba abría los ojos de golpe, ¿sabes a qué me refiero?
– Sí.
– Así que vamos a ver adonde nos lleva todo esto, ¿de acuerdo?
– Sí, señor.
– Y deja esa chorrada de «señor». Nunca pasé de sargento, jovencito.
– Ya. -Holiday se bebió el café y dejó la taza en la mesa-. Me tengo que ir.
– Nos vemos a las cuatro.
Cook se quedó en la cocina. Oía las voces provenientes del sitio de la policía en Internet, la radio de los coches patrulla. Y algo más: el lejano sonido de risas de niños. Sabía que no era posible, y sabía también que no estaba solo.