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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– Dímelo tú -respondes fríamente.

– A hacer puñetas. Se iría a hacer puñetas. Tú lo sabes, lo intuyes. Eres como yo. Los dos sabemos las mismas cosas. Somos unos elegidos. Los dos nos dedicamos con fortuna al arte. Tú pintas, yo escribo.

– ¿Escribes? ¿Desde cuándo?

– Huuum. Desde hace mucho, pero ahora soy oficialmente escritor. He acabado mi primera novela. ¡Y van a publicármela!

– Me alegro por ti -miras hacia otro lado, distraído.

De repente Francisco se pone triste. O confidente. 0… Bueno, quién sabe lo que sienten los caracoles.

– Mi novela está basada en hechos reales -te dice al oído. Por un segundo, sus labios rozan tu piel. Un frío marmóreo te recorre la nuca. Te rascas nerviosamente la oreja de alguna inmundicia invisible.

– No me digas.

– Es la historia de un tipo, un hombrecillo parecido a aquel que intentó quitarse la vida en la Academia de Vili, ¿recuerdas? -Su boca se abre con satisfacción. Su boca es un espacio inerte al que apenas consigue dar vida la lengua mientras se mueve sinuosamente al hablar. Muy sinuosamente-. Mi héroe es un tipejo que lo ha perdido todo, hasta las ganas de vivir. Y está basado en hechos reales, ¿lo pillas?

– No. Explícamelo mejor. Soy un poco lento comprendiendo. -Empiezas a estar más interesado en vuestra charla.

Llamas con la mano a un camarero, coges otro vaso de whisky para Fran. Dejas en la bandeja el suyo, casi apurado. Te sirves uno para ti.

– Mi editor cree que es una historia con carne. Está entusiasmado. Dice que se pueden ver los sentimientos de ese hombre, cómo se agitan, como si los estuviéramos contemplando desde la borda de un barco. Son sus palabras. Está entusiasmado.

– Qué maravilla.

– Ahí está el talento del artista, ¿verdad, Ulises? En saber sacar conclusiones de la realidad.

– Y tú las has sacado.

– Ya lo creo. Cuando lo conocí… -Hace una pausa para beber-. Lo conocí en El Retiro. En cuanto lo vi supe que era uno de esos pobres tipos perdidos.

– Lo conocías. Casi nadie en la Academia lo conocía.

– Yo sí. Fui yo quien lo llevó a la Academia.

– ¿De veras? Deberías habérselo contado a la policía. No lo hiciste, ¿o sí? -le preguntas.

– No, no lo hice. ¿Para qué? Se lo hubieran llevado igualmente al Hospital Psiquiátrico. Qué más da si yo lo conocía o no. Ahora él está encerrado en un manicomio, aunque no tardará mucho en salir. Todos los locos acaban en la calle hoy en día. El Estado no quiere hacerse cargo de los chiflados, ni de los delincuentes, ni de los menores conflictivos. En realidad, no quiere hacerse cargo de ninguna persona con problemas. Ese pobre hombre no le hizo daño a nadie. Sólo quería morir. Querer morir tampoco es una locura. Es tan legítimo como querer vivir. En mi novela él muere. -Fran sonríe torcidamente; en sus dientes hay un brillo amarillento-. Es lo único que he cambiado de su historia. Ya sabes, se trata de enganchar al lector. La muerte nos impresiona mucho más que la vida.

– ¿De veras? -le preguntas-. Qué curioso. A mí me ocurre justamente al contrario.

– También puede decirse que tú cambiaste su historia cuando le impediste matarse con aquella pistola.

– Su historia. Ya.

– Sí. Y mi historia.

– Siento haber cambiado tu historia, pero no su historia, si te refieres a eso -dices tú-. Si uno quiere suicidarse, debe hacerlo en privado, así puede impedir que alguien lo detenga.

– Todos dijeron que eras un héroe. En los periódicos hablaron de tus reflejos, de que eras boxeador y pintor, y un tipo muy guapo. Confieso que sentí incluso celos cuando leí aquello. Fui yo quien lo llevó a la Academia, no tú.

– La verdad, a mí esto… Yo sólo me paso la vida mirando. Me gusta verlo todo bien, y a él lo vi sacar el arma. Cualquiera hubiera hecho lo mismo que yo, le habría impedido disparar, sobre él mismo o sobre los demás.

– No, cualquiera no. No yo. Yo estaba atascado con mi novela y con mi matrimonio. Laura… Laura es mi mujer. Las cosas no iban bien entre nosotros, ya sabes. -Entrecierra los ojos, se concentra como si tratara de memorizar algo-. Yo sabía que ese hombre iba a hacer una cosa así de un momento a otro. Me lo había dicho varias veces. Incluso sabía que llevaba encima una pistola, pero no hice nada por ayudarlo. Estaba… Estar con él por las tardes era como ver una película real, un drama sólo para mí, que me hacía olvidar mis problemas. Ese hombre le dio sentido a mi vida durante semanas. Emoción y dolor gratuitos, ajenos, reales. Cuando lo veía, sentía compasión por él, y después asco. Me daban ganas de pisarlo, de abofetearlo. Su aspecto de debilidad, sus ojos suplicantes, su pequeña estatura… Él sacaba lo peor de mí mismo de dentro de mí mismo. Sacaba toda esa crueldad que todos llevamos dentro. Esa cosa que nos hace aplastar una lombriz, que no nos ha hecho nada, cuando nos cruzamos con ella en nuestro camino, arrastrándose.

Esa cosa que tú sientes cuando ves a Francisco, por ejemplo. Eso es lo que piensas mientras lo escuchas.

– Empecé a hablar con él el día en que nos encontramos en el parque por primera vez. Cuatro frases absurdas y convencionales entre dos desconocidos, ya puedes imaginarte. Pero se le notaban las ganas de morirse a la legua, la depresión, la desesperación. Todo lo que le empuja a uno a querer matarse.

– Sigue -lo animas.

– Luego nos vimos la tarde siguiente en el mismo sitio, y yo me llevé una grabadora. La cogí por si se me ocurría algo para mi novela. Me resulta más fácil hablar que escribir. Pensé que a lo mejor avanzaba un poco grabando las ideas que se me ocurriesen mientras daba una vuelta por ahí. Cuando nos volvimos a ver, él empezó a hablar, y a mí me pareció interesante. Decidí grabar lo que decía. Hablaba, y yo grababa sus palabras. Nos vimos muchas otras veces, y siempre hice lo mismo. Por las noches, Laura, mi mujer, transcribía las cintas. La novela está escrita en primera persona.

– Qué astuto. ¿Quieres otra copa?

– Sí, gracias. No me vendría mal. Estoy celebrando el comienzo de mi carrera. La ocasión merece una libación como está mandado.

Esta vez es una camarera quien repone vuestros vasos.

– Mi mujer me ha dejado. Se ha ido -te dice Fran, los ojos llameando-. Laura me ha dejado.

– Buena cosecha -saboreas el licor apreciativamente-. ¿Sabes ya de qué tratará tu próxima novela?

– ¿Eh? Ah, no, aún no.

– Deberías ir pensándolo -sugieres.

– El hombrecillo estaba muy solo. Vivía con su mujer y su hijo.

– ¿No has dicho que estaba solo?

– Pues claro. Ésa es la peor manera que uno tiene de estar solo: en compañía. Eso es algo que aprendí junto a él.

– Oye, Francisco… ¿Has oído hablar alguna vez de la moral de los caracoles?

Francisco te mira a los ojos, desorientado, y sacude la cabeza.

– No, nunca.

– No me extraña. Porque no la tienen, que se sepa -le dices suavemente-. Adiós, Francisco -te despides, y sin más vas al encuentro del señor Tamisa que camina presuroso, musitando disculpas y abriéndose paso entre la gente con los codos. En su cara puede leerse que hace rato que te está buscando.

– ¡Tú y yo somos iguales!, ¿eh, Ulises? -te grita Francisco, la voz azumbrada.

Hay mucho ruido en el ambiente. Tú no lo oyes. Tal vez por eso no contestas.

EMERGIENDO DEL REINO DEL TEMOR

La noche avanza, y los compromisos sociales a los que te obligan tu galerista y tu marchante (con periodistas, comisarios de exposiciones internacionales, publicitarios, coleccionistas adinerados, dos ejecutivos de una multinacional, un cantante pop aficionado a la pintura…) empiezan a abrumarte. Te resultan desalentadores tantos deberes y tanto despliegue de habilidades mundanas sólo para ganar algo de dinero honradamente.

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