La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– Amigo mío -me dijo, con su voz empalagosa-, sé que te apiadarás de mí, y que sabrás transmitir esa piedad, que Cristo nos enseñó a ambos, a mis captores.
Yo le devolví una mirada de profundo asco, y le dije:
– Te equivocas implorando mi compasión, y más aún al hacerlo invocando a Nuestro Señor a quien tú traicionaste de una forma tan ruin.
– Sé que no hay rencor en ti, y que me ayudarás -insistió él.
– Yo no confiaría demasiado en eso -le dije-. He venido hasta aquí, sobreponiéndome a la repugnancia que me produces tan sólo para satisfacer mi curiosidad; no puedo imaginar cómo un ser humano puede llegar a un grado de degradación como el tuyo. ¿Cómo has podido volverle la espalda al Señor de una forma tan absoluta?
– No entiendes nada, terciario -dijo él mirándome con tristeza-; vives en la oscuridad y te burlas de los que hemos contemplado la luz.
– ¿La luz? -grité exasperado-. ¿Hablas tú de luz?; tú que adoras a un demonio.
– No hay demonios -dijo él-; ni existe el Bien y el Mal, tan sólo diferentes aspectos de una misma Realidad. Pronto tú también conocerás esa Verdad, igual que yo la conocí cuando apenas era un niño y fui ordenado sacerdote. Conocerás a la Matre.
– ¿ La Matre? -pregunté-. ¿De qué me estás hablando ahora?
– El Creador de toda vida -salmodió-. El Vientre que ha engendrado al Mundo. La serpiente Uroboros. La piedra oculta, escondida en lo más profundo de una sima, que es vil, abyecta y desprovista de valor; y está cubierta de lodo y excrementos; pero en ella, como en uno solo, se refleja cada hombre. Porque esta piedra está animada con la virtud de procrear y de engendrar. Esta piedra es blanda y toma su inicio, su origen y su raza de Saturno o de Marte, del Sol y de Venus, y de las remotas estrellas.
– Estás completamente loco -comprendí.
Él me miró con unos ojos desorbitados y llenos de fiebre, y dijo:
– Pronto la conocerás. Y temblarás… -Sacudió la cabeza como si acabara de salir de un trance. Miró a un lado y a otro y gimió-: No, no… no podemos seguir adelante.
Cansado de todo aquello, di media vuelta y me alejé de aquella criatura degenerada mientras sus ruegos, imploraciones y amenazas, me seguían por la sentina.
Al atardecer de ese primer día de viaje cambió súbitamente el cielo, que tras dejar atrás los humos que rodeaban Apeiron había permanecido perfectamente azul; ante nosotros apareció en el horizonte una barrera de nubes, oscuras y compactas, elevándose hasta una milla de altura, como la muralla de la fortaleza de un gigante.
Esa noche cenamos raciones frescas de carne y verdura.
– Aprovechad -nos advirtió Vadinio con una sonrisa-; a partir de ahora todo serán tristes alimentos desecados.
Esa noche dormí en un coy de lona tendido en el interior de la bodega, a bordo de una nave que viajaba por el cielo, en mitad de la oscuridad, alejándose de toda tierra conocida para dirigirse al encuentro de un demonio.
Los viejos miedos nacidos de la superstición y la ignorancia me acosaron esa noche; pues, pese a toda mi ciencia, no soy tan diferente en mis sentimientos de cualquier hombre, pequeño y perdido en este mundo extraño. Soñé que las dos naves, tras dejar atrás toda tierra conocida por el hombre, se perdían en un páramo infinito y desolado. Volaban juntas sobre un terreno plano y sin límites hacia un horizonte que se juntaba con las estrellas. Volaban durante meses, años, siglos… Mientras los cuerpos de sus tripulaciones se iban convirtiendo lentamente en polvo. Pero no yo, que seguía con vida, deambulando solitario por las salas de la Teógides , convertida ahora en una tumba volante, horrorizado por el cruel destino que Dios me había reservado: contemplar eternamente la inalcanzable línea del infinito con unos ojos inmortales.
Había pasado toda mi vida viajando, y mi infierno iba a ser realizar un último viaje por toda la eternidad, sin posibilidad alguna de llegar a mi destino…
Al día siguiente, una breve observación del sol nos permitió calcular nuestra posición, pero inmediatamente se cubrió completamente de nubes el cielo y desapareció entre ellas. Un espeso banco de niebla se extendía bajo nosotros hasta perderse de vista. Y entre esas dos paredes viajamos durante días, navegando sólo con la ayuda de la brújula magnética; pero, con el fuerte viento que soplaba, y sin posibilidad de comprobar deriva y velocidad, aquello era como correr a ciegas por un oscuro túnel.
El viento, penetrando entre las juntas del puente del Teógides, producía un silbido interminable. También oíamos, bajo la presión del aire, temblar la lona que cubría la armadura. El frío empezó a volverse intenso con rapidez, y tuvimos que vestir las camisolas y bragas de gruesa lana, bajo los voluminosos sayos de piel de cordero con que nos había provisto la ciudad. Constaban de una pieza con capuchón, parecida al hábito de un franciscano -pero más corto-, que se metía por la cabeza. El pelo quedaba por dentro, mientras que por fuera la piel se revestía de una gruesa tela impermeable al viento y al agua.
Como en mi sueño, avanzábamos ahora por un infinito universo helado. Las nubes parecían arrecifes de hielo prendidos en pleno cielo. Bajo nosotros, sobre las cumbres que asomaban por entre las pálidas mantas de niebla, el hielo se escurría en líneas convexas hacia las grisáceas tierras bajas, hacia valles dormidos en noches que, cuanto más avanzábamos, más largas y oscuras parecían.
Los falsos cristales de las naves empezaban a cubrirse de hielo, lo que obligaba en el puente a limpiar continuamente las portillas frontales, usando pequeños chorros de agua tibia. De vez en cuando, éramos sobresaltados por un inesperado ruido, tan fuerte como una explosión. Eran diminutas astillas de hielo que, proyectadas violentamente por las hélices, golpeaban los flancos de lona del aeróstato produciendo pequeños desgarrones que teníamos que reparar rápidamente, para evitar que se agrandaran.
Todos a bordo atendían circunspectos sus tareas. Todos estábamos fatigados; el ambiente frío, húmedo y gris que nos envolvía pesaba cada vez más en nuestro ánimo. No se apreciaba ni una rendija de luz a través de la niebla que nos rodeaba.
Me preguntaba dónde estaríamos, y cuántas leguas habríamos recorrido ya.
Se lo pregunté a Vadinio, y éste extendió, sobre la mesita del puente, una serie de mapas cartografiados siglos atrás por los exploradores de la ciudad.
Con ayuda de un cartabón, dibujó una larga línea que partiendo de Apeiron se perdía por la zona superior del mapa. Esta zona estaba compuesta por terreno blanco, tal y como lo llamó Vadinio; es decir, territorio inexplorado.
– Lo peor -me confió-, es que el telecomunicador no nos indica el punto preciso donde nos hallamos, sino únicamente la dirección donde está la guarida del Adversario. Podemos trazar esta recta que pase por nuestro destino, pero no podemos precisar en qué punto de ella estamos ahora.
– ¿Tenéis idea de cuál es nuestra velocidad?
De vez en cuando, las dos naves descendían hasta unos centenares de varas del suelo, y dejaban caer pequeñas cargas explosivas. Con un cronómetro, dos aeronautas situados en la balconada que rodeaba las bodegas por el exterior, calculaban el tiempo transcurrido entre dos explosiones.
– Aproximadamente, recorremos unas treinta millas cada hora.
Hice mis propios cálculos sobre mi Guía geográfica de Tolomeo. Los antiguos habían estimado que la anchura total del mundo habitado, de Tule al país de los sembritas, era de unas mil leguas. Actualmente una milla es la tercera parte de una legua, pero antiguamente equivalía a ocho estadios; lo que la haría equivalente a un cuarto de milla de las de ahora…