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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– Aurora, Aurora -llamó Psíquicus; la joven abrió los ojos mirando al frente con aire ausente-. Aurora, ¿me oye?

– Sí -repuso la joven totalmente ida.

– ¿Recuerda esas escaleras que veía ante usted en mi casa y que le ordené bajar?

– Sí.

– Pues ahora las vuelve a ver, ahí están, delante de usted. Respira usted despacio, el aire es puro y sus miembros ya no pesan tanto…, su cabeza ya no pesa tanto, su cuerpo…, su cuerpo ya no está tan pesado. El aire puro y fresco llega a sus pulmones y desde ahí viaja a todo su organismo… Lo siente llegar a su mente, refrescante y vivificador, vea la escalera, acérquese a ella. Sube el primer peldaño, sube el segundo, sube otro y otro. Está usted volviendo a la realidad despacio…, despacio… ¡Ya! -ordenó el vidente mientras chasqueaba los dedos.

La joven abrió mucho los ojos, sorprendida. Miró a su alrededor como quien despierta de un pesado sueño.

– ¡Psíquicus! -exclamó-. ¿Qué haces aquí, en mi dormitorio? ¿Qué pasa? ¿Quiénes son ustedes?

– Alfredo, haz el favor, avisa a Abenza para que se lleve a Psíquicus al cuarto de don Donato, allí espera Milagros. Y avisa también a la hermana y a la madre de doña Aurora. Y usted, señora, no se asuste, somos policías, este bribón la hipnotizó, pero ahora está usted a salvo, Clara y su madre se lo explicarán. Calma, calma…

Mientras intentaba serenar a Aurora, Víctor escuchó unos pasos apresurados en la escalera. Clara irrumpió en la habitación y se lanzó en brazos de su hermana, que intentaba levantarse de la cama.

– ¡Aurora, Aurora, estás bien! -gritó la joven entre lágrimas.

Víctor sintió que se le partía el alma.

Detrás entró doña Ana Escurza, que se sumó al abrazo de sus hijas deshecha en llanto.

– Pero ¿qué os pasa? -preguntaba Aurora confundida.

Doña Ana se volvió hacia Víctor y exclamó:

– ¡Usted me la ha devuelto, don Víctor! ¡Le debo la vida de mi hija, Dios le bendiga!

Víctor sonrió satisfecho y dijo a don Alfredo:

– Alfredo, di a alguno de los guardias que salga a la calle y avise a un joven que, si no me equivoco, todavía está medio escondido tras una acacia de la acera de enfrente.

Don Alfredo bajó las escaleras tras pasar junto a don Donato, quien, situado en la puerta del dormitorio, observaba la escena con cara de satisfacción.

Clara se levantó, se abrazó a Víctor y apoyó el rostro en su pecho llorando de alegría.

– Gracias, Víctor, gracias -musitaba llorando.

Entonces, llegó Fernando Hernández acompañado de don Alfredo. Doña Ana se apartó un tanto y el músico se lanzó en brazos de su amada llorando como una colegiala. Doña Aurora, algo confusa por la presencia de Donato Aranda, no sabía qué hacer, pero terminó llorando como todos los presentes. No recordaba nada de lo que le había ocurrido.

– Dejemos a la familia a solas -dijo Víctor a su compañero-. Psíquicus está aguardando con Abenza para sacar del estado de hipnosis a doña Milagros.

Cuando llegaron a la habitación en que poco tiempo antes se recuperara don Donato, hallaron al vidente acompañado por el robusto agente uniformado. Junto a la afectada velaba una enfermera de su casa de reposo.

– ¿Ha traído usted algún sedante? -preguntó Víctor a la enfermera.

– Sí, está todo dispuesto.

– Este rufián hipnotizó a doña Milagros, y ahora la va a devolver al mundo consciente -explicó Víctor-. Debemos tener en cuenta que esta mujer lleva diez años fuera de este mundo. Su marido y sus hijos vienen de camino desde Santander. Es conveniente que tras su vuelta a la realidad, la sede. No es oportuno que un grupo de extraños le cuente todo lo que le ha sucedido, ¿de acuerdo? -La enfermera asintió, así que el joven subinspector añadió-: Adelante, Psíquicus.

El vidente siguió los mismos pasos que con Aurora, y a los pocos minutos doña Milagros despertó, muy confusa.

– ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son ustedes? ¡Incógnitus! ¿Qué hace usted aquí? Este es el dormitorio de mi hijo mayor, pero ¿quién ha cambiado el papel de la pared? ¿Qué hora es? ¿Qué sucede aquí?

– Señora, soy Víctor Ros Menéndez, subinspector de policía -se presentó Víctor con mucha tranquilidad-. Este rufián, Incógnitus, la hipnotizó para cometer una fechoría con usted. Ha estado un tiempo en estado de hipnosis. Usted no recordará nada de estos últimos tiempos.

– ¿Últimos tiempos? ¿Y mi marido?

– No se preocupe. Su marido y sus hijos vienen de camino. Está usted a salvo. Esta enfermera le va a administrar un sedante para que pueda descansar hasta que lleguen. Ellos le explicarán. ¿Lo entiende?

– Creo que sí -dijo ella con expresión un tanto confusa, y mirando hacia su alrededor como un animalillo asustado.

La enfermera le inyectó una buena dosis de pentotal sódico y la señora quedó dormida al instante.

– Lleve al adivino al cuartelillo y a su compinche también -indicó Víctor a Abenza-. Y usted, señorita, ¿podría inyectar el mismo sedante a doña Aurora? Gracias. Y ahora creo que nos merecemos un café para reponer fuerzas, ha sido una noche muy larga.

Víctor y su compañero bajaron al salón principal, donde Nuria había dispuesto café con leche y bollos para todos. Al poco Aurora dormía sedada, y a la mesa se sentaron don Horacio, doña Ana, Clara, don Donato, Fernando Hernández y los dos detectives que habían resuelto el caso. El dueño de la casa, Donato Aranda, se sentó algo alejado del músico que conquistara el corazón de Aurora. Comenzaba a amanecer. Don Horacio dijo entonces:

– Bueno Víctor, ahora que esos dos pájaros están a buen recaudo, ¿nos explicará usted cómo llegó a descubrir esta trama? Debo confesar que en muchos aspectos estoy aún a oscuras.

– Sí, sí. Cuéntanos lo que has hecho para capturarlos, hijo -solicitó doña Ana Escurza-. Se me escapa cómo llegaste a descubrirlo.

Capítulo 24

– Bien -asintió Víctor apurando su café con leche-, creo que a estas alturas puedo describirles de manera bastante aproximada lo sucedido en este caso. Debo reconocer en primer lugar que me ha resultado difícil de resolver y que no he encontrado ningún otro asunto que se le pareciera en los anales del crimen. Creo que estamos frente a un misterio que podemos calificar de único. Evidentemente, ha habido casos más complejos y meritorios de solucionar, pero éste, a su manera, tiene su aquél y hará correr ríos de tinta, ya lo verán. También quiero pedir disculpas a todos por la extraña concatenación de hechos que hemos vivido esta noche, pero me vi obligado a organizarlo así a causa de la inteligencia y perspicacia de nuestros oponentes. Además, necesitaba que Aurora y Milagros estuvieran en la casa para conseguir que, desorientados ante la sorpresa de la detención, estos rufianes accedieran a recuperarlas para nuestro mundo. Un pequeño golpe de suerte final nos ha ayudado, y es que la relación sentimental existente entre Renato Minardi y Gregorio ha jugado a nuestro favor. Yo, lo confieso, desconocía este aspecto, pero al observar la reacción del mayordomo cuando ha visto aparecer a su compinche en tan mal estado, comprendí que ahí tenían ellos su talón de Aquiles. Renato o, si lo prefieren, Psíquicus, sabe lo que es la prisión, pero el pobre Gregorio no duraría solo en la cárcel ni una semana. Necesitará la ayuda de su compinche para sobrevivir. El vidente lo sabe, y por eso he podido hacer un trato con él para que recuperase a sus dos víctimas. Aún me quedan algunos flecos por aclarar con los dos verdaderos protagonistas de esta canallada, pero tengo una idea muy, pero que muy aproximada de lo ocurrido.

– Pero ¿cómo dio con la clave para resolver el caso? -preguntó don Horacio.

– Desde el principio me fui haciendo una idea. Al comenzar la investigación me encontré ante dos opciones bien diferenciadas: esto era un asunto supraterrenal o bien obra de unos desalmados. La primera opción no entraba dentro de las competencias de la policía, así que me incliné por la segunda. Después de decidir que éste era un asunto terrenal, no me quedaba más remedio que apostar por la vía racional para resolver el caso. Me parecía evidente que el suceso debía de tener algún tipo de relación con lo ocurrido a don Diego Vicente Reinosa, «el Indiano». No creía que la filipina lo hubiera asesinado por un libro encantado o por influjo de la casa, pues era evidente que en fechas anteriores a la muerte del Indiano la relación entre ambos cónyuges se había viciado tras la aparición de un misterioso holandés. Escarbé en los archivos y supe que ese súbdito holandés, un tal Kok, había sido detenido por denuncias de don Diego Vicente Reinosa y enviado con una dura condena a Cádiz. Allí murió asesinado en prisión. Me parecía indiscutible que el Indiano, utilizando su fortuna, se había quitado de en medio a aquel molesto individuo. Supe por doña Remedios que la filipina recriminó a don Diego Vicente esta actuación, y que a partir de ahí nada volvió a ser igual hasta el día del crimen. Los Reinosa vinieron de Ultramar con poco equipaje, o sea que salieron de allí huyendo de algo o de alguien. Era obvio. A partir de ahí me centré en el caso actuaclass="underline" el primer detalle que me llamó la atención fue que la madre de Gregorio, doña Remedios, me contara que se decía en su época que la casa estaba llena de pasadizos. Por eso, y pese a la extrañeza de todos ustedes, me dediqué a golpear las paredes de toda la casa con una pesada barra de hierro.

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