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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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La infatigable jocosidad de Balilty era en verdad irritante. Incluso tras una noche en vela, no cesaba de soltar chistes ni de interrumpir a todo el mundo con comentarios irónicos sobre las almohadas de pluma.

Entre los papeles repartidos por Tzilla había un resumen del informe del laboratorio, y todos habían estudiado en silencio las fotografías ampliadas de las partículas de plumón. Esas partículas, adheridas al esparadrapo que sirvió para amordazar a Felix van Gelden, eran idénticas a las plumas de su almohada. Los comentarios de Balilty resultaban crispantes, entre otras cosas, porque delataban la vergüenza que le causaba su despiste.

Michael parpadeó para disipar el recuerdo opresivo de Las tres caras de Eva y trató de concentrarse en lo que se comentaba sobre la presunta muerte por asfixia de Felix van Gelden.

– No se requiere mucho tiempo ni mucha fuerza, un minuto basta -dijo Eli Bahar-. Con su enfisema, un minuto de presión con la almohada habrá sido suficiente. Podría haberlo hecho un niño, o una mujer, sin ningún problema.

– Lo que no entiendo es por qué tuvieron que matarlo si sólo pretendían robar el cuadro. Habría sido mucho más sencillo llevárselo cuando él no estaba en casa -dijo Michael.

Balilty asintió con la cabeza, masculló algo, se revolvió en la silla, y después señaló que el propio Van Gelden había encargado a expertos que examinaran el cuadro y que su autenticidad estaba fuera de toda duda, pigmentos incluidos. Luego preguntó con gesto preocupado si podían «concluir que los dos asesinatos eran obra de la misma persona». Sus ojillos se entrecerraron como si le molestara la luz.

– A la vista de la situación, la conexión entre ambos casos no está clara. Puede que Mashiah tenga algo que ver con el cuadro, quizá esté implicado -dijo Dalit con optimismo, y extrajo delicadamente una rodaja de tomate y una tira de pepino de su bocadillo. Señaló con la cabeza el pasillo de fuera, donde Izzy Mashiah aguardaba a que su ex mujer le trajera el pasaporte.

– Tantas complicaciones nos han hecho olvidar las preguntas más simples -dijo Balilty-. Como por ejemplo: ¿quién puede salir ganando? Me refiero al dinero, a las cosas más sórdidas. ¿Quién sale ganando? Aún no hemos visto el testamento de Gabriel, si es que existe. Enseguida lo sabremos. Pero algo es seguro: al quitar de en medio a Gabriel, lo que antes tenía que dividirse entre tres, la casa del viejo en Rehavia, la tienda, todo, se dividirá ahora entre dos. No sé de qué vive la hija. ¿De qué vive?

– De sus ahorros y de una asignación que le pasaba su padre. Pero tiene la intención de retomar la enseñanza, los conciertos y las grabaciones -respondió Michael fríamente, como quien facilita un dato histórico.

– Y su padre le dejó a ella el cuadro. Eso no hay que olvidarlo -dijo Balilty-. ¿Y él?

– ¿Quién?

– El maestro.

– Yo en tu lugar no me preocuparía de él. Gana dinero a espuertas, no le falta nada.

– Y también tiene ex mujeres y gastos, igual que Izzy Mashiah, quien quizá será el beneficiario del testamento de Gabriel, si ha dejado testamento.

– Medio millón de dólares no son moco de pavo -reflexionó Zippo en voz alta-. Tienen su importancia.

– La prueba poligráfica demuestra a las claras que Izzy Mashiah no sabe nada del cuadro. Nada que no sepamos nosotros, al menos -señaló Eli secamente.

– Pero también demuestra a las claras, como tú has dicho, que su relación se había torcido, que habían tenido una crisis -les recordó Tzilla. La arruga de su labio superior se veía más pronunciada que otras veces, como si hubiera decidido hacerse indeleble, y confería a la boca una expresión adusta, severa.

– De eso tendremos que ocuparnos, esta misma mañana, tal vez -barbotó Eli, y dirigió la vista hacia Balilty, como en espera de una explosión. Esa cuestión había sido la causante del arrebato de ira de antes del descanso.

– ¿Qué crisis? -había argumentado Balilty-. No es más que un pequeño desacuerdo que estás tratando de exagerar para crear una pista.

Eli había inflado los carrillos y expelido el aire ruidosamente. Lo que bastó para que Balilty perdiera el dominio y dijera:

– Ve acostumbrándote a la idea de que ahora soy yo quien está a cargo de la investigación, y yo no hago las cosas como su Majestad -y señaló con un movimiento de cabeza a Michael, quien no dijo nada.

– La dificultad la plantea -reflexionó ahora Michael, tras apartar los restos del bocadillo y encender otro cigarrillo, pese a su resolución de moderar el consumo de tabaco- el dinero que está en juego. Resulta difícil aceptar la idea de que el robo del cuadro no haya sido más que una maniobra de despiste. Que el asesinato de Felix van Gelden haya sido premeditado y motivado por otras causas.

Balilty lo miró largamente.

– ¿Así lo ves tú? -preguntó con expresión seria y concentrada.

– Es una posibilidad que debemos tener en cuenta, incluso si ha sido alguien cercano a él, o precisamente por eso.

– ¡No lo creo! -exclamó Dalit.

– Nadie te ha preguntado tu opinión -barboteó Tzilla con la vista fija en la mesa.

– No se me ocurre otra explicación si pensamos que el robo, que fue un trabajo bien planeado, profesional, basado en mucha información, se produjo justo cuando estaba en casa. Eso sin mencionar el hecho de que primero lo asfixiaron.

– ¡Pero podría haber otra explicación! -protestó Zippo-. Tal vez el viejo los sorprendió con las manos en la masa.

– Tal vez -dijo Michael, haciendo una mueca.

– En todo caso, tú te empeñas en ver una relación entre los dos casos, lo que significa que la muerte del viejo también ha sido un asesinato premeditado -dijo Balilty.

– ¿Y tú? -replicó Michael-. ¿De verdad desdeñas la relación entre ambos casos? ¿Se te ocurre una explicación mejor?

Michael vio que Balilty entornaba aún más los ojos, como si fuera muy consciente de las implicaciones del énfasis que Michael había dado a aquel «de verdad», como si estuviera leyéndole el pensamiento: «Tú también te empeñarías en ver una relación entre los dos casos si no hubieras cometido ese estúpido error».

– Si es así, hay que tachar a los dos hijos de la lista -meditó Balilty en voz alta-. Tienen coartadas para la hora en que fue asesinado el viejo -dirigió a Michael una mirada penetrante-. Y en cuanto a la hija -continuó, dirigiendo la vista hacia la ventana que tenía enfrente-, ella estaba en la peluquería. Relájate.

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