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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Presencié cómo los mejores jinetes tártaros, ante una fuerza numéricamente muy inferior, se batían en retirada bajo el fuego de los pyreions almogávares.

En el aeróstato todo el mundo vitoreó aquella primera victoria. Pero era demasiado pronto para alegrarse, pues casi inmediatamente, las tropas de la ciudad sufrieron un duro revés, que hubiera podido resultar desastroso de no ser por el valor que demostraron los hombres de Joanot.

Los tártaros habían penetrado profundamente en el ala derecha de los hombres de la ciudad. Habían saltado con sus caballos por encima de la ardiente barrera de cadáveres gog que habían ido amontonándose frente a la línea de dragones, impidiendo la visión de lo que sucedía delante. Sorprendidos por el nuevo frente que iba hacia ellos, se los vieron encima demasiado pronto como para hacer un correcto uso de los sifones de fuego griego. Una andanada de flechas disparadas a cortísima distancia atravesó las armaduras rojas de los dragones.

Desde su puesto de mando en el Teógides, el general ordenó a Joanot que acudiera en auxilio del ala derecha de los dragones. Aunque él mismo se encontraba en dificultades, y acababa de rechazar una carga de los gog, obedeció. Los almogávares llegaron a tiempo para sorprender a los jinetes tártaros por detrás, y cogidos entre dos fuegos, fueron rápidamente exterminados.

Cuatro horas después del inicio del combate, las cosas parecían estar como al principio. Almogávares y dragones habían conseguido estabilizar sus alas y desalojar a los tártaros atacantes que dejaron tras de sí las arenas del desierto ennegrecidas de cadáveres calcinados. Calculé que los gog habrían tenido ya unas cinco mil bajas, pero eso no parecía importarles mientras reagrupaban sus fuerzas y se preparaban para un nuevo asalto. Era apenas una gota de agua en el mar. Comprendí entonces lo desesperado de aquella lucha; almogávares y dragones no podían vencer contra una fuerza tan infinitamente superior; al final caerían agotados, cada hombre rodeado de montículos de cadáveres gog, sin fuerzas en los brazos para seguir disparando.

Entonces, un mínimo de cien mil jinetes gog se lanzaron a la vez contra el frente formado por los dragones y los almogávares. Contemplé con horror cómo aquella inmensa formación atravesaba a toda velocidad las afueras. Una cortina de polvo se elevó hacia el cielo del desierto, a la vez que el estruendo de la carga nos llegaba a los ocupantes del Teógides como si se tratara de un súbito terremoto. Decenas de miles de pezuñas pateando contra la arena; cien mil gargantas aullando salvajes gritos de guerra.

Me pregunté cómo verían Joanot y los demás aquella marabunta que se les venía encima. El efecto debía de ser aterrador contemplado desde el suelo. O quizá no. Pocos soldados pueden ver una batalla como yo la estaba viendo ahora, o comprender lo que realmente está sucediendo mientras se desarrolla la lucha; cada almogávar estaría aislado en el reducido y frenético entorno de su propia experiencia inmediata; morir o matar, y repetir esto una y otra vez.

Joanot y sus almocadenes apenas tuvieron tiempo de disponer a los almogávares en sus puestos antes de que los gog se les vinieran encima. Aguardaron hasta que los jinetes de vanguardia estuvieron a cincuenta pasos, y abrieron fuego.

Los jinetes gog cabalgaron en línea recta hacia las bocas de los pyreions almogávares, antes de caer o volver grupas. Los que daban vueltas en torno a los cuadros buscando abrir brechas por los flancos, pronto se vieron rociados por los chorros cruzados de líquido ardiente enviados por los dragones; y al girar para atacar de nuevo, sus monturas aterradas y abrasadas por las llamas iban de aquí para allá, de un ala a otra, para acabar cayendo en confusos montones humeantes.

Pero, tal y como yo había supuesto, eran demasiados para ser contenidos.

Los almogávares ejecutaron a la perfección los muy ensayados movimientos de fuego por descargas, pero fue como disparar proyectiles contra una inmensa ola marina que se les viniera encima.

Los gog los rebasaron, dejando tras de sí la arena empapada por la sangre de los almogávares. Los dragones no podían acudir a ayudar a los catalanes, pues ellos mismos estaban soportando un ataque masivo de los gog. Los almogávares atacaron entonces a los jinetes con los cuchillos sujetos al extremo de sus pyreions, pasando a un sangriento y desesperado cuerpo a cuerpo, pero el combate ya estaba decidido.

Esténtor gritó a través del telecomunicador, a sus capitanes y a los almogávares que retrocedieran hacia la ciudad; pero abajo la confusión era tan enorme que nadie hizo ningún movimiento organizado hacia ningún lado.

El general de los dragones ordenó entonces a los otros dos aeróstatos que iniciaran su ataque con bombas contra la retaguardia de los tártaros. Las dos naves picaron hacia el campamento enemigo, y dejaron caer una lluvia de pellas sobre las picudas tiendas de los tártaros.

Las pellas estaban compuestas por dos semiesferas de cristal unidas entre sí de diez pulgadas de ancho cada una. Cada una de las semiesferas estaba herméticamente cerrada y contenía uno de los dos componentes que formaban el fuego griego; al estrellarse contra el suelo las esferas se rompían, y los componentes se mezclaban. Cada una de las dos naves dejó caer un millar de aquellas bolas de fuego sobre las yurtas de los gog, y el resultado fue la más gigantesca y satisfactoria llamarada que jamás hubiera contemplado. La combustión fue tan súbita y violenta que el aire desplazado por el calor hizo tambalearse al Teógides, y una enorme seta de fuego se elevó desde el centro del campamento gog.

Los gog atacantes quedaron sobrecogidos y paralizados por aquella deflagración a sus espaldas, y los supervivientes almogávares y dragones aprovecharon su momento de confusión para retroceder hacia las antemurallas de Apeiron.

– Bien -dijo el general-; creo que van a aprender la lección y no volverán a acampar con sus tiendas tan cerca unas de otras.

Me sentía tan feliz por ver que algunos de mis compañeros habían logrado salvarse, que ni siquiera me cuestioné el hecho de que los que ocupaban aquellas tiendas en aquel momento eran las mujeres y los hijos de los guerreros gog.

Las puertas de la antemuralla se habían abierto, y los supervivientes entraban rápidamente en su interior. Los tres aeróstatos se situaron entre las puertas y los gog que, pasada su sorpresa, parecían estar reorganizándose para lanzar un nuevo ataque.

A una orden del general, las tres naves soltaron todas las pellas que les quedaban, creando un muro de fuego frente a los gog. Éstos respondieron lanzando flechas contra los aeróstatos. Algunas atravesaron el suelo de madera del puente del Teógides, y Esténtor ordenó que la naves se elevaran. Aprovechando esto los gog se lanzaron como bestias rabiosas hacia los defensores que huían, atravesando sin inmutarse la cortina flamígera que les separaba.

Las puertas de Apeiron estaban abiertas de par en par y si los gog rebasaban la línea de ladrillo rojo de la antemuralla, penetrarían en la ciudad de cristal como una avalancha de muerte. Pero, mientras los dragones y almogávares cruzaban el terreno abierto entre la muralla y la falsabraga, cinco gigantescas figuras abandonaron la ciudad y les hicieron frente a los enloquecidos gog.

Eran cinco caballeros caminantes, que avanzaron firmemente hacia la vanguardia de atónitos gog. Los sifones de fuego griego aún no habían podido ser instalados, y cada uno de los titiriteros que manejaban a los gigantes era protegido por dos dragones.

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