Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Entre la masa de seguidores de Masema los caballos se movieron nerviosos en respuesta a los tirones de sus jinetes; los hombres gritaban y agitaban armas, pero el propio Masema observó la llegada de los lanceros y arqueros sin que su expresión variase, ni más ni menos adusta. Como si fuesen pájaros saltando de rama en rama. Su efluvio seguía siendo de locura, penetrante, sin cambiar.
—Lo que ha de hacerse para servir a la Luz, se hace —dijo cuando los recién llegados se pararon, algunos a doscientos pasos. Era una distancia de fácil alcance para un arquero de Dos Ríos y Masema había visto demostraciones de ello, pero no dio señales de advertir que las flechas podrían estar apuntándole al corazón—. ¡Todo lo demás es insignificante, prescindible! ¡Todo! Recuerda eso, Perrin Ojos Dorados.
Hizo volver grupas a su alazán sin añadir más y se dirigió hacia los hombres que lo aguardaban, seguido de Nengar y Bartu, los tres haciendo ir a galope a los caballos sin importarles si se rompían una pata o ellos la cabeza. El ingente grupo se situó detrás y se desplazó hacia el sur. Unos hombres de la retaguardia se pararon para arrastrar una forma desmadejada de debajo del caballo herido y acabaron con la agonía del animal mediante una rápida cuchillada en el cuello. Después se pusieron a destriparlo y trocearlo. Tanta carne no se podía desperdiciar. Al jinete lo dejaron en el mismo sitio donde lo habían tirado.
—Cree cada palabra que dice —musitó Annoura—, mas ¿adónde lo conducen sus creencias?
Perrin se planteó preguntarle, sin andarse por las ramas, adónde creía ella que conducían a Masema sus creencias, adónde quería ella conducirle; pero de repente Annoura recobró la impenetrable calma Aes Sedai. La punta de su afilada nariz se había puesto colorada por el frío; lo miró con una expresión impasible y fría. Obtener una respuesta de una Aes Sedai que tuviera esa expresión sería tan factible como levantar aquella piedra marcada con las huellas de los Sabuesos de la Sombra. Tendría que dejar las preguntas a Berelain.
El hombre que dirigía a los lanceros azuzó de repente su caballo. Era un tipo bajo, de constitución compacta, que llevaba un peto plateado y un yelmo con visera de barras y adornado con tres plumas blancas. Gerard Arganda era un hombre duro, un soldado que había ascendido desde abajo, contra todo pronóstico, hasta convertirse en primer capitán de la escolta de Alliandre. No le caía bien Perrin, que había conducido a su soberana hacia el sur sin una buena razón y con ello había ocasionado que la raptaran, pero Perrin suponía que se detendría y presentaría sus respetos a Berelain o que conferenciaría con Gallenne. Arganda sentía mucho respeto por Gallenne y a menudo pasaba ratos con él, fumando ambos sus pipas. Sin embargo, el ruano pasó volando ante Perrin y los demás, mientras Arganda clavaba los talones en los flancos del animal en un intento de que aumentara la velocidad del galope. Cuando Perrin vio hacia dónde se dirigía el hombre, comprendió. Un único jinete a lomos de un animal de pelaje grisáceo se aproximaba desde el este a un paso regular, y a su lado un Aiel avanzaba sobre raquetas de nieve.
8
Remolinos de color
Perrin no se dio cuenta de que se había movido hasta que se encontró inclinado sobre el cuello de Brioso siguiendo a Arganda como un rayo. La nieve no era menos profunda ni el terreno menos accidentado ni la luz mejor, pero Brioso corría entre las sombras, reacio a dejar que el ruano siguiera a la cabeza, y Perrin lo azuzó para que galopara más deprisa. El jinete que se acercaba era Elyas, con la barba extendida sobre el pecho, un sombrero de ala ancha arrojando sombras sobre su rostro y la capa forrada de piel colgando sobre su espalda. El Aiel era una de las Doncellas, con el oscuro shoufa envuelto en la cabeza y la capa blanca que utilizaban para camuflarse en la nieve echada sobre la chaqueta y los pantalones, de tonalidades grises, pardas y verdes. Elyas y una de las Doncellas, sin los demás, significaba que habían encontrado a Faile. Tenía que ser eso.
Arganda llevaba su caballo sin importarle si el ruano se rompía el cuello o hacía que se lo rompiese él, saltando las afloraciones rocosas, atravesando la nieve casi a galope tendido, levantando surtidores de polvo blanco, pero Brioso lo alcanzó justo cuando llegaba ante Elyas y demandaba con voz dura:
—¿Viste a la reina, Machera? ¿Está viva? ¡Contéstame, hombre!
La Doncella, Elienda, inexpresivo el rostro tostado por el sol, alzó una mano hacia Perrin. Podría haber sido en un saludo o en un gesto de compasión, pero no interrumpió su rítmico paso deslizante. Estando Elyas para informarle a él, ella haría lo propio con las Sabias.
—¿La habéis encontrado? —De repente a Perrin se le había quedado la garganta seca como arena. ¡Llevaba tanto tiempo esperando esto! Arganda enseñó los dientes en un sordo gruñido tras las barras de la visera, consciente de que Perrin no preguntaba por Alliandre.
—Hemos encontrado a los Shaido a los que hemos estado siguiendo —respondió cautelosamente Elyas, las dos manos apoyadas en la perilla de la silla. Incluso a él, el legendario Diente Largo que había vivido y corrido con los lobos, se le notaba el esfuerzo de demasiados kilómetros e insuficientes horas de sueño. El agotamiento se advertía en la flojedad de toda la cara, resaltado por el brillo amarillo dorado de sus ojos bajo el ala del sombrero. Las canas surcaban la espesa barba y el cabello, largo hasta la cintura y atado en la nuca con un cordón de cuero, y, por primera vez desde que lo conocía, a Perrin le pareció viejo—. Están acampados alrededor de una ciudad de buen tamaño que han tomado, en un terreno montuoso, a unos sesenta kilómetros de aquí. No tienen centinelas en las inmediaciones y los que hay a una distancia mayor parecen estar más pendientes de posibles intentos de huida de prisioneros que de cualquier otra cosa, de modo que pudimos acercarnos lo suficiente para echar una buena ojeada. Sin embargo, Perrin, hay más de los que pensábamos. Al menos nueve o diez septiares, según las Doncellas. Contando los gai’shain… o la gente vestida de blanco, en cualquier caso, podría haber tantas personas en ese campamento como en Mayene o Ebou Dar. No sé cuántos serán guerreros, pero diez mil podría ser un cálculo por lo bajo, a juzgar por lo que he visto.
Unos nudos de desesperación estrujaron y retorcieron el estómago a Perrin. La boca se le quedó tan seca que no habría sido capaz de hablar ni aunque Faile hubiese aparecido milagrosamente ante él. Diez mil algai’d’siswai —e incluso tejedores, herreros y hombres mayores que pasaban los días recordando viejos tiempos sentados a la sombra— asirían una lanza si los atacaban. Él contaba con menos de dos mil lanceros, que se verían superados en un enfrentamiento contra un número igual de Aiel. Había menos de trescientos hombres de Dos Ríos capaces de causar estragos a distancia con sus arcos, pero no de parar a diez mil. Tan ingente cantidad de Shaido haría trizas a la chusma asesina de Masema con la facilidad con que un gato acabaría con un nido de ratones. Aun contando con los Asha’man y las Aes Sedai… Edarra y las otras Sabias no eran precisamente generosas en lo que le contaban sobre las Sabias, pero sabía que en diez septiares podría haber cincuenta mujeres encauzadoras, tal vez más. Quizá menos también —no había un número específico establecido— pero aun así daría lo mismo.
Con gran esfuerzo ahogó la desesperación que lo estaba invadiendo, la estrujó hasta que sólo quedaron filamentos convulsos que consumió su rabia abrasadora. La desesperación no tenía cabida en un martillo. Ya fueran diez septiares o todo el clan Shaido, seguían teniendo a Faile y tenía que encontrar un modo de quitársela.