La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
En las dos naves viajaban, además, cien almogávares y cien dragones de la ciudad, repartidos entre los dos aeróstatos. Herófilo, el médico de Apeiron que más sabía de los rexinoos iba a bordo del Teógides, y con cuatro paneles se le había separado un pequeño espacio de la bodega como enfermería.
Neléis haría las funciones de embajadora de Apeiron en aquella expedición.
Yo no entendí bien el sentido de esto.
– Ya has visto cómo actuamos en estas cosas -me explicó la mujer-. Nuestra ética nos impide luchar sin antes darle una oportunidad a las palabras. Si hiciéramos esto, no seríamos mejores que esos protohumanos.
– Pero, la última vez que intentasteis dialogar con esos demonios -apunté-, a punto estuvo de costamos la vida. Es evidente que ellos no conocen otra ética que la sangre, y que no podéis aplicarles vuestros parámetros morales a criaturas semejantes.
La consejera hizo una mueca de desagrado, y dijo:
– Hay un punto en el que jamás lograremos ponernos de acuerdo, Ramón; y es ese en el que tú consideras que el Adversario es un demonio, o el mismísimo Satanás en persona, y sus ejércitos están formados por seres básica e irrecuperablemente malvados.
– ¿Y no es así? -protesté-. Yo he presenciado hasta qué extremos puede llegar su depravación y su insania. Les he visto masacrar a una ciudad entera; niños y mujeres, y hacer una torre con sus cráneos. Les he visto cometer actos de una naturaleza tan aberrante y contra natura, que me siento incapaz de repetir aquí.
La consejera meditó un instante antes de decir:
– En una ocasión me contaste cómo Roger de Flor, al que consideráis en tu tierra un gran héroe, y sus almogávares exterminaron a un poblacho entero de nómadas turcos, sin respetar siquiera a las mujeres ni a los ancianos…
Abrí la boca para rebatirle, pero la volví a cerrar consciente de la pobreza de los argumentos que iba a emplear. ¿Cómo iba a responder a algo así?
– No te preocupes, Ramón -siguió diciendo Neléis-, podemos comprender cómo son las cosas al otro lado de los muros de Apeiron. La dureza de la lucha por la existencia convierte a los hombres en lobos; la ignorancia y la pobreza los hace insensibles al sufrimiento ajeno; la falta de energía y recursos obliga a unos hombres a convertir en esclavos a sus semejantes. Y la esclavitud es el auténtico origen de toda degradación moral. Si un ser humano encuentra natural el disponer de la vida de otro, es porque no puede concebir que ese esclavo posea la misma profundidad psíquica que él. Aristóteles decía que: «los de la clase inferior son esclavos por naturaleza, y lo mejor para ellos como para todos los inferiores es que estén bajo el dominio de un amo…». Pero no te equivoques, Ramón, nosotros no somos mejores; los mismos instintos egoístas nos dominan, y tan sólo la tecnología nos hace actuar de modo diferente.
– Explícame eso -dije-; porque no lo entiendo.
– Es fácil -respondió Neléis haciendo un amplio gesto con sus manos-; la tecnología de Apeiron nos permite disponer a todos, y a cada uno de sus ciudadanos, de más poder y recursos de los que disfruta un reyezuelo del exterior o un noble cargado de esclavos trabajando de sol a sol para él. Nosotros no tenemos esclavos, pero las máquinas trabajan para nuestro beneficio, y permiten que más gente disfrute de la recompensa de la riqueza y la sabiduría. Los hombres con sus necesidades básicas cubiertas, y con tiempo para estudiar el mundo y a sus semejantes, acaban por desarrollar fuertes compromisos éticos. Pero, a la postre, es tan sólo nuestra tecnología la que nos hace mejores, no nuestra filosofía ni nuestra ética.
– Parece una base moral bastante cínica -le dije.
– Pero es la verdad.
– En cualquier caso -dije sacudiendo la cabeza-; nada de eso se aplica al Adversario. Ni siquiera vosotros podéis considerarlo como un semejante.
– Pero tampoco como un demonio -replicó ella-; no podemos creer que exista un ser de naturaleza intrínsecamente perversa.
– Pero… -las palabras se agolparon en mi boca-. ¿Cómo puedes decir eso? Os ha perseguido durante siglos; os ha obligado a permanecer ocultos tras los muros de Apeiron. Se comporta como si toda la humanidad fuera su enemiga; como si no tuviese otro objetivo que nuestra destrucción.
– Es posible -admitió Neléis-; pero, según creen nuestros científicos, es un ser nacido en otro mundo, y debe poseer un comportamiento y unos valores diferentes a los nuestros; si éstos suponen una amenaza ineludible a nuestra existencia, no tendremos otra opción que destruirlo; sin remordimientos; pero quisiera tener la oportunidad de intentar ver el mundo tal y como él lo ve; al menos durante un instante antes de acabar con él para siempre.
– ¿Y si esa visión de su mundo te demuestra que realmente es un demonio?
La consejera me miró durante un largo instante, pero no me contestó.
– Ni siquiera puedes creer en esa posibilidad -le dije-, ¿no es cierto?
– Tienes razón -admitió ella-. No puedo creer en eso.
– En una ocasión me preguntaste si sería capaz de aceptar la Verdad, aunque ésta estuviera en contra de todas mis creencias. Yo te contesté afirmativamente, y creo con sinceridad, que así sería. Pero no creo que tú fueras capaz de admitir mi Verdad si se te presentara nítida y sin ninguna sombra de duda.
La consejera me dirigió una mirada de tristeza y dijo:
– En la ciudad aprendimos a enfrentar el mundo de las ideas a la refutación de las pruebas materiales. Si el Adversario es un ser sobrenatural, eso alteraría toda la concepción del universo que a lo largo de dieciséis siglos hemos ido desarrollando en Apeiron. Pero si esto quedara demostrado, puedes estar seguro de que lanzaríamos todas nuestras teorías por la ventana y volveríamos a empezar de nuevo. Esto está en la misma esencia de nuestra filosofía.
Recordé un pasaje notable del libro Opus Maius; en él, mi hermano en la fe, Roger Bacon, exponía una regla fundamental para el progreso de las ciencias: el sentido crítico con que deben abordarse. No es conveniente adherirse a todo lo que oímos y leemos, sino que debemos examinar minuciosamente las opiniones de los mayores, para añadir lo que les falta a ellos y corregir lo que está equivocado, todo con modestia y justificación. Me pregunté si los ciudadanos de Apeiron seguirían tan fielmente este principio como pretendían sus teorías.
Sobrevolamos el desierto de sal y arena, y rebasamos las impresionantes murallas de piedra que mantenían aquellas tierras secas. Durante horas volamos sobre el mar Caspia, que pronto empezó a escindirse en una serie de pequeñas lagunas que salpicaban aquellas tierras áridas.
Tras dejarlas atrás, penetramos en otro mar, esta vez de hierba y rastrojos.
Fue entonces cuando conseguí reunir el suficiente estómago como para ir a ver al nestoriano. Estaba en un rincón de la sentina, donde le habían preparado una especie de jaula hecha con malla de alambre. El hereje estaba sentado en el suelo de su prisión, con sus manos y pies encadenados y una expresión de profundo abatimiento en sus bovinos ojos. Al verme llegar los elevó hacia mí, y pareció alegrarse de verme.