La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Acepté que, en la mayor parte de los casos, ésa sería una actitud correcta.
– Sabemos que los protohombres, es decir, los gog, que es como vosotros los llamáis -me explicó Neléis-, son esclavos del Adversario; con ellos no hay posibilidad de dialogar. Pero junto a los gog viaja un gran número de tártaros, completamente humanos, y sin duda engañados por los gog que han copiado sus costumbres y estilo de vida. Para ellos esto es sólo una incursión más, y no comprenden el alcance de lo que están haciendo, ni las auténticas intenciones de sus aliados.
Había oído contar historias terribles sobre los auténticos tártaros antes de haber visto ningún gog. Si la consejera creía que eran gentes razonables se equivocaba. Pero, como bien decía Neléis, eran humanos y, aunque aliados del Mal, quizás hubiera alguna oportunidad para ellos. Tal vez valía la pena intentarlo.
Sentados bajo un inmenso parasol, presidido por el horrible emblema tártaro -los nueve tridentes y las nueve colas de yak-, nos esperaban los líderes de la horda.
Tres tártaros blancos, cuatro tártaros amarillos y dos gordos gog.
Reconocí en el bestial y gigantesco Dorga a uno de los dos jefes gog. Sentado a sus pies estaba, mirándole con unos ojos vacunos, el repugnante sacerdote nestoriano.
Era evidente que aquellos demonios me habían dejado salir con vida de su campamento tan sólo porque el poseído Ibn-Abdalá me acompañaba. Después, habían levantado su campamento y se habían dirigido a Samarcanda, para reunirse con el resto de aquel ejército diabólico.
Neléis y los otros tres embajadores ofrecieron la paz a cambio de oro a los tártaros; sin mirar ni una sola vez a los dos gog.
– Lo que deberíais preguntaros -dijo Neléis hablando en siríaco, de modo que apenas pude entender una parte de sus palabras, aunque más tarde ella me describiría con detalle la conversación- es cuánto podéis perder al atacarnos y cuánto podéis ganar al no hacerlo; y sobre todo, cuál es el objetivo de vuestro ataque. Nuestra ciudad se levanta en medio de un árido desierto y no tiene más riquezas que las que ahora os ofrecemos. ¿Por qué arriesgaros a sufrir numerosas bajas por nada?
Otros sacerdotes nestorianos, que también acompañaban a los tártaros blancos y amarillos, se apresuraron a traducir las palabras de los embajadores a la gutural lengua de aquellos hombres.
– Volvemos a encontrarnos, anciano -dijo alguien, hablando en griego. Me volví y comprobé que era el gordo nestoriano de Dorga quien se había dirigido a mí. Me estremecí de ira, pero, siguiendo las indicaciones de Neléis le ignoré.
– ¿Ya no me recuerdas, idólatra? -me sonrió sardónicamente el nestoriano-. ¿Qué sentiste cuando contemplaste cara a cara el rostro del Señor de este Mundo?
Hubiera deseado poder cerrar mis oídos para dejar de escuchar a aquel ser embebido por el Mal. Intenté concentrarme en lo que los tártaros respondían a Neléis, pero, por supuesto, no logré entender nada de las palabras de los herejes nestorianos.
Pero la expresión de Neléis y los demás no me gustó nada.
– ¿Qué sucede? -pregunté.
– Nos vamos -dijo la mujer-. No hay nada más que hablar aquí.
– ¿Qué han respondido a vuestra propuesta de oro a cambio de paz?
– Regresamos a la ciudad, Ramón -me susurró la mujer-. Pero muy lentamente.
Los embajadores y los dragones que nos acompañaban se dieron la vuelta, y empezaron a caminar en dirección a Apeiron. Percibí claramente el sutil movimiento de los dragones con el que desbloqueaban los seguros de sus armas.
– No hay negociación posible, Ramón -me dijo la consejera sin dejar de mirar hacia delante-. Son fanáticos. Ellos piensan que los demonios somos nosotros y que nuestra Apeiron es la ciudad del Mal… ¡No te vuelvas!
Había girado la cabeza levemente al percibir el movimiento de los tártaros. Un numeroso grupo de jinetes, todos gog, habían salido del campamento y se habían situado a ambos lados de los embajadores, como si de una escolta se tratase. Pero las expresiones de sus bestiales rostros no eran nada amigables.
– Mira hacia delante, Ramón -insistió la consejera.
Obedecí, y los dragones nos rodearon protegiéndonos con sus cuerpos, y con sus armas ya claramente preparadas en sus manos. Avanzamos así un largo trecho por las afueras, pisoteando la arena del desierto, los caballos gog al paso, manteniendo la distancia. Pero las puertas de la falsabraga de ladrillo rojo parecían estar desesperadamente lejos.
Un aeróstato descendió directamente frente a nosotros. Los caballos gog se encabritaron, y a punto estuvieron algunos de derribar a sus jinetes. Neléis tiró de la manga de mi túnica para que no me detuviera ni redujera el paso.
Una escalerilla descendió por un lado del puente. Los embajadores y yo nos apresuramos a subir por ella, sin que los sorprendidos gog intentaran impedírnoslo. Después, el aeróstato se elevó majestuosamente, y regresamos a Apeiron.
Al mediodía, con un aire frío y seco levantando la arena del desierto, los defensores de la ciudad se habían desplegado por las afueras, formando una figura semejante a la de una gigantesca águila con las alas abiertas. Mil dragones ocupaban el ala derecha, muy separados entre sí, para oponer la máxima superficie de fuego al enemigo. Otros mil dragones, con una disposición similar, dibujaban el ala izquierda. Los trescientos almogávares formaban el pecho del águila; estaban divididos en tres compañías de cien hombres cada una, al mando del adalid Joanot, y los almocadenes Ricard y Sausi.
Las puntas de las alas del águila se curvaban ligeramente hacia delante, formando una suave media luna. La idea era que los jinetes que atravesaran la zona central para enfrentarse a los almogávares tendrían que soportar antes una lluvia de fuego lanzada por los dragones. Así mismo, los almogávares estarían en disposición de acudir a reforzar las alas, en caso de que fueran atacadas por los gog.
El plan había sido diseñado por el general Esténtor, que dirigiría la batalla desde su puesto de mando en el aeróstato Teógides. Esténtor usaría el telecomunicador para enviar sus órdenes a los capitanes de los dragones. Joanot, Ricard y Sausi también tenían receptores, semejantes a un botón que se introducía en la oreja, unido por un cable a una pequeña caja de metal. Desde su privilegiado puesto de mando en las alturas, Esténtor tendría una visión del campo de batalla que ningún general en la historia había tenido jamás, y gracias al telecomunicador, podría hacer reaccionar a sus tropas en consecuencia y con rapidez.
Los otros dos aeróstatos; el Ieragogol y el Demetrio, iban cargados de bombas y de suministros para los combatientes, y en un momento dado también podrían arrojar sus bombas contra los gog.
Yo iba en el Teógides, junto al general Esténtor, y desde el cielo pude ver la impresionante alfombra negra que cubría el desierto frente a la pequeña águila formada por los defensores de la ciudad. Iban a necesitar de todos aquellos recursos si querían sobrevivir a una batalla tan desigual como la que se avecinaba.
El combate empezó.
Los tártaros cargaron sobre el ala izquierda de los dragones. Dos asaltos sucesivos no lograron atravesar las barreras de fuego que los dragones levantaron frente a sus caballos, pero la violencia de sus ataques casi suicidas hizo retroceder a los dragones. Joanot envió a Ricard y a su compañía a apoyarlos. Una tercera carga, con quizá un millar de gog, se enfrentaron a los cien catalanes de Ricard.