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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– Salud. -Tú también bebes, qué carajo-. Gracias, Johnny.

– Lo peor de la fama es que todo el mundo acaba conociéndote -sentencia Johnny, y se apoya contra una pared; parece cansado-. Pero yo a ti te veo lanzadísimo. Una estrella, te lo digo yo. Un Picasso de Chamberí. Disfruta todo esto, hazme caso. A pesar de los inconvenientes, el éxito es mucho mejor que el fracaso. Más cómodo, ¿me entiendes? Tu cuenta corriente, tu reputación, las mujeres locas porque les mires debajo de la falda. Eso es lo que significa el éxito. ¿Y el fracaso, qué significa el fracaso? Yo te lo voy a decir, amigo: una mierda pinchada en un palo. Las pibitas de hoy en día no salen corriendo detrás de los tíos que se pasean por la vida con una mierda pinchada en un palo entre las manos como único equipaje. La gente de mi generación hemos tenido ese defecto. Hemos sacralizado el fracaso. Creíamos que el fracaso era una cosa así como estética, como honesta, como correcta, ¿sabes lo que te digo? Y, en realidad, lo que ocurre es que la mayoría de nosotros somos unos fracasados. Y quizás por eso valorábamos tanto el fracaso. Pero por mí, a estas alturas del baile, que le den mucho por culo al fracaso.

– ¿Pero no acabas de decir que has sacrificado tu vida por el éxito?

– Sí, claro -Johnny sacude la cabeza bruscamente-. Pero de boquilla para afuera decía que estaba de acuerdo con todo eso de la ética del perdedor, y tal y cual. No podías decir lo contrario porque no era progre. Llegado recién a España, huyendo de los verdugos de mi patria americana, yo era un joven progre. Ser progre era la única manera de follar en aquellos tiempos, así que yo he sido progre. Vamos, todavía lo soy. -Johnny tose, da un sorbo ruidoso, enciende un cigarrillo rubio-. Aunque ahora me da lo mismo ser progre que ser albanés, porque igualmente no follo nada. Estooo… Me parece que estoy un poco achispado. Es por el vino éste. ¡Shuuup!, me encanta el vino gratis, viejo. El elíxir de los dioses.

– Bueno, creo que hay reservas suficientes.

– Por cierto, ¿has visto al hijoputa?

– ¿A cuál de ellos?

– ¿Cuál va a ser? Hipólito. A Hipólito Jiménez, el pintor. El pintor de brocha gorda. No como tú, claro -sonríe Johnny con afectación-. Desde que Vili cerró la Academia, lo echo de menos a rabiar, al muy hijoputa.

– Míralo. -Señalas a un grupo de jóvenes, Hipólito está entre ellos, te saluda con la mano y se acerca hasta vosotros.

– ¡Ulises, macho! Qué movida tienes aquí. Es impresionante. Me he traído a unos amigos, ¿no te importa? -dice Hipólito.

– No, al contrario. ¿Tenéis todos algo que beber y que comer?

– Estamos perfectamente servidos.

Hipólito y Johnny se miran con recelo, pero no se dirigen la palabra. Johnny apaga su cigarrillo echándolo en el vaso semivacío que sostiene, luego pisa el suelo como si estuviera aplastando la colilla con el zapato.

– Hace mucho que no nos veíamos.

– Sí.

– Me alegro de que te vayan bien las cosas, tío -dice Hipólito.

Hay en el aire una especie de corriente, invisible pero viva, que une a Johnny con Hipólito y a Hipólito con Johnny. Es tan rotunda como un cañonazo. Desprende inquina, masoquismo, romanticismo y una amigable nostalgia. Una cizaña tan sólida que casi puede mascarse.

– Gracias. ¿Y tú, Hipólito, eres feliz? -preguntas, por preguntar algo, por distraerlos un poco al uno del otro, de la pasión que se profesan el uno al otro.

«Cielo santo -piensas, resignado-, estos dos son como la Pepsi y la Coca-Cola. Más o menos la misma cosa, pero qué mal se llevan.»

– Lo era. Era feliz hasta que he visto aquí al indio -dice Hipólito, y señala a Johnny con el dedo índice estirado.

– ¡El indio lo será tu padre! -grita Johnny, y derrama un poco de vino mezclado con las cenizas del cigarrillo al impulsar su cuerpo hacia adelante, encorajinado-. Quiero decir… -ahora se calma y vuelve a recostarse contra la pared-, tu padre, a lo mejor… pero cualquiera sabe, ¿no?

– Ja y ja, capullo.

– Sí, todo lo que tú quieras.

Hipólito enrojece. Ah. El placer de la contienda estimula el riego sanguíneo. Cruzar las espadas, el afilado machete de las palabras. Nuestra naturaleza es felizmente impura y salvaje.

– Te crees muy listo, muy agudo.

– Eso es que debo serlo -dice Johnny, y le da un sorbo al vaso hediondo por los restos de ceniza, lo apura hasta que se traga la colilla, blanda y pastosa, que se le queda atascada entre los dientes. Escupe hacia un lado-. Tú mismo.

– Ya. -Hipólito sonríe lánguidamente-. Siempre estás diciendo que eres muy inteligente, pero no lo demuestras, así que no te puedo desmentir. Por supuesto.

– ¡Este tío es un personaje de Gogol! -Johnny ríe estruendosamente-. ¿Has leído a Gogol, viejo?

– No me interesa ese tema -responde Hipólito, desairado-, porque yo ni soy uruguayo ni pienso serlo nunca.

– ¡Yo tampoco soy uruguayo, mira este boludo!

– Pues lo que seas.

– ¿Qué tienes tú en contra de mis hermanos uruguayos?

– Va, vaaa… ¡Ya está bien! -Los miras serio, un tanto deprimido. Pones esa cara. Penélope decía que, cuando te enfadabas, ponías cara de tener el alma muerta.

– Perdona, Ulises, tío.

– Sí, disculpa, viejo.

– ¿Por qué no hacéis las paces de una vez? ¿Por qué no os emborracháis juntos? Yo pago las copas. O mejor: ¿por qué no os acostáis juntos? Como solución, será para todos más rentable y mucho más barata. ¿O por qué no salís a la calle y os dais de una vez de puñetazos, hasta que os salten las muelas? -dices, pero no levantas la voz. Sabes que el efecto de una reprimenda es harto más terrible así, en voz baja. Pareces don Corleone. Un capo mafioso, duro, muy ronco y muy siciliano.

– Esto.

– Pues.

– Os dejo, muchachos. -Palmeas a la vez las dos espaldas de los contrincantes-. Amaos el uno al otro. Disfrutad de mi fiesta. Disfrutad de la vida, hermanos.

Y te largas de allí hacia otro lado.

LA LÍNEA DE SOMBRA

Ahora caminas en dirección a la puerta de salida. Tienes calor. Te molesta la chaqueta de lino. Pesa demasiado. Tomarías un poco del aire fresco de la calle. Te beberías la oscuridad del cielo anochecido. Sus infinitas líneas de sombra. Abril se te ha agarrado a la garganta, si te descuidas pueden brotarte flores por la boca.

Te dices a ti mismo que la noche es perfecta, que tienes suerte de estar vivo.

Pronto habrá, también, dinero en tu bolsillo. ¿No es eso lo que querías, Ulises? Has retomado el pulso de tu carrera, en palabras de ese sesudo crítico de la tele, tan formal y griposo, con el que has estado charlando un rato y que lleva el pelo como si se lo hubiera azotado el viento, sembrado de hebras de plata electrizadas.

Cuando entras de nuevo en la galería, te tropiezas de frente con ese otro tipo, con Francisco de Gey. Nunca te ha gustado su aspecto. Sus miradas arteras abren abismos en torno a él, agrietan el suelo que pisa. Tiene el aspecto de una emoción a medio sentir. De un caracol que arrastra por la vida una concha fracturada, tratando de ocultar la forma de su cuerpo al descubierto, y babeando enfurecido.

Se tambalea ante ti. No hay duda de que está borracho, aunque se desenvuelve con lucidez y cierta mansedumbre mal fingida.

– Nosotros los artistas… -dice-. Somos unos genios, joder. Todos queremos ser artistas porque todos queremos ser unos genios, y que los demás lo reconozcan a voz en cuello. Pero sólo unos pocos lo somos de verdad, ¿eh, Ulises? Entre ellos estamos tú y yo, ¿eh, Ulises? -Coge tu mano y la estrecha, más bien la sacude-. ¿Qué sería del mundo sin nosotros los artistas? ¿Eh, Ulises? ¿A dónde iría a parar este valle de lágrimas sin el consuelo del arte, sin el negocio del arte, a dónde, eh?

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