La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Esténtor protestó, diciendo que si enviaban todos los aeróstatos al Remoto Norte la ciudad quedaría completamente desprotegida frente a otro ataque de los gog.
– Sólo viajarán dos naves al encuentro del Adversario -replicó Nyayam-. Las otras tres se quedarán en la ciudad.
– Sólo dos naves para enfrentarse al Adversario… -musitó Neléis.
– Dos naves y doscientos hombres -insistió el anciano consejero-. Debemos aceptar las cosas tal y como vienen, y recomponer nuestros planes de acuerdo con las circunstancias que nos dominan.
– ¿Creéis que si destruimos al Adversario -pregunté- el asedio a la ciudad terminará?
Nyayam negó con su delgada y oscura cabeza y dijo:
– No podemos estar seguros de eso. Probablemente no. Después de todo, por lo que sabemos, el Adversario tan sólo controla directamente a un puñado de sus esclavos. El resto siguen fanáticamente las ordenes de éstos, pero también actúan por voluntad propia. Quién sabe qué harán si el Adversario muere.
– Si la muerte del Adversario no aleja a los tártaros y a los gog de los alrededores de Apeiron -intervino Joanot-, hay seis mil guerreros almogávares, a las órdenes del gran Roger de Flor, esperando en Anatolia.
Y podríamos conseguir algo más de ayuda del Imperio Romano; pues, a fin de cuentas, Constantinopla está en deuda con vosotros.
Nyayam asintió con sobriedad.
– Sí, es posible que haya llegado el momento de salir a la luz; de que los logros que hemos conseguido alcanzar en Apeiron sean compartidos por toda la humanidad. Esto marcará, sin duda, el inicio de una nueva época. Pero antes tendremos que acabar con la amenaza del Adversario…
Iba a empezar entonces la parte más extraña de mi aventura; un viaje de locura que me haría dudar de mi razón cada vez que intentara revivirlo.
subjecta
1
Neléis me mandó llamar para mostrarme unas heliografías del campamento gog. Le había hablado a la consejera del sacerdote nestoriano que acompañaba a Dorga, el jefe de los gog que yo había tenido la desdicha de conocer, y ella había mandado un aeróstato para que tomara imágenes de las yurtas de los jefes.
Las heliografías habían sido tomadas desde gran altura, pero gracias a la avanzada ciencia óptica de los ciudadanos, mostraban el campamento, y a los que por él deambulaban, con gran nitidez, desde una perspectiva cenital. Evidenciaban que los tártaros y los gog habían aprendido la lección y ahora situaban sus tiendas con una gran distancia entre ellas, previniendo un nuevo ataque aéreo.
– ¿Crees que es este hombre? -me preguntó Neléis señalándome una de las heliografías. El individuo que aparecía en ella, salía de la yurta del líder gog; era gordo y no era posible ver su rostro, sólo su cráneo pelado. Pero por sus raídas vestiduras, cubiertas de jirones de flecos dorados, supe que se trataba del nestoriano.
– Es él -afirmé.
– ¿Estás seguro?
– Sí. ¿Por qué es tan importante de pronto ese bastardo de nestoriano?
– Por lo que nos contaste -me explicó Neléis-, parece como si tuviera grandes conocimientos sobre la verdadera naturaleza del Adversario, y sin embargo tú no crees que estuviera infectado por un rexinoos.
– No lo puedo asegurar. Tampoco pensé que Ibn-Abdalá estuviera poseído. Pero creo que el nestoriano era un ser degenerado por sí mismo; no necesitaba de nada más que su propia podredumbre interna para convertirle en esclavo del Adversario.
Neléis asintió con una sonrisa, como hacía siempre que yo me dejaba llevar por mis sentimientos de repugnancia hacia aquellos herejes.
– Entonces podría resultar muy valioso para nosotros.
– ¿En qué sentido?
– No podemos llevar con nosotros, en nuestro viaje hacia el Remoto Norte, al huésped de un rexinoos, porque eso sería como meter al Adversario en nuestra nave. Pero alguien con los conocimientos de ese nestoriano, si es verdad que no está infectado, podría aportarnos muchos datos sobre nuestro destino.
Entendí que pensaban torturarle para obtener esta información, pero ésa no era en absoluto la intención de los ciudadanos. Neléis pareció sentirse entre ofendida y horrorizada cuando le pregunté por esto.
– Jamás haríamos algo así -dijo-; la tortura es algo degradante.
– Pero en ocasiones no hay otro modo de llegar a la verdad.
– Te equivocas, la tortura es el método más seguro para no dar nunca con ella.
Gracias a las heliografías fue posible identificar la yurta del nestoriano, y esa misma noche, un comando de almogávares, con Sausi Crisanislao al frente, entraron en el campamento gog y capturaron al hereje. Lo llevaron a Apeiron atado y amordazado, y un médico llamado Herófilo sometió al nestoriano a un minucioso examen.
– Está limpio -dijo el médico.
– Muy bien -asintió Neléis-. Eso significa que le espera un largo viaje.
Ese mismo día, visité a Ricard de Ca n' que se recuperaba en una habitación del hospital de su herida en el vientre. El almogávar me sonrió al verme entrar, e hizo un gesto de dolor cuando intentó incorporarse para saludarme.
– Tranquilízate, Ricard -le dije, empujándole suavemente para que volviera a tenderse en su litera-. La medicina de Apeiron es buena, pero no lo suficiente como para que puedas ponerte en pie dos días después de recibir un flechazo en el estómago.
Ricard apoyó su cabeza sobre su brazo, me miró fijamente, y preguntó cuándo marcharíamos hacia el Remoto Norte.
– Mañana al amanecer -respondí.
– Daría cualquier cosa por ir con vosotros.
– Lo sé.
– Esta mala suerte mía…
– No digas eso -le reproché-; debes, en cambio, darle gracias a Dios por haber salvado tu vida.
– Oh, no me quejo, Ramón; este lugar es increíble de verdad. ¿Has visto que sábanas tan limpias? Más suaves que el manto de un rey. Y te dan una especie de droga que diluye el dolor como por arte de magia…
– Lo sé -dije señalándole mi brazo en cabestrillo.
– Es una sensación extraña, ¿verdad? Ves tu herida abierta, pero no te duele; y las heridas están hechas para que duelan, ¿verdad?, pero eso no parece importarles mucho a estas gentes. En fin, creo que éste es un lugar por el que vale la pena luchar.
– Tú ya lo has hecho -le dije-, y con bravura. Descansa ahora, recupérate de tu herida lo más rápido posible. Puede que esta gente te necesite antes de nuestro regreso. Por eso está bien que tú te quedes aquí. Cuando regresemos, quizá, Dios lo quiera, te traigamos la noticia de que el Adversario ha sido destruido.
– Que así sea -dijo Ricard con un suspiro.
Me despedí de él, sin pensar -como así resultó ser-, que jamás volvería a ver a aquel bravo guerrero.
2
Los dos aeróstatos que habían sido cuidadosamente pertrechados para el largo viaje, el Teógides y el Paraliena, abandonaron sus mástiles de sujeción, apenas el sol empezaba a despuntar por el horizonte, y tomaron rumbo tramontana.
Dejamos rápidamente atrás la ciudad sitiada, y sobrevolamos el campamento tártaro silenciosos como grandes águilas vengadoras.
Yo viajaba a bordo del Teógides, bajo el mando de Vadinio Vivaldi; junto a Joanot y a la consejera Neléis. En el Paraliena viajaban Sausi y la capitana de dragones Mirina. Ambas naves habían sufrido importantes modificaciones en su diseño; la más importante de las cuales era una especie de balconada que rodeaba la bodega por el exterior, y que permitía a los hombres acceder a cualquier punto de la nave sin necesidad de atravesar toda la bodega. Ésta, a su vez, había sido dividida en diferentes compartimentos gracias a unas ligeras mamparas movibles. Dos caballeros caminantes viajaban en cada una de las naves, estibados cuidadosamente en la zona delantera de la bodega. Eran los cuatro primeros a los que ya les habían sido instalados los sifones de fuego griego.