Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
—¿En dónde está?
—Karakorum —responde Ficifolia—. Lo escondimos entre los transtemporalistas.
2 de enero de 2009
Insistí y finalmente me permitieron. experimentar una sesión transtemporalista. Decían que no era conveniente, por tos riesgos, por los efectos colaterales, por mis responsabilidades de soberano. Finalmente me impuse. No estoy acostumbrado a tener que insistir. Resulta extraño que hable de que "me permitieron". Pero fue una verdadera lucha, que gané, por supuesto, pero me dio trabajo. Visité Karakorum después de la media noche. Nevaba, pero era una nieve liviana. La carpa estaba despejada y los guardias estaban apostados en sus respectivos lugares. Antes de ir, Texeira me hizo una revisión completa, por las drogas que usan. Patente de sanidad limpia: puedo beber el más potente de los brebajes transtemporalistas. A la carpa entonces. Un lugar oscuro, un olor desagradable. Un olor que recuerdo de mi infancia, olor a estiércol quemado, a cuero de cabra sin curtir. Se me acerca un lama pequeño y encorvado. No está impresionado por mi presencia, no está aterrado. Por qué habría de sentir terror por Genghis Mao, si con sólo beber una droga puede visitar al César, a Buda, a Genghis Khan? Luego comienza a preparar la mezcla para ml. Aceites, polvos. Me da la copa y bebo: dulce, gomoso, no tiene sabor agradable. El transtemporalista me toma las manos, murmura algunas palabras y, de pronto, la carpa se transforma en una nube y desaparece, y me encuentro en otra carpa, ancha y baja. Banderas blancas y colgaduras de brocado, y allí está él ante mis ojos, un hombre de edad madura, corpulento, de baja estatura, de largos bigotes negros, ojos pequeños y labios carnosos. Su cuerpo despide olas de sudor como si no se hubiera bañado en años, y, por primera vez en mi vida, me invade el deseo de caer de rodillas frente a otro ser humano, porque este individuo es Temujin, el Gran Khan, sí, es él, el fundador, el conquistador.
No me arrodillo, sino en mi alma. En mi alma caigo tendido —a sus pies, le ofrezco la mano, inclino la cabeza.
Padre Genghis —digo—, he viajado a través del tiempo, a través de novecientos años para rendirte homenaje.
Me mira sin mucho interés. Después de un momento me ofrece una vasija.
—Bebe airag, anciano.
Compartimos la vasija. Yo bebo primero, después el Gran Khan. La indumentaria del Padre Genghis es simple: no viste una túnica de color escarlata, ni ribetes de armiño, ni corona, sino ropas de guerrero. El cabello le llega a los hombros, pero nace desde la nuca. La parte superior de la cabeza está afeitada.
—¿Qué quieres? pregunta.
—Verte.
—Me estás viendo. ¿Qué. más?
Decirte que vivirás para siempre.
—Moriré como todos los hombres, anciano.
—Tu cuerpo morirá, Padre Genghis. Tu nombre vivirá por tos siglos de los siglos.
Genghis Khan piensa en lo que acabo de decir.
—¿Y mi imperio? ¿Qué será de mi imperio? ¿Acaso mis hijos gobernaran después de mi muerte?
—Tus hijos gobernarán la mitad del mundo.
—La mitad del mundo —dice Genghis Khan con voz suave—. ¿Sólo la mitad? ¿Es cierto eso, anciano?
—Serán dueños de Catay…
—Catay ya es mía.
—Sí, pero ellos serán los dueños de toda Catay, de las junglas, de las montañas, de Rusia, de Turkestan, de Afganistán, de Persia. ¡De la mitad del mundo, Padre Genghis!
El Khan de los Khanes gruñe.
Algo más, Padre Genghis. Dentro de novecientos años un khan llamado Genghis gobernará el mundo entero, de polo a polo y todas las almas de esta tierra lo reconocerán como amo del mundo:
—¿Un khan de mi sangre?
—Un verdadero tártaro —aseguró.
Genghis Khan permanece en silencio un largo rato. Es imposible leerle la mirada. Es más pequeño que lo que me hubiera imaginado, y su cuerpo emana un olor desagradable, pero es un hombre de tanta fortaleza y determinación que me siento humillado, porque yo pensaba que era como el; de alguna manera lo soy, y, sin embargo, él es mucho más grandioso que yo. Genghis Khan no sabe de dudas: es un hombre firme, decidido, un hombre que vive el presente, un hombre que, seguramente, nunca se ha detenido a reconsiderar una determinación, y cuya primera determinación ha sido siempre la correcta. Él es más que un príncipe bárbaro, un impetuoso jinete del Gobi, para quien las características de mi vida cotidiana serían un destello de magia esplendorosa. Sin embargo, si Genghis Khan llegara a Ulan Bator sería capaz de entender el funcionamiento del Vector de Vigilancia Uno en tres horas. Un bárbaro, sí, es un bárbaro, pero no simplemente un bárbaro, nada de su personalidad merece ser subestimado, y, a pesar de que en algunos aspectos yo soy superior a él, a pesar de que mi vida y mi poder están más allá de su comprensión, yo soy inferior a él desde todo punto de vista. Me aterra e infunde el respeto que yo esperaba. Al verlo, me invade el deseo de renunciar a la autoridad que ejerzo sobre la humanidad, porque, a su lado, no soy digno. No soy digno.
—Novecientos años —dice finalmente. La sombró de una sonrisa se proyecta en su rostro—. Bien. Bien —llama a un sirviente batiendo las palmas—. ¡Más airag! —grita. Volvemos a compartir la bebida y luego él dice que debe partir: es hora de dejar Karakorum y cabalgar hasta las tierras de su hijo Chagadai, donde la familia real celebrará un torneo. No me invita. No tiene interés en mí. a pesar de que vengo de tiempo lejanos, a pesar de que le traigo bellas historias del imperio mogol del futuro. No soy importante para él. Ya le conté todo lo que le interesa saber; ahora he pasado al olvido. Lo único que importa es el torneo. Monta la yegua y echa a cabalgar, seguido por los guerreros de su corte. Todos se han ido, excepto el sirviente y yo.
CAPÍTULO 24
De las profundidades de la carpa de los transtemporalistas emerge Roger Buckmaster, que se dirige al encuentro de Sadrac, acompañado por dos acólitos vestidos con una rústica túnica negra de tela de crin. Buckmaster también lleva una túnica, pero no es igual a la de los transtemporalistas: es una gruesa sotana marrón con capucha, de lana prolijamente tramada. Unas sandalias abiertas le dejan los pies al desnudo, y del cuello pende un macizo colgante cruciforme. AL echarse la capucha hacia atrás, deja ver una tonsura que le cubre la cabeza.
Buckmaster se ha transformado en una especie de monje.
No sólo la austeridad de su ropa indica que Buckmaster ha cambiado. Antes era un hombre impulsivo, violento e inquieto, un hombre en cuyo interior circulaba una especie de energía furiosa y malhumorada, una energía que nunca lograba descargar. Ahora se muestra misteriosamente sereno y reservado, es un hombre que habita un insondable territorio de paz y soledad. Está pálido, muy delgado, casi cadavérico. De pie frente a Sadrac, totalmente inmóvil sino fuera por el movimiento de los dedos, espera y espera en silencio.
Finalmente, Sadrac dice:
—Nunca me imaginé que volvería a verte con vida.
—La vida está llena de sorpresas, doctor Mordecai —la voz de Buckmaster también es distinta, más profunda, una voz sepulcral, sonora, como si toda la agresividad y la furia que la caracterizaba se hubiera consumido.
—Había corrido la noticia de que estabas en el depósito de órganos, descuartizado.
Imbuido de piedad, Buckmaster dice: