Los estados carenciales
- Автор: Валвей Анхела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
– Bueno, bueno. Eso mejor lo hablas con ella.
– Sí. Es posible que lo haga.
– Yo, de todas formas, me voy. Me llevo las llaves.
– Que te diviertas.
– Gracias. Hay una buena conjunción astral para mí esta noche, así que probablemente sí, sí que me divertiré. -Jana te dice adiós con un tintineo de llaves y de llavero.
Oyes la puerta de la entrada cerrarse con un chasquido metálico.
Vas a la cocina y te preparas algo de comer. Estás hambriento. Los canapés que has logrado llevarte a la boca esta noche, en la galería, no te han llenado porque ni siquiera te has dado cuenta de que te los estabas comiendo.
En el momento en que estás a punto de quedarte dormido sobre el sofá, la puerta de la entrada vuelve a oírse y Penélope irrumpe en el salón enfundada en un vestido que ni siquiera parece que lo sea. Tú dirías, más bien, que se ha confeccionado una suerte de funda para el cuerpo. Demasiado ceñida, si alguien quiere saber tu opinión. Es escandaloso. ¿No es ella la madre de tu hijo, al fin y al cabo? Estás en tu derecho de sentirte molesto. Qué elegante ramera, habrías pensado de ella si la hubieras visto por la calle y no supieses quién es.
Te incorporas en el sofá. Os miráis sin decir nada.
El diableteau. La marionnette.
Paralizados frente a frente. Tan opuestos.
Consideras la función social del sadismo (debe de tenerla).
Nunca te han gustado las canciones de amor. Si tú me dices ven, lo dejo todo. Te amo hasta la locura. Amor hasta la muerte. Sólo pienso en ti. Nadie más que tú, y tú, y tú y solamente tú. Siempre has sospechado que las canciones de amor le envían a la gente unos mensajes lamentables, depresivos. Nadie debería amar nunca hasta la locura o hasta la muerte. Ni pensar sólo en la persona amada. Cualquiera debería ser capaz de vivir, y de vivir bien, sin cualquiera.
Por eso tus canciones preferidas son aquellas que fueron escritas bajo el efecto de los narcóticos.
El LSD, por ejemplo, dio estupendos resultados. Por ejemplo Lucy in the Sky Whith Diamonds.
Penélope en el cielo con diamantes.
Y, sin embargo, tú la amas.
Has sometido a tu amor a una métrica muy imaginativa y oscilante. Pero es amor lo que sientes por ella, porque puedes verla ahora mismo. A Penélope. Sola. Hermosa. En el cielo. Con diamantes. Sexo. En eso piensas. No puedes evitarlo. Es tu naturaleza. Pero con diamantes. Tú crees que las mujeres, en cuestión de sexo, son como los sprays: hay que agitarlas antes de usarlas. Penélope está parada, en mitad del salón. No, no. Demasiado quieta.
– ¿Eso que llevas rodeándote el cuello son diamantes? -le preguntas cuando te decides a hablar. Te levantas y te acercas a ella.
– No. Sólo son piedras falsas. Bisutería fina -responde ella-. Se presentaban esta noche. Las diseña un amigo mío.
– Ah.
– ¿El niño está durmiendo?
– ¿Tú qué crees que puede estar haciendo una criatura a estas horas? No me parece que éstas sean horas de… -dices.
– Lo siento. -Penélope esta noche está muy bella. ¿Era antes tan bella?, ¿lo era?-. La niñera no llega hasta mañana a las ocho. Tiene libres los fines de semana, cuando el niño se va contigo.
– Sí, lo sé. Y me importa un rábano el horario de tu niñera. No creo que una buena madre deba…
– ¿Qué?
– Que una buena madre no debería salir por ahí a estas horas sabiendo que su hijito la espera.
– ¿Qué me estás llamando? -Penélope se quita los zapatos. Te observa malhumorada.
– Nada que no te haya dicho antes.
– Explícate.
– Lo que haces no me parece propio de una buena madre. Es tarde. Mira qué horas son. Tengo derecho a exigirte que cuides del niño a todas horas. Las fiestas de tus amigos me la sudan, cariño. Te quedaste con mi hijo y tengo derecho a esperar de ti que estés a su lado como yo lo estuve cuando tú no quisiste hacerte cargo de él y lo abandonaste.
– ¿Qué has dicho? No, pero ¿qué has dicho? -pregunta Penélope. Después de descalzarse parece más menuda.
– Nada. Feliz cumpleaños. -De pronto sonríes, decides darte por vencido, te acercas más a ella. No tienes ganas de pelear. Y qué sorpresa. De nuevo su olor-. Aunque tu día de cumpleaños ya casi se ha pasado.
– Ya ha pasado, en realidad. Son las doce y media -ella mira su reloj de pulsera.
– ¿No lo has celebrado?
– ¿Estás de broma? -Penélope te contempla incrédula-. En el mundo en el que yo me muevo no se celebran demasiados cumpleaños, igual que no se festeja el contagio de enfermedades venéreas.
– Quería haberte traído un regalo. No sabía qué regalarte.
– No es necesario.
– Te he retratado. Es un acrílico. Te gustará el color. Tengo el cuadro en casa. En mi casa. En tu casa. Bueno, en la casa de la calle Santa Isabel. Lo traeré cuando quieras. No sabía si te agradaría tener un cuadro mío aquí. Por eso había pensado en comprarte un libro, o un perfume, pero hemos tenido un día infernal, no me ha dado tiempo a nada.
– Hum. ¿Qué tal tu exposición?
– Bien, bien. Se ha vendido todo. Dentro de poco participaré también en algunas muestras colectivas de Berlín y Chicago. Y han salido otras cositas por ahí. Bien, sí, no me puedo quejar -asientes parsimoniosamente-. Creo que pronto dejaré de ser pobre… aunque, es curioso, ahora ya no me importa tanto como antes.
– Ja. Tú y el dinero, menuda pareja.
– No, de verdad, Peny. Es así. -Observas con atención el color de su pelo. El tono ha variado desde la última vez que os visteis, hace una semana. Un cambio sutil que no puede, sin embargo, escapar a tu ojo entrenado-. Vamos, no nos enfademos por una vez. Hoy es un gran día. ¿Puedo darte un beso? -le preguntas con cautela-. ¿Un beso de felicitación?
Ella frunce el ceño. Parece nerviosa. Empieza a acalorarse. Eso es bueno. Eso crees tú.
– ¿Cuánto hace que no me besas, que no nos besamos tú y yo? -pregunta Penélope, escamada.
– No recuerdo.
– Yo sí -dice.
Le das un beso en los labios, poniéndole una mano en la cintura. Recuerdas que eso a ella le gustaba.
Agítala un poco, te dices.
Penélope te devuelve un puñetazo en el ojo. Qué ingrata. Escuece. Ha sido un golpe certero y sólido. Sorprendente. Ha dado en el clavo. Se te saltan las lágrimas. Ni en el ring del gimnasio recibes porrazos tan decisivos. Por lo menos, no todos los días, y sueles llevar casco.
Qué asombroso es el dolor. Antiguo y pertinaz como la vida. Siempre de moda, exhibiendo la perfección en que delimita sus umbrales salvajes.
Penélope se sopla sobre los nudillos lastimados. Agita la mano derecha, la sacude nerviosamente.
– ¡Ay, ay…! Desde luego eres… eres… -aúlla de dolor-. ¡Animal!, ¡serás animal!
– Sinceramente, cariño… -dices tú, mientras te frotas la ceja y la cuenca lacerada. Te miras los dedos, hay en ellos unas gotas de sangre de un vigoroso color rojizo mezcladas con algo que parece agua-. Sinceramente…
Unas horas después das vueltas, soñoliento y turbado, en la cama. ¿Cuál es el beneficio y cuál el daño?, te preguntas. Pero hay cosas que más vale no saber, de modo que rechazas las respuestas, si es que había alguna, o si es que cabía darlas.
– Creo que debería irme a mi casa -le dices a Penélope, que dormita boca abajo, a tu lado-. Es muy tarde. Llamaré a un taxi por teléfono. No te levantes, preciosa.
Aún te escuece la ceja. Aún sangra. Pero no tienes sangre en ninguna otra parte de tu cuerpo.
Hay cosas que es mejor no olvidarlas. Cuando la vida hiere lo hace en un instante, sin avisar para que pueda ser detenido su zarpazo. La vida se vive en instantes y así no hay quien pueda con ella.